China y las calificadoras
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China y las calificadoras

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China y las calificadoras

13/03/2019

Tres compañías con metodologías y escalas diferentes (Standard & Poor’s, Moodys y Fitch) dominan el 95 por ciento del negocio mundial de clasificación de crédito. Como cualquier calificación, las suyas son altamente controvertidas por su inevitable subjetividad (además de la capacidad juzgan la intención de pago) y por las consecuencias que llegan a tener.

Desde siempre los países emergentes se han quejado de recibir bajas notas a pesar de que tienen grandes requerimientos de capital y ofrecen mejores retornos. Es consecuencia de la poca inteligencia confiable y actualizada de que ahí se dispone, de las políticas erráticas que siguen y del endeudamiento irresponsable en que muchas veces han caído. El problema es que ninguna de sus empresas podría tener un rating por arriba de la puntuación soberana. Se inconforman también porque se utilizan los mismos parámetros que en los desarrollados; no se toman en cuenta diferencias como el grado de profundidad financiera.

Convencidos de que los mercados de capital están a merced de especuladores fuera de control y que se requiere un enfoque multilateral para evaluar deuda soberana, ha habido diversos intentos de encontrar alternativas al oligopolio. En Europa se han frustrado por las disputas nacionalistas; en otras regiones por la debilidad de sus posibles integrantes.

En China

Desde que Deng Xiaoping empezó la apertura en los ochenta (“Las cuatro modernizaciones”) se observó que los extranjeros eran renuentes a participar en su mercado. Esto llevó a promover entidades propias, destacadamente Dagong Global y Shanghai Far East. La primera incluso llegó a abrir una filial en Milán con la intención de irse internacionalizando y para aprovechar que entonces (2013) la potencia asiática estaba adquiriendo industrias afectadas por la crisis en la Eurozona. Los otros integrantes de los BRICS (Brasil, Rusia, India y Sudáfrica) también establecieron las suyas.

Sin embargo, en la medida en que dichas naciones crecieron y empezaron a globalizarse, eso resultó claramente insuficiente. En 2016, en la Cumbre de Goa, la India propuso constituir una agencia para el grupo. China no apoyó la idea con el argumento de que, al ser patrocinada por los gobiernos, carecería de credibilidad.

Desde años antes Beijing había autorizado la entrada de las tres grandes, pero sólo como socios minoritarios de sociedades domésticas. Tanto las locales como esas subsidiarias han sido señaladas por dar gradaciones demasiado altas a los bonos corporativos (casi todos aparecen en el nivel AAA) y demasiado laxas a compañías estructuralmente débiles. Lo que sucede es que el Estado sigue interviniendo para evitar los defaults y por eso los incumplimientos no tienen como consecuencia una rebaja inmediata en la calificación.

En los últimos meses el esquema mixto entró en crisis. Fitch vendió su participación en China Lianhe a un fondo soberano de Singapur; S&P terminó su sociedad con Brilliance; Dagong fue suspendida durante un año por la Comisión de valores de la República Popular por falsear información, correr sus modelos con datos insuficientes y minimizar riesgos; por conflicto de intereses (daba servicios de consulta a las mismas firmas a las que calificaba) y por dejar participar en sus comités de evaluación a personal no idóneo.

Al mismo tiempo, la confianza de los inversionistas está muy afectada por la desaceleración (registran el crecimiento más bajo en 28 años) y se necesitan recursos frescos para seguir impulsando su iniciativa Cinturón y Ruta de la seda. Resultaba absurdo que siendo el gigante asiático el tercer mercado más grande de bonos, sólo el dos por ciento tuviera compradores foráneos, que invariablemente se orientan por los análisis de las agencias globales.

La administración de Xi Jinping entendió que debía avanzar en la reforma financiera. En agosto pasado anunció un nuevo sistema de liquidación (conectado a Hong Kong) para su sistema de inversión de bonos. Cumple así con un requisito reglamentario generalizado que permite que sus títulos sean más accesibles a los capitalistas de fuera. En paralelo se ha progresado en transparencia y buenas prácticas corporativas.

Finalmente y en el marco de las negociaciones con Estados Unidos para permitir mayor acceso a su economía, se decidió eliminar las restricciones para la operación independiente de las tres grandes. La semana pasada S&P inició actividades y pronto lo hará Fitch. Se espera una recalificación masiva de créditos y la formación de una amalgama de inversionistas más grande y diversificada.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.