Mis inicios en la vida profesional
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Mis inicios en la vida profesional

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Mis inicios en la vida profesional

26/07/2019

Corría el año de 1950 cuando yo, a los 17 años de edad, estudiante de la carrera de Contador Público, decidí entrar el Despacho más prestigiado en el ámbito de la contaduría pública: el Despacho Roberto Casas Alatriste.

Su fundador, D. Roberto, era un viejo lobo de mar respetado por propios y extraños no sólo en el ámbito de la contaduría pública, sino también en el ámbito de los negocios y de los personajes que formaban parte de ese mundo. Tenía una personalidad cautivadora. Ir a Sanborns con él, situado en la contraesquina del edificio de La Mariscala, en donde se ubicaba el Despacho, era el saludar a una gran cantidad de personas que se acercaban al Maestro por el placer de estrechar su mano e intercambiar tres o cuatro palabras con él. Yo gozaba aquellas travesías y, sobre todo, el café que me tomaba con el gran maestro inmerso en una conversación sobre temas ajemos a la profesión.

Pero en el día con día, y a veces hasta la noche, prestaba mis servicios bajo las órdenes de Don Agustín H. Rosenblueth, maestro de maestros, que me condujo de la mano por los difíciles caminos de la contaduría pública. Él, un viejo de 60 años y yo un chamaco de 17 sin experiencia alguna.

Todos los días, sin excepción alguna, cuatro chamacos de la misma edad: Juan Orozco, Alberto Parás, Pancho Padilla, y el que esto escribe rodeábamos su escritorio para recibir la instrucciones de lo que deberíamos hacer durante el día. Instrucciones precisas que paso a paso se iban revisando por el Gran Jefe hasta que terminaran con la gran calidad técnica que caracterizaba a ese gran Despacho. El trabajo de auditoría, que terminaba en el dictamen de los estados financieros de nuestro cliente, nos obligaba a meternos en las entrañas de la compañía y conocer sus bien guardados secretos. Las discusiones con los altos directivos, sobre todo cuando el dictamen señalaba observaciones que la ética y la técnica nos obligaban a revelar, eran de lo más interesante, pues teníamos que soportar la a veces enorme presión del cliente para que no reveláramos sus debilidades.

Trabajo, el de auditoría, difícil y cuestionador. Pero que nos dejaba una experiencia invaluable en relación al manejo de los negocios.

Don Agustín, viejo lobo de mar, nos orientaba, nos exigía, nos regañaba, hasta que el trabajo de aquellos mozuelos que a su inicio no rebasaban los 18 años de edad quedaba terminado a su plena satisfacción. La verdad y la ética profesional quedaba plasmada en los dictámenes a los estados financieros que llevaban la firma de nuestro Gran Jefe, Don Roberto Casas Alatriste; pero D. Agustín no era sólo el gran maestro de la contaduría pública, sino el gran maestro de la vida. Efectivamente, junto con la sabrosa discusión profesional, introducía temas de la vida real que cuestionaban nuestro actuar: jóvenes, al principio, que no rebasábamos los 18 años con un viejo sabio que rondaba por los 60.

D. Agustín no era creyente. Nosotros, el grupo que arriba mencioné, éramos católicos creyentes y practicantes. Las discusiones abarcaban de cuando en cuando estos temas y los extremos las hacían por demás interesantes. Nuestro gran maestro, al concluir su fructífera vida, solicitó la presencia de un sacerdote católico y murió después de confesarse ¿Habremos influido finalmente ese pequeño grupo de chamacos y jóvenes en su vida interior? Dios lo sabrá.

D. Agustín, maestro de maestros, influyó sin duda en forma muy positiva en nuestra vida no sólo profesional, sino de la del día con día. Sus enseñanzas fueron invaluables y las recuerdo ahora, a mis 85 años de edad, con verdadero cariño y respeto.

Hasta pronto, querido Maestro, se que cuando vaya yo a rendir cuentas al Creador, usted estará entre aquellos seres queridos que me recibirán y ahí podré darle nuevamente un gran abrazo pleno del cariño que arriba mencioné.

Mañana será otro día .

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.