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Electrocutados

Estados Unidos ya muestra un atraso respecto a lo que se está haciendo en materia de energía eléctrica en Asia y en Europa, dice Alejandro Gil Recasens.

En los 70 la economía de la Unión Americana crecía y exigía mayor consumo de petróleo. Cuando la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) decretó un embargo a sus exportaciones, paralizó al país. El presidente Jimmy Carter le suplicaba a sus compatriotas que se pusieran un suéter dentro de sus casas para usar menos la calefacción.

Eso los hizo entender la importancia de la competencia y de las energías alternativas. Progresivamente fueron abriendo su sector eléctrico. La generación se separó del resto del sistema y se permitieron los productores independientes, con la transmisión y distribución a cargo de distintos operadores. Se formó un mercado amplio y eficiente, con más de 3 mil empresas, lo que permitió enfrentar una demanda que crecía exponencialmente.

En la actualidad se cubren satisfactoriamente las necesidades del comercio, la industria y los hogares con tarifas competitivas. De hecho, la demanda se estabilizó. Eso fue posible porque aumentó la eficiencia de la maquinaria industrial, de los electrodomésticos y de los focos, pero sobre todo, porque la economía de servicios, ahora preponderante, utiliza menos energía.

¿Por qué preocuparse?

Las cosas están cambiando rápidamente. Hoy sólo 0.1 por ciento de la energía que utiliza el transporte es eléctrica, pero en 15 años casi todos los vehículos se moverán con baterías. Hoy únicamente 12 por ciento de la energía que mueve la industria es eléctrica, pero se están sustituyendo los hidrocarburos a un ritmo acelerado. La economía digital en expansión funciona completamente con electricidad.

El problema no es aumentar la generación, sino de qué fuente proviene lo producido: cada vez menos del carbón y el petróleo, mientras que la nuclear, la hidroeléctrica y la de ciclo combinado (gas natural y vapor) se han estancado. En cambio, la energía eólica y la solar se vuelven más accesibles y al final de la década de ahí vendrá cuando menos un tercio del consumo esperado.

Las plantas gigantescas ya no producen economías de escala. Hoy los costos principales están en las redes y por eso es preferible generar lo más cerca posible del usuario. En lugar de unas pocas centrales, se generará en forma descentralizada y distribuida; en lugar de una gran red, habrá muchas pequeñas que podrán desconectarse y funcionar con autonomía.

La naturaleza intermitente de la energía producida por paneles solares y aerogeneradores requiere una cuidadosa gestión para no reducir o suspender el servicio cuando está nublado o no sopla el viento. Al menos mientras avanza la técnica para almacenar energía.

Asimismo, la posibilidad de que el consumidor produzca su propia electricidad y suba a la red lo que no necesita, implica rehabilitar los 6 millones de millas de líneas existentes para que puedan trabajar confiablemente.

Será una red compleja, con tipos diferentes de interacción (consumidor-productor), un amplio rango de opciones y capaz de llevar diferentes tipos de electricidad. Por ejemplo, además del flujo normal para otras necesidades, en cada hogar habrá que posibilitar la carga rápida de los automóviles eléctricos.

Para asegurar la estabilidad del voltaje y la frecuencia, garantizar la calidad y seguridad del flujo, así como para ubicar las fallas y restaurar rápidamente la corriente, la red tendrá miles de sensores, que se intercomunicarán entre sí y responderán automáticamente, de acuerdo con los protocolos preestablecidos.

Habrá nuevos modelos de negocio y cambiará además la forma de vender el servicio, con cargos diferenciados según los niveles y horarios de uso.

Estados Unidos ya muestra un atraso respecto a lo que se está haciendo en Asia y en Europa. Un tercio del territorio de Eslovenia es servido por una red inteligente de 50 subestaciones y 600 medidores.

Es un desafío múltiple: financiar la renovación de la infraestructura física; desarrollar tecnología; promover la competencia y regular correctamente; atender las consecuencias sociales (pérdida de empleos; acceso universal).

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