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Estado empleador

22/04/2020

El New Deal resolvió muy pronto los problemas macroeconómicos causados por la Gran Recesión, pero resultó torpe y lento para reimpulsar la producción y el empleo. El apoyo directo a las empresas fue muy limitado. Las muy grandes salieron de la crisis gracias a créditos privados y públicos. Existía la idea de que ellas arrastrarían a las medianas y pequeñas, pero eso no sucedió. Fue hasta después de la Segunda Guerra Mundial que, desechado ese criterio, el presidente Dwight D. Eisenhower creó la Administración de Pequeños Negocios (SBA).

Las políticas keynesianas, que entonces se popularizaron, suponían que para compensar la caída del sector privado, se debía sostener la demanda agregada, incrementando el gasto público. El Congreso, dominado por una coalición bipartidista conservadora, se resistía a elevar el déficit o el nivel de intervención estatal en la economía. Fue por ello que Franklin D. Roosevelt se inclinó por implantar sólo programas de alivio, que además les permitían a los legisladores quedar bien con los electores de sus distritos.

La inactividad económica había dejado a los gobiernos estatales y locales sin recursos fiscales. Sólo podían prestar los servicios básicos y no tenían posibilidad de hacer obra pública. La infraestructura se deterioraba rápidamente y era un cuello de botella que impedía a la agricultura y a la industria salir adelante.

Ante su necesidad y exigencia, al principio el gobierno federal les trasfería dinero para que hicieran, con mano de obra intensiva, lo más indispensable (reparar caminos y tuberías). Eso dio lugar a escándalos de dispendio y cohecho. Por eso se decidió centralizar la aprobación de los proyectos y los pagos a través de la Administración para el Progreso de las Obras públicas (WPA).

A diferencia de los Cuerpos Civiles de Conservación forestal (CCC), que sólo pretendían tener ocupados a los jóvenes, esta agencia estaba dirigida a ayudar a los hombres adultos que habían perdido sus trabajos en las granjas o en las fábricas.

Con base en su experiencia y calificación laboral, se asignaba a los solicitantes (uno por familia) a frentes de construcción en cualquier parte del país. Tenían que vivir en campamentos y eran contratados por semestre, con salario mínimo regional, que no compitiera con los privados.

Había propuestas federales y estatales (carreteras, redes eléctricas e hidráulicas), pero la mayoría eran iniciativas locales. La WPA establecía estándares técnicos y se hacía cargo de la nómina y la supervisión. Las comunidades proporcionaban los terrenos, los camiones, la maquinaria y los suministros.

Increíble

Con una asignación inicial (1935) equivalente al 6.7 por ciento del PIB, en pocos años quedaron pavimentadas 650 mil millas de calles y carreteras. Se levantaron grandes presas, puentes, túneles y aeropuertos. En todas las ciudades se instalaron plantas potabilizadoras y se tendió el sistema de hidrantes contra incendio.

Se renovaron 85 mil edificios y se edificaron cuarenta mil nuevos, entre escuelas, bibliotecas, museos, hospitales, dormitorios estudiantiles, centros comunitarios, oficinas de correos, estaciones de bomberos, auditorios y mercados.

Aparecieron también malecones, recintos feriales, parques, quioscos, teatros al aire libre, observatorios astronómicos, jardines botánicos y zoológicos. El deporte tuvo un estímulo notable, con nuevos estadios, gimnasios, graderías, rodeos, albercas, pistas de atletismo y de patinaje sobre hielo, canchas de baloncesto y campos de golf. En los albores de la guerra se erigieron cuarteles, emplazamientos de artillería costera, astilleros navales y bases aéreas.

Prácticamente no hubo población que no se beneficiara. En muchas partes el espacio público se redefinió dramáticamente (por ejemplo, el Paseo del Río, en San Antonio).

Si bien es cierto que 8.5 millones de americanos tuvieron un ingreso estable, apenas les alcanzaba para subsistir y los capataces los trataban como esclavos. El gobierno se convirtió en el primer empleador del país, pero casi no se redujo el desempleo. La calidad del trabajo era tan mala que muchas obras tuvieron que rehacerse y los empleadores consideraban un mal antecedente haber egresado del programa.

A las mujeres jefas de familia se les aceptó tardíamente y se les confinó a talleres de costura y cocinas, elaborando ropa para hospitales y orfanatos o preparando almuerzos escolares. A los afroamericanos se les pagaba menos y se les destinaba a unidades segregadas en las que todos los supervisores eran blancos. Los costos se dispararon; la corrupción y el clientelismo político se generalizaron.

Acabaron convencidos de que mejor hubiera sido conservar la planta industrial y los empleos reales.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.