Financial Times

En defensa de los serviles esclavos asalariados

El empresario Luke Johnson considera que estas personas aprenden desde muy temprano a vivir de la falsedad; los más falsos llegan a la junta directiva, donde se infligen sus calumnias y artimañas unos a otros.

Si usted está leyendo esto, lo más probable es que sea un sicofante, un lamebotas y un farsante.

La mayoría de los lectores del Financial Times se pasan la vida laboral subiendo el palo encebado en las grandes compañías, lo cual los convierte en aduladores cobardes e insinceros. Esto es según el empresario Luke Johnson, quien argumentaba en su columna del FT del miércoles pasado que el mundo corporativo es falso de arriba abajo. Los esclavos asalariados, decía, aprenden desde muy temprano a vivir de la falsedad; los más falsos llegan a la junta directiva, donde se infligen sus calumnias y artimañas unos a otros.

La única manera de salir de esta cloaca es hacer lo que el mismo Sr. Johnson ha hecho y convertirse en un trabajador autónomo. Cuando tenía veinte años lanzó un ataque de insultos groseros contra el bufón de su jefe en un banco de inversión y en menos de un año se había liberado del servil mundo corporativo para siempre.

Ahora, la adulación es parte del pasado. No tiene pelos en la lengua y dice (mayormente) lo que piensa.

Leí esto sin hacer comentarios durante el desayuno la semana pasada y se lo pasé a mi esposo. "¡Excelente! ¡Exacto!", dijo después de terminarlo, como sabía yo que iba a decir. Cuando lo conocí, mi esposo era un periodista en el FT, pero con el pasar del tiempo descubrió que la modesta cantidad de adulación que el periódico le exigía era una carga excesiva.

Poco después de casarnos, dimitió y fundó su propia revista. La versión de los eventos descrita por el Sr. Johnson coincidía perfectamente con la suya.

Mi carrera ha tomado un camino diferente. Yo he seguido aceptando la complicidad corporativa y, cuando ha sido necesario, he seguido adulando con ecuanimidad. La visión del Sr. Johnson no coincide con la mía en lo más mínimo. Cuatro cosas están equivocadas.

Primero, yo estoy preparada para admitir que soy una lamebotas falsa y servil, y que lo soy más que el Sr. Johnson (o mi esposo). Pero no estoy segura que esto sea perjudicial. La palabra lamebotas es vulgar; yo prefiero la palabra lisonjera. Me enorgullece ser lisonjera y sólo me gustaría hacerlo mejor. La lisonja es una parte vital del encanto, crucial para la supervivencia no sólo en el mundo corporativo sino en cualquier encuentro con cualquier persona que involucre obtener algo que uno quiere.

Segundo, mi experiencia con las grandes corporaciones es que la lisonja es sólo una de las muchas habilidades que se necesitan para salir adelante. Otras incluyen la diplomacia, trabajar duro, la cordialidad, el engaño, la ambición, la falta de escrúpulos y el talento. Las grandes empresas son lugares complicados donde las personas que son emocionalmente sofisticadas terminan triunfando. Las características que se necesitan para avanzar son una mezcla de lo bueno y lo malo; y mientras que algunas empresas son más disfuncionales que otras, todas exigen llegar a arreglos. Esto requiere manejar los egos, lo cual inevitablemente quiere decir ir de puntillas en vez de entrometerse. Sin embargo, desechar como mera adulación falsa toda la habilidad que se necesita para este delicado juego es no comprender en absoluto de qué se trata.

Tercero, me opongo a la idea populista de que el hombre que rechaza a las corporaciones tiene que ser un héroe. Igualmente podría ser un bolchevique inadaptado que no ha podido aprender a comportarse en el mundo civilizado. Mi esposo, como el Sr. Johnson, tuvo un berrinche de malas palabras con su jefe, que involucró tirarse raquetas en la cancha de tenis. Cuando me lo contó, como el 30 por ciento de mi ser estaba orgullosa de él. El otro 70 por ciento pensaba que debía aprender a controlarse.

Pero nunca lo hizo, ya que no está hecho para eso. En última instancia, es una cuestión de personalidad.

Las personas terminan siendo empresarios por diferentes razones. Algunos, como Sir Richard Branson, son disléxicos y les va tan mal en la escuela que las carreras típicas están cerradas para ellos. Otros fundan empresas porque sus personalidades no han evolucionado lo suficiente para llenar el perfil corporativo. No tiene nada que ver con su tolerancia moral para la hipocresía. Es como hablar un idioma extranjero. Algunas personas tienen el gen y otras no.

Al igual que aprender un idioma, aprender el comportamiento corporativo requiere práctica. Cuando se hace todos los días, se vuelve tan fácil que no es ningún esfuerzo. Pero los que se apartan de la rutina se vuelven cada vez más rígidos y ensimismados hasta que llegan a no ser empleables. ¿Es ésta una señal de superioridad moral? No lo creo.

Mi última oposición a la tesis es que la persona que más resiste lamer botas pudiera ser la que más desea que otros les laman las suyas. El Sr. Johnson menciona esto de paso como un riesgo menor. Pero yo lo veo como una debilidad mayor de cualquier teoría que trate de probar la fibra moral del empresario autosuficiente. No tener pelos en la lengua no tiene mucho valor si eres la única persona que tiene permiso de hacerlo. Pregúntenselo a cualquiera que haya trabajado con Steve Jobs.

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