Artistas desempleados
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Artistas desempleados

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Artistas desempleados

03/06/2020

Electo presidente en medio de la Gran Depresión, Franklin Roosevelt se apuró a ordenar las variables macroeconómicas, pero titubeó y no dio apoyo suficiente y oportuno a las empresas, chicas o grandes. Cuando quiso enmendar su error muchas ya habían quebrado y el desempleo se había disparado. La recuperación vino hasta que el país entró a la Segunda Guerra Mundial. Mientras tanto no quedó otra que tratar de paliar el problema con transferencias monetarias, primero, y con empleo público, después. Las familias recibían una renta para no morir de hambre y se estimulaba en alguna medida la demanda.

Aunque esos esquemas inicialmente se enfocaban en los obreros fabriles, paulatinamente se fueron extendiendo a otros sectores (empleados de comercio, oficinistas). Llegó el momento en que también los trabajadores de la cultura reclamaron que se les ayudara. Desde antes venían sufriendo la pérdida de público por el avance tecnológico: los boletos del cine costaban diez veces menos que las entradas al teatro; los discos desplazaban a la música en vivo en los eventos.

Surgió así (en 1935) el programa Federal One, que buscaba incorporar a profesionales del arte y la literatura que se habían quedado sin ingresos por el cierre de editoriales, teatros, salas de concierto o galerías. Cerca de cuarenta mil creadores dispusieron de un salario mínimo para producir obras de carácter variado y calidad dispar.

En el campo de las artes visuales hubo éxitos notables. Con apoyo local se levantaron más de cien centros comunitarios de arte (sobreviven algunos) en los que se podía aprender pintura, escultura, grabado, litografía, dibujo, fotografía, tapicería, diseño gráfico, escenografía y vestuario. También se comisionó arte público (murales, fuentes y esculturas) en parques, aeropuertos, escuelas, hospitales, auditorios, tribunales y oficinas de correo.

Digno de mención es el “Índice de diseño americano”, una monumental obra de investigación en la que se reproduce en acuarela lo más representativo de la artesanía y otros muchos ejemplos de cultura material (como juguetes, herramientas, mobiliario, caballitos de carrusel o letreros de taberna).

Músicos, bailarines y cantantes tuvieron oportunidad de dar conciertos, organizar festivales o de integrar nuevas orquestas, bandas y coros. Se implantaron clases de música en las escuelas y se rescató la tradición folclórica, principalmente los espirituales negros.

Problemas

Las cosas se complicaron cuando el gobierno quiso imponer una temática determinada. A los muralistas les proponía que ilustraran el “realismo americano” (en la misma época en que Rivera, Orozco y Siqueiros pintaron allá); a los fotógrafos, que retrataran las prácticas obsoletas de los pizcadores de algodón, para mostrarles que así no saldrían de la pobreza. A los escritores les recomendaba hacer guías turísticas o centrarse en los hitos históricos; a los dramaturgos, en las obras clásicas o didácticas (El hombre que sabía todo explicaba a los consumidores lo que es un kilowatt-hora). A los cineastas les pedía exaltar el heroísmo del hombre común, que pudimos ver en Las uvas de la ira (de John Ford) o Meet John Doe (de Frank Capra).

Aun así, la libertad creativa triunfó: los muralistas incursionaron en la abstracción, los fotógrafos captaron el drama de la migración, los escritores narraron la esclavitud, los dramaturgos pusieron en escena piezas experimentales o de denuncia social y los cineastas filmaron comedias y cintas de aventura.

Aunque nunca se pretendió otra cosa que darles ocupación temporal a los artistas, sirvió para que miles de estadounidenses se acercaran a la cultura, tomando clases de arte o asistiendo por primera vez a una representación teatral, a un concierto o a una exposición. En un momento de incertidumbre y desesperanza, la expresión artística, incluso la de las minorías, pudo sobrevivir y hasta florecer. De ahí surgieron personajes como Arthur Miller, el premio Nobel Saul Bellow y los ganadores del Oscar Orson Welles, John Huston, Elia Kazan y Burt Lancaster.

El programa desapareció cuando los contribuyentes no quisieron seguir financiándolo y se volvió demasiado polémico. Una parte de los participantes se involucró en las disputas entre estalinistas y trotskistas y eso provocó que el Comité de actividades antiamericanas del Congreso lanzara una cacería de brujas contra supuestos subversivos y cancelara proyectos “sospechosos”.

Como quiera que sea, el gobierno entendió que el arte es una necesidad primaria y no es un lujo prescindible; que los artistas no son ociosos improductivos, sino agentes del bienestar social.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.