Bloomberg Opinión - Spinetto

Aunque Messi no jugó, metí un golazo

Messi no necesita ganar un Mundial para ser considerado el mejor jugador del deporte rey, opina Juan Pablo Spinetto.

Era el plan perfecto: aprovecharía el feriado de Semana Santa para llevar a mis dos hijos a ver jugar a Lionel Messi en un partido, la primera vez que verían al mejor futbolista del mundo, y héroe de nuestra familia.

Organicé el viaje con unos amigos argentinos, compré pasajes para volar a Miami y alquilé una van para hacer la excursión hasta el estadio. También pasé por el cada vez más burocrático proceso de comprar las entradas para el evento: los precios de los partidos del Inter de Miami se han disparado desde la llegada de Messi el año pasado; acabamos pagando 1.032 dólares por los cuatro, incluida mi esposa (o 258 dólares cada uno), una cantidad absurda para un partido de la temporada regular de la Major League Soccer.

Pero no contaba con que Messi se lesionaría pocos días después de poner en marcha mi plan. ¡Ay!

Cuando llegamos al Chase Stadium de Fort Lauderdale para ver al Inter de Miami enfrentarse al New York City FC, ya sabíamos que la gran figura no jugaría. Lo máximo que podíamos esperar, si hacíamos zoom con las cámaras de nuestros teléfonos, era verlo sentado en su palco, impertérrito.

Por un momento, me sentí como los aficionados chinos que se enfadaron cuando Messi no jugó en un amistoso en Hong Kong en febrero porque no estaba en condiciones físicas. Pero entiendo que las lesiones son un peligro previsible en los futbolistas, sobre todo cuando se acercan a los 37 años, como Messi. En 2016 organicé un viaje para ver un partido de la Copa América entre Argentina y Chile en San José, California, y me encontré con que Messi estaba en la banca por un dolor de espalda. Ese día, la decepción fue generalizada.

A pesar de que Messi no jugó, a mis hijos les encantó la experiencia y, para mi sorpresa, no nos sentimos decepcionados. El estadio estaba lleno de familias que llevaban a sus pequeños, el 99 por ciento de ellos con camisetas de Messi, coreando y compartiendo un momento de admiración por un jugador que nos hizo a todos más felices.

El fútbol en sí fue bastante malo —cualquier equipo de segunda división de Brasil podría poner en problemas al Inter de Miami—, pero no importó demasiado. Incluso sin los trucos de Messi en la cancha, fue un entretenido momento de unión familiar, una oportunidad de compartir con nuestros seres queridos algo que realmente nos importa, como ocurre con cualquier afición o pasatiempo común.

A riesgo de caer en el sesgo de confirmación, estos días he visto a Messi por todas partes en Miami. El Inter, propiedad del exfutbolista David Beckham y del multimillonario Jorge Mas, es ahora una alternativa a Disneyworld para los latinoamericanos que acuden en masa a Florida cada año: si le gusta el fútbol, es casi una peregrinación obligatoria ver a su rey más idolatrado.

Desde luego, no es barato (olvidémonos de las entradas; una quesadilla en el estadio cuesta 16 dólares más propina). Pero, ¿qué espectáculo es barato hoy en día en Estados Unidos? Y uno tiene la sensación de que este ambicioso proyecto recién está comenzando: la inauguración de un nuevo estadio en el Miami Freedom Park el próximo año será otro salto cuántico en la búsqueda de una mayor popularidad del fútbol masculino en Estados Unidos.

Llevo dos décadas obsesionado con Messi, incluso desde antes de su debut profesional en 2004. Seguí con pasión sus irrepetibles años en el FC Barcelona. Lloré en el Maracaná cuando la selección argentina perdió la final de 2014 contra Alemania en Río de Janeiro, su derrota más dolorosa.

No creía que Messi necesitara ganar un Mundial para ser considerado el mejor en jugador del deporte rey. Y, sin embargo, su espectacular coronación en Catar 2022, cuando condujo a Argentina a su tercer título mundial tras la final más emocionante de la historia, lo elevó a la categoría de deidad. Como dijo el comentarista Peter Drury, “conquistó su última cima”.

Nuestros dos hijos, que ahora tienen nueve y cinco años, nacieron en Brasil y México y no siguieron a Messi ni a Argentina tan de cerca hasta su última gesta mundialista. Esa victoria quedará grabada en sus memorias para siempre y nos permitió, como a millones de familias, cultivar una obsesión compartida.

Aunque su traslado a Miami causó asombro entre los tradicionalistas del fútbol, fue una clara decisión personal de alguien que quería un cambio en su carrera para dedicar más tiempo a su familia y a sus hijos. En cierto modo, Messi puso su vida personal por encima del “trabajo”, dando una vívida lección de que, aunque seas el más grande de todos los tiempos, no todo tiene que girar en torno al dinero y el estatus.

En un mundo en el que cada vez menos celebridades parecen capaces de dar un paso al costado —desde políticos octogenarios hasta rockeros que realizan interminables “giras finales”—, se requiere mucha conciencia de sí mismo para que alguien en la cima de su fama decida cambiar las mejores ligas del mundo en los estadios más grandes de Europa por una sencilla instalación en el patio trasero de un aeropuerto de Fort Lauderdale.

Unos días después del partido, en el mesón de check-in del aeropuerto para regresar a Ciudad de México, me enteré de que nuestro vuelo estaba sobrevendido. Por un momento, estuve tentado de volver corriendo al estadio, donde el Inter de Miami se enfrentaría al CF Monterrey mexicano unas horas más tarde. Pero no fue posible, lo que no importó mucho, porque ya lo habíamos pasado muy bien. Y Messi tampoco jugó en ese partido.

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