Bloomberg Opinión - Spinetto

Influencia española en excolonias es cada vez menor

Empresas latinoamericanas son más influyentes en España, mientras que inversionistas mexicanos, argentinos y colombianos están convirtiendo a Madrid en una nueva Miami, opina Juan Pablo Spinetto.

En la competencia internacional entre Estados Unidos y China por la influencia en América Latina, una nación es la clara perdedora: España.

La relevancia política del país con los vínculos culturales, históricos y lingüísticos más estrechos con la región se ha ido desvaneciendo durante dos décadas, como resultado de la falta de atención, así como de malentendidos y cambios políticos a ambos lados del Atlántico. Pero la inusual disputa personal de este mes entre el presidente argentino, Javier Milei, y el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, ilustra hasta qué punto se ha erosionado la relación. Les ahorraré los detalles (que tienen relación con los insultos de Milei a la esposa de Sánchez y a su apoyo al adversario político de Sánchez, que provocaron la retirada del embajador español en Buenos Aires), pero basta con decir que los comentarios imprudentes de ambos Gobiernos han dejado a dos naciones unidas por una profunda amistad y afecto al borde de poner fin a sus relaciones diplomáticas.

Es cierto que el estilo disruptivo y poco diplomático de Milei pondría a prueba incluso al líder más paciente del mundo, cosa que Sánchez no es. Pero es poco probable que Milei hubiera llegado tan lejos si Argentina dependiera de España tanto como de Estados Unidos o China.

Milei no es el primer líder latinoamericano que hace este cálculo cínico: en enero de 2019, poco después de asumir la presidencia de México, Andrés Manuel López Obrador recibió a Sánchez, líder del Partido Socialista español, como su primer visitante internacional. Los elogios mutuos se evaporaron pocas semanas después, cuando AMLO exigió a España una disculpa por los abusos cometidos durante la conquista de México, algo a lo que Madrid se negó. La relación bilateral aún no se ha recuperado, a pesar de la afinidad ideológica de los líderes.

La fragmentación política y el sentimiento tribal también ayudan a explicar acciones que antiguamente eran impensables, como la asistencia de Milei y del aspirante presidencial chileno José Antonio Kast a un evento político en Madrid organizado por el partido de oposición de extrema derecha Vox. Por su parte, Sánchez apoyó al rival de Milei durante las elecciones argentinas del año pasado y nunca hizo una llamada telefónica de felicitación tras su victoria.

No solo fue una política mezquina por parte de Sánchez, sino que también fue estratégicamente poco inteligente para España: hay 33 países en América Latina y el Caribe, y España no puede esperar que todos ellos sean aliados ideológicos. Sánchez está dejando que sus necesidades políticas a corto plazo (hay elecciones europeas el mes que viene) se impongan a consideraciones de mayor importancia. Podría aprender un par de cosas del presidente estadounidense, Joe Biden, que se ha esforzado por trabajar con aliados regionales incluso cuando existen diferencias ideológicas (como ocurre con Milei).

En cierto sentido, el desvanecimiento de la influencia política de España no es nada nuevo. El país que se proclamaba a sí mismo como “puente” entre Europa y América Latina no ha hecho mucho por ayudar a finalizar los acuerdos comerciales entre la Unión Europea y el Mercosur o entre la UE y México. Brasil y México ahora tienen economías mayores que la española y, afinidades culturales aparte, no necesitan intermediarios para discutir sus asuntos con los países importantes. España tampoco ha tenido una presencia significativa en ninguno de los grandes debates políticos de América Latina, ya sea sobre el narcotráfico, la migración o Venezuela.

El perjudicial papel del expresidente del Gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero en un intento infructuoso de mediar entre el Gobierno venezolano y la oposición ha dejado a Catar, Noruega y México más implicados en el conflicto que a España.

El resultado es que algunos en América Latina ven ahora a España como una especie de primo mayor engreído, alguien a quien solían escuchar, pero que ahora consideran pomposo y un poco prepotente. Esta actitud puede ser el resultado de los acontecimientos de las décadas de 1990 y 2000, cuando las empresas españolas participaron agresivamente en la privatización y adquisición de activos latinoamericanos, una estrategia que algunos bautizaron como la “segunda conquista”. Con razón o sin ella, un buen número de latinoamericanos siguen resentidos por aquellos años.

Por supuesto, hacen falta dos para bailar un tango y, en cierto modo, es comprensible que España perdiera interés en una región marcada por constantes giros políticos en U y excentricidades. Si los líderes latinoamericanos no pueden distinguir entre los intereses estratégicos de sus naciones y la política local, ¿por qué debería hacerlo el líder de (la cada vez más eurocéntrica) España?

Además, la menguante influencia de España parece limitarse a la política: sigue siendo uno de los principales inversionistas de la región donde sus empresas generalmente prosperan, y existen intensas interacciones empresariales, culturales y personales en toda Iberoamérica. La influencia de España también se deja sentir de formas menos visibles, como la cooperación en asuntos relacionados con la seguridad, la justicia y la inteligencia.

“La relación entre España y América Latina es muy sólida y muy especial al mismo tiempo, porque se sostiene por distintas patas a la vez”, afirma Carlos Malamud, analista principal de América Latina en el Real Instituto Elcano, con sede en Madrid. “Se sostiene por muchos intangibles que no se perciben claramente”.

Asimismo, las empresas latinoamericanas son cada vez más influyentes en España, mientras que los ricos inversionistas mexicanos, argentinos y colombianos están convirtiendo Madrid en una nueva Miami (lo que probablemente no sea una gran idea). Las cosas parecen igualmente vibrantes en el frente del turismo y los viajes: hay casi 900 vuelos semanales entre España y Latinoamérica, incluido el Caribe, lo que convierte a España en el país más conectado con la región después de Estados Unidos y Canadá, según ALTA, una asociación local de aviación.

Si la disminución de la influencia política de España no afecta a sus intereses económicos y culturales, puede que no todo sea malo. Dadas las circunstancias actuales ―es decir, la competencia entre Estados Unidos y China en la región―, no está claro que España pueda desempeñar un papel político importante en América Latina. Así que quizá ahora tengan la posibilidad de trabajar su relación en otros ámbitos. Puede que no estén tan unidos como hermanos, pero los primos también comparten un vínculo.

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