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15/04/2020
Actualización 15/04/2020 - 15:26

El primer New Deal (1933-34) permitió a Estados Unidos estabilizar rápidamente las variables macroeconómicas y reiniciar el crecimiento, pero el desempleo siguió siendo muy alto y eso abatió los salarios y las condiciones laborales. Unos protestaban porque no tenían trabajo y otros porque los explotaban.

El segundo New Deal (1935-36) fue más político que económico. Se concedieron créditos a algunas grandes empresas, pero en general se consideró innecesario apoyar a las pequeñas y medianas, que desaparecieron o se achicaron. Por eso persistió la desocupación hasta que el país entró a la Segunda Guerra Mundial.

La política gubernamental se orientó sobre todo a incrementar el poder de compra de los consumidores, mejorando los sueldos y condiciones laborales de los que tenían trabajo, y proporcionando ingresos temporalmente a los que no.

La reforma laboral fue impulsada por la secretaria del Trabajo, Frances Perkins (primera mujer en un gabinete presidencial). Enfrentando a congresistas republicanos y demócratas igualmente conservadores, consiguió establecer el salario mínimo, la semana laboral de cuarenta y cuatro horas, el pago de horas extra, el seguro de desempleo, la pensión por jubilación, la prevención de accidentes laborales y la prohibición del trabajo infantil. También el servicio de conciliación y el derecho a la negociación colectiva, lo que fortaleció a los sindicatos y los alineó con el Partido Demócrata, permitiéndole ganar en siete de los siguientes nueve periodos presidenciales.

La gran industria, que quería mantener la mano de obra barata, se opuso rabiosamente a esos cambios. Alfred P. Sloan, presidente de la General Motors, le advirtió a la señora Perkins que se iba a ir al infierno. Con el tiempo se dieron cuenta de que las bajas retribuciones impedían mejorar la productividad y propiciaban la fuga de empleos al sur.

Se ensayaron docenas de programas de transferencias monetarias hacia diferentes sectores empobrecidos. Eran un alivio, pero no una esperanza. Les permitía sobrevivir más no salir de la miseria. Los industriales y los sindicatos no aceptaban que se les retribuyera mejor y, de hecho, nadie lo veía como una solución de fondo.

Congresistas de ambos partidos señalaban que esas entregas sin contraprestación fomentaban la flojera y el parasitismo. Las organizaciones comunitarias denunciaban que los cheques se gastaban en vicio (se había derogado la prohibición de fabricar y vender bebidas alcohólicas). El prestigiado Elliot Ness (contratado como jefe de la policía en Cleveland, luego de encarcelar a Al Capone en Chicago) decía que acostumbrar a los jóvenes a recibir dinero a cambio de nada era lo que había desatado la delincuencia.

Por todos lados se proponía que el gobierno los pusiera a hacer cosas de provecho. El presidente Franklin D. Roosevelt se dio cuenta de que le podría dar rendimientos políticos. Como gobernador de Nueva York había organizado jornadas juveniles para limpiar los bosques que habían sido un éxito. Decidió extender esa iniciativa a toda la nación.

El Cuerpo Civil de Conservación forestal (CCC) hacía muchas cosas: plantar árboles; limpiar estanques; construir represas y lagos artificiales; hacer puentes, senderos y áreas de picnic; controlar erosión, inundaciones, incendios, plagas y animales depredadores.

Tres millones de jóvenes solteros (entre ellos el actor Robert Mitchum y el piloto de pruebas Chuck Yeager) pasaron por los tres mil campamentos de ese Cuerpo. Durante periodos de seis meses (prorrogables tres veces) vivían bajo una disciplina militar en tiendas de campaña o barracas. Una parte de su estipendio se enviaba directamente a sus familias.

Los muchachos desnutridos se reponían y los que habían interrumpido sus estudios tenían oportunidad de emparejarse y de aprender oficios.

Los parques nacionales se rehabilitaron y se hicieron nuevos. Se construyó el sistema para vigilar y combatir incendios y se reguló la caza y la pesca. Se les dotó de la infraestructura para recibir visitantes sin peligro de alterar su ecología y se mejoró la educación ambiental. La observación de aves y otros animales, el senderismo y la escalada en rocas se popularizaron. El movimiento ambientalista se expandió.

El programa desapareció con la guerra: los jóvenes fueron reclutados y los campamentos convertidos en campos de internamiento para objetores de conciencia, residentes sospechosos de los países del Eje o prisioneros de guerra. Sin embargo, fue tan reconocido que, pasada la contienda, casi todos los estados crearon proyectos similares, que perduran hasta nuestros días.

Como quiera, fue un buen paliativo, pero solo eso.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.