Monterrey

Jorge O. Moreno: El profesor universitario: ¿de la cátedra a creador de contenido?

Desde la migración a la pandemia, el papel del profesor pasó de ser un catedrático intentando captar la atención en el salón de clase, a un creador de contenido en medios digitales.

Como lo he comentado en otras ocasiones en este mismo espacio, ejerzo la profesión de catedrático de tiempo completo desde 2010, pero he tenido la oportunidad de ser profesor por asignatura desde 2004. En el ejercicio y aplicación de mi carrera como economista, uno de los conceptos que mayor uso es el análisis de la demanda y su implicación directa: cuando una mercancía necesaria reduce su precio, de manera natural, aunque en diferente medida, la gran mayoría de nosotros tendemos a incrementar su consumo; como siempre, manteniendo todo lo demás constante (ceteris-paribus decimos en la jerga profesional) como son gustos, ingreso, impuestos y los precios de otros bienes y servicios que también adquirimos.

El principio de la teoría de la demanda se aplica de manera casi universal a cualquier caso, y ha sido una herramienta fundamental en el estudio de fenómenos complejos más allá de los bienes de consumo tradicionales como el tomate y la gasolina, para explicar por ejemplo la salud, la fertilidad, el matrimonio, e incluso el consumo de drogas y sus adicciones. Sin embargo, la aplicación que me interesa enfatizar en este apartado es el uso del tiempo, en particular el tiempo que se dedica a estudiar y a otras actividades personales de esparcimiento.

Durante décadas, los estudios económicos del tiempo en donde analiza trabajo y descanso en actividades recreativas, iniciados por Becker (1965) en su clásico artículo titulado magistralmente “A theory of allocation of time”, han mostrado que esta mercancía es un bien como los que describimos anteriormente, sujeto a los resultados de la teoría de la demanda: entre más barato es el tiempo de ocio, más tendemos a consumir de él, ceteris paribus.

Las Tecnologías de Información y Comunicación (TICs) y la migración a educación virtual se presentaba como una panacea al quehacer educativo: el mundo científico al alcance de la mano de todos, las herramientas digitales como auxiliares en el día a día, el uso de toda la capacidad tecnológica para facilitar el proceso de enseñanza-aprendizaje del alumno y maestro. Todo lo anterior es parcialmente cierto. Sin embargo, como economista, presentí que ese abaratamiento del tiempo tendría consecuencias no planeadas en el comportamiento de los alumnos, y esa previsión se hizo realidad.

Desde hace poco más de dos décadas, los estudiantes han sido introducidos desde los primeros años de vida académica en el lenguaje electrónico y el dominio de las máquinas, por lo que cuentan con competencias en el uso de las tecnologías. Esto a su vez les da la destreza añadida de auto-aprender de una manera rápida y eficaz.

Las TIC, entonces, se convierten en herramientas poderosas para estimular el conocimiento por autoaprendizaje, permitiéndoles desarrollar competencias en el uso inteligente de la información (Garzón, 2012). En este contexto, surgen las siguientes interrogantes: ¿para qué utilizan las redes sociales digitales los jóvenes universitarios?, ¿Qué tipo de herramientas tecnológicas utilizan? ¿Son importantes para realizar actividades escolares?, entre otras. (Domínguez, F.; López; 2015). Es indudable que Internet, como medio de comunicación, de ocio y de obtención de información se está convirtiendo en una herramienta necesaria en la sociedad. El acceso a Internet provee información sobre multitud de áreas. (Muñoz, Navarro, Ortega, 2003).

Resulta interesante notar que en un estudio para estudiantes universitarios de la previo a la pandemia (Moreno et al. 2018) los resultados de este trabajo sugieren que del tiempo dedicado a internet solo una porción muy pequeña se dedicaba a actividades académicas. En particular, los resultados muestran un efecto pequeño de 1.75 minutos en actividades académicas por cada 10 minutos adicionales en internet, lo cual sugiere evidencia que el tiempo en TICs se intensivamente emplea en otras actividades, particularmente redes sociales y videos en streaming.

Desde la migración a la pandemia, el papel del profesor pasó entonces de ser un catedrático intentando captar la atención en el salón de clase, a un creador de contenido en medios digitales que compite a un click de distancia de las mejores series de televisión, películas, videos musicales, y directamente con las redes digitales; todo esto, sin ver (en promedio) mejoras directas en los procesos educativos, ni en la calidad de los trabajos finales, ni en las calificaciones de los estudiantes. (Notemos que siempre habrá casos notables, pero en una educación inclusiva no se pueden basar los resultados solamente en ellos).

¿Qué pasa entonces? Como economista la respuesta es simple: la migración a la educación virtual hizo “más barato” el tiempo de estudio a través del uso de medios electrónicos, y ante una reducción en precio del tiempo, el incremento en la demanda fue más que proporcional al uso dedicado en actividades de diversión que a estudiar y realizar actividades académicas.

Como catedrático me resulta difícil, o imposible, competir por la atención de alumnos a distancia si contrasto mi clase con videos de creadores de contenido profesionales, con redes digitales, con las mejores películas y series de televisión, o con profesores que tienen los medios para realizar una exposición digitalizada de excelencia. Si bien, mi amor a la enseñanza me ha hecho adoptar estrategias novedosas como exámenes orales, diseño y uso de videos, o incluso compartir “memes” sobre temas de mi clase en Teams (la plataforma digital que fue adoptada por la UANL para migrar a educación a distancia), el camino hacia la corresponsabilidad entre estudiantes y docentes aun es largo y hay mucho por aprender, juntos.

Analicemos finalmente, con un poco de ayuda de economía, la conclusión de las reflexiones compartidas en la presente entrega: si en el uso de las TICs el tiempo de estudio ha mostrado ser sustituto del tiempo dedicado a esparcimiento y diversión, entonces tratemos a las TICs no como insumos sustitutos sino complementarios a la enseñanza: dejar toda la responsabilidad del aprendizaje a modelos digitales e híbridos sin preparación previa a la “oferta” (profesores) y “demanda” (estudiantes) son garantía de un grave golpe a la calidad de nuestra siempre desafiante y necesaria educación universitaria.

El autor es Doctor en Economía por la Universidad de Chicago. Autor de diversos libros y artículos académicos. Ha recibido múltiples reconocimientos nacionales e internacionales por su trabajo académico y de investigación. Actualmente es Profesor-Investigador de la Facultad de Economía UANL. Web: www.jorgeomoreno.org.

COLUMNAS ANTERIORES

Suben 13% ventas y 22% Ebitda de Kof en II-2024
Jorge Manjarrez: In memoriam

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.