Automatizados
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Automatizados

15/05/2019

Estados Unidos tiene el nivel de ocupación más alto en décadas y sin embargo, los temas laborales están en el centro de la preocupación pública. Las computadoras personales y los robots industriales han desplazado a miles de personas a trabajos precarios en el sector de servicios. Tienen “chamba”, pero inestable y con menos sueldo.

La causa principal de que esto suceda ciertamente es la automatización, pero como señalé en una colaboración anterior (“Inocentes robots amarillos”, 17 de mayo de 2017) el problema es que no hay más. En efecto, la economía y el empleo se van rezagando cuando las empresas prefieren llevarse sus plantas a donde se pagan menos salarios e impuestos en lugar de modernizarlas, mejorar su productividad y lanzarse decididamente a competir en el mercado global. Por eso los ingenieros estadounidenses se van a China y al sudeste de Asia, que se automatizan más rápidamente.

Como en otras épocas de cambio acelerado en los procesos productivos, hay que hacer ajustes para que las personas puedan capear la transición a nuevas actividades sin perder su calidad de vida. Es una tarea ineludible que lamentablemente se ha descuidado en todas partes. Ya no se puede esperar que sean las empresas las que actualicen las habilidades de sus empleados porque estos no van a laborar ahí toda su vida. No sólo mudarán de trabajo cada dos años, en promedio, sino que incluso iniciarán carreras en sectores totalmente distintos. Eso implica que el aprendizaje debe ser continuo y que se debe buscar la forma de que sea accesible para todos.

En Estados Unidos existen programas de reentrenamiento y asistencia, pero es evidente que han sido insuficientes. Tampoco se han interesado mucho en desarrollar políticas activas de empleo. Su gasto en ese rubro es de apenas el 0.11 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB). (En comparación Francia le destina el 1.01 por ciento y México el 0.01 por ciento).

Candidatos necios

Durante décadas el Medio Oeste fue un bastión de los demócratas. Sus plataformas atendían los reclamos de los obreros de clase media, articulados por grandes organizaciones sindicales. Los programas sociales que impulsaban les aseguraban el apoyo incondicional de la población de bajos ingresos del campo y de las ciudades.

Con el tiempo los sindicatos cayeron en el desprestigio por la corrupción y porque no pudieron abanderar las demandas cada vez más intangibles y heterogéneas que se les hacían. Por su parte, los pobres del campo fueron olvidados y los de las ciudades se sintieron utilizados: les prometían todo durante las campañas y luego los ignoraban. Los demócratas tornaron hacia las políticas de identidad y se enfrascaron en guerras culturales que sólo les atraían votos en los campus universitarios. El desengaño mayor vino con la tibia reacción de Obama frente a los financieros causantes de la crisis de 2008, que dejó endeudados y sin empleo a miles de ciudadanos. El abierto apoyo de los banqueros a Hillary Clinton acabó por erosionar la base social que tenían en la región.

Donald Trump entendió la angustia de los obreros desplazados por la tecnología en el Rust Belt. Se montó en el prejuicio racial y la xenofobia que había ahí desde siempre y presentó una solución simplista pero creíble: anular los tratados comerciales; reducir el impuesto corporativo y fijar tarifas para que no fuera atractivo llevarse empleos a otros países. Fue con el voto de los estados y distritos más expuestos a la automatización que llegó a la Casa Blanca.

Estamos en el comienzo de un nuevo proceso electoral y los demócratas siguen sin entender. Casi todos los precandidatos a la presidencia proponen subir el salario mínimo, lo cual ayudaría a los que han tenido que irse a trabajar a establecimientos de comida rápida, pero no les devolverá sus puestos estables y bien pagados. Bernie Sanders y Elizabeth Warren se muestran más sensibles pero no alcanzan a ensamblar una propuesta convincente. Sólo hay un aspirante, Andrew Yang, sin posibilidad de triunfar, que ha centrado su campaña en el problema de la tecnología y el empleo. La salida que sugiere Yang es garantizar un ingreso básico de mil dólares mensuales para todos los mayores de 18 años, independientemente de sus ingresos o de su status laboral.

Los trabajadores no son ignorantes y bobos por votar por Trump; los candidatos demócratas son los tontos por no advertir lo que quieren y no ofrecerles lo que necesitan.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.