Cultivar la unidad
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Cultivar la unidad

27/05/2020

Franklin Roosevelt fue un presidente muy popular. Tanto que es el único que se reeligió tres veces y aún hoy es recordado con cariño por los americanos. En principio esto se explica porque sacó a su país de la quiebra económica y lo hizo triunfar en la guerra contra los países del Eje. Hay, sin embargo, otro motivo: supo unir a sus conciudadanos en momentos de extrema gravedad.

Fue un político sui generis. Cuando empezó su carrera política sufrió el rechazo de muchos. Sus modos aristocráticos y su acento del Este no agradaban. Lo veían como un intruso en la vida pública, dominada entonces por caciques populistas. Aunque leía mal sus discursos, estos llamaban la atención porque contrastaban con la oratoria demagógica en boga.

Desconcertaba a muchos que, en un ambiente tan polarizado, él buscara entendimientos e hiciera pactos. Su relación con Al Smith lo pinta de cuerpo entero. Ellos eran totalmente diferentes. Franklin venía de una familia patricia, la quintaescencia del wasp; fue educado en escuelas elitistas y le gustaba ir de cacería. Al era un hijo de inmigrantes irlandeses católicos, había crecido en un barrio pobre y tenía de mascota a un perro callejero. Al pensaba que Franklin era un niño consentido; Franklin lo consideraba “undereducated”. Aunque ambos eran demócratas, Franklin se oponía a sus políticas progresistas.

En la elección de 1914 los dos fueron derrotados: Franklin perdió la elección para senador y Al la de gobernador. Al le envió una carta de cortesía y sorprendentemente Franklin le contestó proponiendo que se reunieran para reconstruir juntos el partido. A partir de ahí se secundaron en sus respectivas aspiraciones políticas (hasta 1932, cuando se enfrentaron fieramente por la candidatura presidencial). Lo importante es que, dialogando, Roosevelt entendió las políticas sociales de su aliado y luego las retomó en el New Deal, incluso incorporando a su administración a miembros del equipo de Al.

Roosevelt llegó a la Casa Blanca proponiendo un Nuevo Acuerdo. El país no podría enfrentar la Gran Depresión si seguía dividido. Integró un gabinete plural y propuso un programa de gobierno alejado de las proclamas ideológicas. Nunca se casó con sus ideas ni consintió la necedad de mantener programas que no funcionaban.

La derecha republicana lo acusaba de socialista y la izquierda populista lo tachaba de traidor. Los empresarios se quejaban y los sindicatos organizaban marchas “de hambre”. En un ambiente enrarecido por la confrontación (ricos contra pobres; campo contra ciudad; negros contra blancos; nativos contra inmigrantes; norte contra sur), él no se cansó de cultivar la unidad. Formando coaliciones y haciendo compromisos, logró que un congreso hostil aprobara sus reformas.

Con excepción de sus discursos en las convenciones partidistas, no usaba la tribuna para desplegar una oratoria dramática o para descalificar a sus adversarios.

Las cadenas de periódicos no dejaban de denunciar sus errores ni de alentar escándalos. Los comentaristas de radio lo insultaban y lo tachaban de diabólico. En respuesta, invitaba a sus críticos a desayunar para disipar malentendidos o para reconocer que se había equivocado.

Son famosas sus “pláticas junto a la chimenea”. Charlas que se transmitían en la radio para desmentir rumores, mostrar empatía con sectores damnificados (campesinos que sufrían por la sequía, mineros sin trabajo por la crisis del carbón, huérfanos y viudas de guerra), explicarle a la población lo que pretendía o solicitar que lo apoyaran escribiendo cartas a los legisladores. Ya en la guerra, les pedía a los oyentes que tuvieran a mano un mapa para detallarles los avances aliados.

Contra lo que se cree, no era un programa semanal. Apenas fueron 30 pláticas en 4 mil 422 días como presidente. Por eso causaban expectación y llegaban hasta al ochenta por ciento de los radioescuchas. No le pasó lo que a Winston Churchill, que por usar el micrófono casi a diario acabó aburriendo a la gente. Su tono tranquilo, lenguaje sencillo y trato familiar lograron que, en momentos de incertidumbre y miedo, la gente olvidara sus disputas y confiara en él.

Sus éxitos diplomáticos también se explican por su ánimo conciliador. En sus memorias, el entonces embajador de la Unión Soviética, Andrei Gromyko, narró: “nunca empleaba palabras desagradables en las conversaciones, incluso con sus oponentes políticos... recurría en su lugar al humor”.

Un gran contraste con el actual Presidente.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.