Remembranzas 1
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Remembranzas 1

29/03/2019

-Alberto, mi querido Alberto, haz llegado a los 85 años de edad y pocos te quedan antes de que vayas a rendir cuentas a El Señor ¿verdad? Por que no, en vez de escribir semanalmente en El Financiero sobre temas de actualidad, que están profusamente comentados por la llamada comentocracia, no nos cuentas ahora alguna anécdota de tu vida personal ¿Qué te parece?

-Bien ¿Pero quien eres tú que se mete en mi conciencia y me cuestiona y recomienda lo que debo hacer?

-Yo soy tú y tú eres yo. Soy tu conciencia y te domino. A veces te hago reir y en ocasiones te hago llorar. Mi influencia sobre ti es apabullante. No te apartes de mi, sigue mis recomendaciones y guías, y tu vida tendrá un propósito que podrás alcanzar. ¿De acuerdo?

-Bien, empezaré a contar, no para ti, sino para todos mis lectores, un recuerdo sobre el evento más triste y el más alegre de mi ya larga vida. Se refiere a mi hijo Alberto, el primero, el que me hizo llorar de dicha cuando escuché sus lloros al salir del vientre de su madre y el que me hizo llorar cuando mi hijo Agustín, rodeado por sus hermanos me anunció su muerte. Sí, su muerte ahogado en el mar del Puerto de Acapulco, ese bellísimo Puerto que aprendí a amar desde que yo era una chamaco de 7 años que se aferraba a la mano de su papá cuando entraba al mar en la famosa playa de Caleta.

Procuro regresar a ese paraíso cada año para deleitarme, acompañado de mi esposa, con las aguas tibias y azules de su bellísimo mar, con sus hermosísimas playas de arenas suaves y acogedoras, con Caleta, con La Roqueta, con El Papagayo, con El Revolcadero y con tantos otros lugares que permiten gozar, con una copa en la mano, las delicias de ese Puerto que es, sin duda, uno de los mas hermosos del mundo.

Acapulco me ha ofrecido sus bellezas incomparables, entre otras cosas, ahí disfruté mi luna de miel, pero también ha sido un mudo testigo de la tragedia que cimbró mi vida: La muerte de mi hijo Alberto, el primogénito.

Ese día, hará cosa de 7 años, mi hijo Agustín llegó a mi casa acompañado de su hermano y sus dos hermanas. Faltaba Alberto. Me acerqué, les di a todos un gran abrazo y al contemplar su rostro me imaginé lo peor, no necesitaban contármelo “Papá, Alberto se ahogó en Acapulco, está muerto”.

La noticia me cimbró, fue un golpe inesperado que perturbó mi mente. No lo creía, no lo podía creer, no lo entendía, no lo podía entender.

¿Muerto? ¿Ahogado? ¿Ya no estará con nosotros nunca más? Dios mío, Dios mío, dime que no es verdad, dime que se trata de una pesadilla. Corrí al baño y ahí, reflejado en un espejo, encontré un rostro contorsionado por el dolor que lloraba y lloraba y lloraba. Era mi rostro. El del hombre duro que a sus cerca de 80 años había gozado los momentos bellos de la vida, muchos, y aguantado los momentos malos, que siempre llegan.

Pero éste era superior a mis fuerzas.

Dios mío, Dios mío ¿Por qué me has abandonado?...y después de mucho llorar sequé las lágrimas y fui a dar la cara al mundo, a reunirme con mi esposa que también estaba en un grito, y con mis hijos. Nos abrazamos y lloramos nuevamente, juntos, un buen rato. Nos hacía falta llorar. Llorar mucho.

Está cercano nuestro encuentro. Mi larga vida -85 años- pronto me conducirán al encuentro con El Señor…y ahí cerca estará mi hijo con los brazos abiertos para recibirme.

Mañana será otro día.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.