El regreso de la contención
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El regreso de la contención

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El regreso de la contención

25/04/2018

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, los Aliados no sabían cómo enfrentar las ansias expansionistas de José Stalin. Temían que ocupara toda Europa si las tropas estadounidenses se retiraban. De hecho, algunos de sus generales planteaban que, para evitarlo, de una vez debían irse hasta el otro lado de los Montes Urales. Pero nadie quería otra conflagración. Los diplomáticos dudaban que, con su infraestructura en ruinas y con el desgaste humano que habían sufrido, tuvieran la aptitud o la intención de lanzarse a ese tipo de aventuras. Sin embargo, el apaciguamiento que aconsejaban había quedado completamente desprestigiado por su fracaso frente a Adolfo Hitler.

George Kennan, un diplomático poco convencional, que trató personalmente -y conoció profundamente- a Hitler y a Stalin, formuló en 1946 un concepto diferente: la “contención firme y vigilante” (containment). Se trataba de una combinación de iniciativas que resistían selectivamente las ambiciones imperiales de los soviéticos, pero evitaban cualquier medida que se pudiera malinterpretar o provocara reacciones incontroladas. Un maestro mío lo comparó con dar manazos a un muchacho cuando se pasa de listo. Aunado a eso se implementó el Plan Marshall, para evitar que ellos se aprovecharan de los países devastados o estos vieran al comunismo como alternativa.

La “contención” tuvo un éxito relativo. No impidió que la URSS controlara Europa del Este, la rearmara y la integrara al Pacto de Varsovia, pero si acotó su pretensión de ampliar su esfera de influencia hasta el Mediterráneo. Fue necesario crear la Organización del Tratado del Atlántico del Norte (OTAN), para convencer a Moscú de que Washington no permitiría agresiones a sus otros miembros.

Otra doctrina, la de la “disuasión nuclear” (deterrence), evitó que la Guerra Fría elevara su temperatura. Sostenía que en la medida en que las dos grandes potencias tuvieran un nivel equiparable de armas de destrucción masiva, ninguno se atrevería a emplearlas, porque podría tener como consecuencia su propia desaparición.

La crisis que acabó con la Unión Soviética fue propiciada, parcialmente, por el excesivo costo de sostener una fuerza militar que se desplegaba por todo el mundo, y en parte porque la ideología marxista, que implicaba la exportación de la revolución, perdió su atractivo ante el contraste con la forma de vida capitalista.

Su economía es hoy del tamaño de la de Texas. Está estancada y es excesivamente dependiente de los commodities. La falta de oportunidades para la población ha inducido una migración creciente.

Bullying

Aunque Rusia conserva el mayor arsenal nuclear del planeta y retiene grandes ejércitos, ya no representa una seria amenaza. En la propaganda para consumo interno quiere proyectar la imagen de que ha recuperado su status de superpotencia, pero hace mucho que perdió la capacidad de sostener una carrera armamentista con Estados Unidos. No obstante que mantiene patrullajes aéreos y navales, ya no tiene la capacidad de proyectar globalmente su poder. A lo más, puede incidir en su periferia e intervenir limitadamente en conflictos regionales, para inclinar la balanza hacia sus intereses (como es evidente en el Medio Oriente).

La OTAN no sólo no desapareció, sino que se amplió hasta incluir a casi todas las naciones europeas. La intención de Ucrania de adherirse a la Comunidad Europea, y eventualmente a la Alianza Atlántica, precipitó la anexión de Crimea y la ocupación del oriente de ese país. Algo similar sucedió en Georgia. Eso fue posible porque en el Viejo Continente se sienten relativamente seguros por la interdependencia económica con Rusia y porque lo que les preocupa es el terrorismo. También porque Barack Obama no quiso involucrarse, ante una opinión pública que se opone a cualquier intervención en territorios lejanos.

Con ello, el Kremlin le acabó de perder el respeto a Occidente: ha estado detrás del hackeo de sistemas informáticos en muchas partes; se metió de lleno en las elecciones presidenciales de nuestro vecino del norte; consiente que el régimen de Bashar al Assad utilice armas químicas; se atrevió a ejecutar con un agente nervioso a un exespía, en pleno territorio inglés.

Hasta que a Donald Trump y a los dirigentes de Gran Bretaña, Francia y Alemania se les acabó la paciencia y no les quedó otra que ensayar una nueva política de “contención”. Con durísimas sanciones económicas tratan de hacer cambiar de actitud a Vladimir Putin. A ver si los manazos funcionan esta vez.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.