La crisis del Covid-19 en México, pronto se convertirá en la crisis del empleo. De acuerdo con datos del IMSS entre abril y mayo se han perdido más de 800 mil empleos. Si bien la caída en el mes de abril fue superior a la de mayo, no implica con ello, que hemos visto el punto más álgido de empleos perdidos. De acuerdo con diversas estimaciones, entre ellas las de Banco de México y las del IMEF, la pérdida de empleos en el año podría rondar entre los 800 mil al millón. La caída en el mes de abril ha sido la más profunda desde que se tiene registro desde 1994. Por otro lado, el salario promedio en el mes de mayo aumentó 8.1 por ciento, probablemente explicado, porque la pérdida de empleos fue en los sectores que reciben menos salario por hora.
Estos trabajadores formales, que ahora son desempleados, son producto de la pérdida de actividad económica por la inminente quiebra de varias Pymes, la destrucción del aparato productivo y la caída estrepitosa de la inversión privada. Y el tema más relevante es que no hay posibilidad alguna de crear empleos a la velocidad que se están perdiendo, y tampoco hay un programa de apoyo. Estos trabajadores, probablemente migren hacia la informalidad. Y algunos de ellos –más preocupante aún– se sumen a la creciente ola de inseguridad que se vive en el país y que ha venido aumentando significativamente día con día.
Si contrastamos estas cifras con las de la encuesta nacional telefónica realizada por el INEGI, la realidad es que, la destrucción del empleo es mucho mayor si consideramos la informalidad. La economía mexicana tiene un alto componente de informalidad. Y de acuerdo con la población económicamente activa en búsqueda de trabajo, el desempleo asciende a 4.7 por ciento. Sin embargo, este número subestima el verdadero nivel de desempleo. En estos meses de confinamiento una parte de la población no ha salido a buscar un empleo, y es previsible que una vez levantadas todas las restricciones de movilidad, esta cifra aumente a proporciones históricamente elevadas. A la fecha el gobierno ha hecho poco para apoyar al empleo en esta recesión, que será de las más profundas en las últimas décadas.
En Estados Unidos la pérdida de empleo ha sido semejante a la de la Gran Depresión. Desde la primera semana de marzo las solicitudes por seguro de desempleo alcanzaron niveles récord. Tan solo seis semanas transcurridas desde el inicio de la pandemia, se perdieron la totalidad de los empleos creados desde la crisis financiera del 2008-2009. En el reporte de empleo del mes de abril la tasa de desempleo fue del 14.7 por ciento, y para el mes de mayo de 13.7 por ciento. Para darnos una idea, en la crisis financiera la tasa de desempleo no superó el 10 por ciento. Al margen de los errores en los posibles cálculos en la contabilización en el reporte de empleo del mes de mayo, donde se crearon 2.5 millones de empleos, pareciera que algo bien está haciendo nuestro vecino. Y la realidad es que el apoyo para los trabajadores por parte del gobierno de Estados Unidos es enorme. Ha alcanzado tales dimensiones, que algunos trabajadores están recibiendo más recursos de lo que antes regularmente recibían por su jornada laboral. Una muestra de ello, es el último dato de ventas al menudeo, que superó en más del doble los pronósticos, que lucían de por sí optimistas. Este es un indicador sobre la confianza y la disposición de las familias de gastar. La recuperación en Estados Unidos está ganando tracción y a pesar de que aún no conocemos los datos duros del segundo trimestre de la economía, y que apuntan a que será el trimestre más débil en años, poco pareciera importar, porque ha quedado atrás.
Desafortunadamente en esta crisis, el impacto entre las economías será diferenciado, algunas saldrán mejor libradas que otras. Para las economías emergentes el panorama es sombrío. En el caso de México la pérdida del empleo formal, la migración hacia la informalidad y el incremento en la inseguridad, harán que la recuperación sea aún más lenta, más aun si la inversión privada no muestra signos de recuperación.