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La actividad económica no debe de interrumpirse o parar por el daño que representa para a la sociedad. Este parece ser el consenso de líderes de muchos países, incluyendo México, donde no solo la economía no debe de frenarse ante la desgracia de una pandemia, hay que mostrar engaño o ser indiferentes, este es en realidad el caso de México. Permítame le explico.
El Covid-19, ha cobrado casi 10 mil vidas en México y se estima que llegaría a 30 mil antes de que termine julio, especialmente con el fin de la etapa de "sana distancia" que ni siquiera se cumplió nunca en la mayoría de las poblaciones en México, donde debido a muchos factores socio-culturales gran parte de la población considera que este virus no existe como tal y que hasta se trata de un plan elaborado por "los adversarios". Como resultado de esta incredulidad no solo no se han permitido acciones de sanitización, sino que se han cometido ataques contra empleados de autoridades sanitarias y hasta con médicos y enfermeras. Esto demuestra la ignorancia en la que está sumido México y de la cual se aprovechan sus dirigentes.
Esta semana el presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) prometió iniciar otra vez sus giras por el país; y así debe hacerlo ya que el próximo año hay elecciones. Y así en medio de la crisis de cientos de muertes diarias, desabasto de medicinas, cientos de muertos por la delincuencia organizada que en los últimos dos sexenios y haciendo mutis, --que por la sonrisa sarcástica y "moditos" de él, raya en burla cuando habla del tema de la violencia de género en la que él no cree ni le importa.
La contradicción aquí consiste en que AMLO tiene razón; irónicamente la gente se pelea por estar cerca de él y saludarle en sus giras, por defenderle en los medios contra las personas que le critican o simplemente no están de acuerdo con él y hasta vemos en los noticieros y redes sociales a los deudos, muchos cuyos familiares fallecieron por la inacción y omisión sanitarias de él y su gobierno. Las multitudes al verlo, se muestran excitadas dándole las gracias –aunque no saben ni porque-, y casi se le hincan como nuestros antepasados lo hicieron ante los conquistadores, a los que por cierto él odia.
En México existen un cúmulo de contradicciones como la que menciono anteriormente y las que a diario difunde el gobierno de México, encabezado por un líder que en otros países lo vemos como un dictador que avanza a pasos agigantados llevando a su país a una debacle que tardará décadas en detenerse y una generación en recuperarse.
En Norteamérica se le ve a México como un Venezuela en ciernes, como una Cuba que durante medio siglo daba gracias a Castro por haberlos librado del capitalismo, mientras se forman para recibir los básicos, alimentos, medicamentos y dadivas de sus "salvadores".
Vemos a México como un país donde solo pueden invertir los consorcios impersonalizados para aprovecharse de la mano de obra y las carencias de los mexicanos, pero no atractivo para capitales que promuevan una economía legítima y duradera.
Distinguimos a México como un país donde visitar sus sitios de encanto cada vez está más lejos de nuestros planes, por la inseguridad existente, el riesgo que supone y porque su gobierno no hace nada, excepto claro, enviar abrazos contra los balazos ¿Qué turista quiere arriesgarse o exponer a su familia a este entorno?
Las contradicciones están en todas las áreas. AMLO en medio de la crisis ha prometido crear al menos medio millón de empleos, pero la propia crisis ha alimentado el descontento y enanchado una insana distancia con la iniciativa privada, la cual se ha visto atacada por un terrorismo fiscal inusitado e insano.
El presidente ha ayudado directamente a lo que él considera son la base de sus seguidores, bajo el esquema de "pago directo sin intermediarios"; lo que no sabe o "no le dan los datos" es de que la corrupción está peor y que no hay más orden, que los negocios los hacen hoy los de Morena. Esa es la forma como él cree que la corrupción se está acabando, siendo engañado porque a muchos grupos así les conviene que sea, desde senadores y diputados hasta jefes o pequeños Hitler burócratas que aceptan sin ninguna reserva ni vergüenza "que ellos están para convertir en Ley lo que AMLO les pida"; el descaro y la ilegalidad son los primeros signos del término de la democracia.
Y en efecto, el descaro es evidente y abierto, el último pedido fue público y directo, "les pido a los legisladores", dijo AMLO en su diaria perorata conferencia mañanera y ante todos los medios "que nos apoyen con la iniciativa para terminar con los fideicomisos" –que ha sido hasta esta semana-, la figura legal acordada entre la sociedad civil y el gobierno para fomentar actividades sociales, de divulgación científica o simplemente de negocios de riesgo, o donde el gobierno aportaba cantidades específicas y cuyos fondos es –¿O era, debo decir?- manejado por los mismos grupos. Pero esto, representa según lo ve su gobierno, lo mismo que representó la democracia y la prensa para Hitler, para Chávez o para Castro, un desafío y una pérdida del control del autoritarismo ya existente.
Esta es una columna de opinión. Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad únicamente de quien la firma y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.
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