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El COVID transformó al personal de salud: tras atender a 15 intubados, Cecilia se va a casa ‘con el corazón roto’

'Quedé realmente desilusionada de muchas cosas y me ardieron los ojos por otras tantas', confiesa la enfermera Cecilia Grisel Martínez Díaz.

Después de más de tres meses de batallas contra el COVID-19 y de jornadas de 12 horas para la atención de 15 entubados, la jefa de enfermería de Pabellón Cinco del Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias (INER), Cecilia Grisel Martínez Díaz, se fue a su casa "emocionalmente con el corazón roto" y una severa crisis hipertensiva. "La verdad no sé las autoridades del instituto en qué piensan; no sé si éramos los conejillos de indias para ellos, para ver si sobrevivíamos con uniformes de tela", reprocha.

Sin haber logrado que se dotara a su personal del equipo de protección suficiente y de calidad, se lamenta en entrevista con El Financiero que en los altos niveles del sector Salud "hay tantos intereses, tan oscuros y tan perversos, que yo quedé realmente desilusionada".

Licenciada en Enfermería y Obstetricia, un posgrado en Enfermería Cardiovascular, maestría en Alta Dirección en Institutos de Salud, con 20 años como enfermera y 13 años laborando en el INER, principal centro nacional de atención contra el coronavirus, Cecilia reclama que "hay personas que, desde un escritorio y sin los conocimientos, no entienden, no saben, no tienen la mínima visión de lo que vivimos desde el centro de la covidera, desde el campo de batalla".

Con un reporte de 156 contagios y seis muertos "en la familia INER" hasta el 12 de junio –indica–, y a pesar de sus ganas de continuar en su oficio, un diagnóstico médico –que detectó el desarrollo del síndrome del takotsubo, la aparición repentina de una insuficiencia cardiaca conocida también como la enfermedad del "corazón roto"– la obligó hace una semana a tomar un descanso y en agosto debe volver.

Trabajadora de base y sindicalizada, cuenta que no participa en la política sindical y "no podía dejar que se siguieran muriendo y contagiando mis compañeros", por lo que exigió por su cuenta y con otros trabajadores los equipos médicos.

Su buen trabajo, su preparación, fortaleza, responsabilidad y el gusto por hacer lo que hace –cuenta uno de sus compañeros– llevaron a Cecilia a un liderazgo natural entre sus compañeros, que le permitió llegar hasta una mesa de diálogo en la Secretaría de Gobernación, aunque su experiencia no fue la mejor.

"Quedé realmente desilusionada de muchas cosas y me ardieron los ojos por otras tantas", confiesa. También "creía que estábamos abandonados y que la gente no nos quería, por todas las noticias que salen de que maltrataron a un paciente, le pegaron a una enfermera, le echaron cloro a otra; pero las muestras de afecto que recibimos de la gente fueron un apoyo maravilloso que nos nutrió", señala.

Las historias y las vivencias en el INER con el personal nuevo, sin experiencia e insuficiente, contratado para atender el Covid, son muy fuertes, frente a lo insensibles e inhumanas que son las autoridades, relata.

"Una enfermera nueva, en su primer día, en medio del covidero lleno de entubados, no soportó la depresión de un adulto mayor que pedía a gritos y con llanto que lo dejaran morir. La enfermera se quedó paralizada y soltó un grito entre lágrimas y estrés: ´Si no tengo la fuerza, si no soy capaz de comunicarme con el paciente en este estado no sirvo como enfermera´", describe.

"Otro de los momentos más críticos y de mayor miedo fue cuando una joven enfermera, de recién ingreso, daba de comer a un paciente, pero el cansancio y el estrés la vencieron y comenzó a vomitar. Parte del personal creyó que el paciente Covid vomitó a la enfermera, lo que generó el miedo, el caos en la sala y un griterío que le ordenaba correr al baño a bañarse para evitar el contagio. Cuando la dejaron hablar explicó: 'no fue el paciente fui yo, por el estrés, el sudor, el equipo que ya no lo aguanto'", cuenta Cecilia Martínez.

Aclara que "nunca dijimos que iríamos a paro, sólo pedimos equipo para trabajar y que no haya más muertos y contagios. Gobernación ordenó y de inmediato el Insabi envió en ese momento los insumos, el problema son las autoridades de nuestro instituto", aclara.

Conocedora de la normatividad, alerta que en los nuevos lineamientos –emitidos apenas en mayo– sobre los materiales de los que deben estar hechas las batas y los uniformes adquiridos, "hay mucho desconocimiento, lo que abre la puerta a la corrupción y a la piratería, a un nivel altísimo de corrupción". Por todo eso "me fui a casa, literalmente, con el corazón roto, por no poder hacer más, por los pacientes y por el personal", lamenta.

DERECHO DE RÉPLICA

Sr. Director:

Con relación a la nota publicada el 22 de junio, titulada "El Covid transformó al personal de salud", hago las siguientes aclaraciones.

1-La entrevistada señala que los trabajadores son usados como conejillos de indias por usar uniformes de tela. Es falso, ya que los uniformes de tela son parte del equipo de protección personal (EPP) recomendado por la OMS.

2-Menciona que en los altos niveles de sector salud hay intereses oscuros y perversos. Si así fuera debería denunciarse por la vía legal.

3-Afirma que hay 156 contagios y 6 defunciones en la familia del INER. El dato es impreciso. Lamentablemente han fallecido 3 trabajadores. En 53 trabajadores en activo (2.3% del total) la prueba resultó positiva y en 100 trabajadores se estableció la transmisión comunitaria.

El INER desconocía la afección de la enfermera entrevistada pues no se acercó a los programas de Salud Ocupacional o Salud Mental que están accesibles a los trabajadores. Sin embargo, se le ofrece todo el apoyo que requiera.

Atentamente

Dr. Jorge Salas Hernández

Director General

Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias