Tour de Francia: la severa competencia que nació para sacar a un periódico de la quiebra
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Tour de Francia: la severa competencia que nació para sacar a un periódico de la quiebra

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Tour de Francia: la severa competencia que nació para sacar a un periódico de la quiebra

bulletInclemente con el cuerpo y la mente, el Tour de Francia se vale del espíritu de sus competidores y las nuevas tecnologías para hacer de esta prueba una de las más integrales.

Eduardo Bautista
05/07/2019
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El Tour de Francia, una de las competencias deportivas más salvajes que haya creado el ser humano, nació para salvar a un periódico de la quiebra.

En 1903, los dueños del diario francés L’Auto —hoy L’Equipe— estaban desesperados. Tras un análisis financiero, descubrieron que las ventas se incrementaban los días en los que se publicaba sobre ciclismo. Entonces al director, Henri Desgrange, se le ocurrió algo: organizar una vuelta a Francia en bicicleta y venderla como la mayor prueba de ciclismo del mundo.

Aunque descabellada, a nadie se le ocurrió una mejor idea. Después de todo, no sonaba tan mal: eran muchos días de cobertura que se traducirían en más lectores y patrocinadores. Los competidores, además, no pedirían mucho dinero: el ciclismo no era considerado un deporte profesional.

A nadie le pasó por la cabeza que era una prueba monstruosa. Que las subidas de Los Alpes no son paseos con mirador y que los descensos son un suicidio. Nadie pensó en que habría muertos y lesionados. Nadie imaginó que, en 90 años, un ciclista de nombre Lance Armstrong afirmaría que “es imposible ganar siete Tours sin doparse”.

A la primera edición se inscribieron 15 ciclistas; a la de este año —que conmemora 100 años de que Desgrange instauró el maillot amarillo para distinguir a los líderes de la clasificación—, participan 176.

Más de mil millones de personas lo ven por televisión y streaming, y su valor de marca ronda en los 150 millones de euros, sin contar publicidad, según Forbes.

En la primera mitad del siglo XX, algunas sustancias que hoy están prohibidas eran producidas por la misma industria farmacéutica. Henry Pélissier, gran ciclista de los 20, guardaba en su maillot cocaína para no dormirse, y cloroformo para el dolor de rodillas. “Funcionamos con dinamita”, decía.

Si hoy el Tour —cuya edición 106 comenzará mañana en Bruselas y concluirá el 28 en París, en un recorrido de 3 mil 480 kilómetros— es una de las competencias más ensombrecidas por el dopaje, se debe a que sus creadores no dimensionaron los límites a los que llegarían sus competidores con tal de llegar a la meta.

“El esfuerzo que hacen los ciclistas es algo que los mortales solamente nos podemos imaginar; es una prueba en la que se utiliza la fortaleza mental para soportar el sufrimiento físico”, observa el editor de la revista de ciclismo La Clásica, Rafael Cué.

Desde hace tiempo, dice, este deporte ingresó en una etapa de profesionalización de la mano de nuevas prácticas y tecnologías —bicicletas más ligeras y aerodinámicas. Por eso, asegura, cada vez es menos frecuente ver ciclistas como Eddy Merckx, Miguel Induráin o Bernard Hinault, quienes ganaban cinco ediciones de manera consecutiva. Que todos los equipos tengan acceso a la misma tecnología ha hecho que el Tour sea más competitivo.

“Antes, los ciclistas subían a base de pura fuerza y espíritu, pero la tecnología ha hecho que ahora sea un deporte más completo y vigilado, en el que los ciclistas se retroalimentan con mejores procesos de nutrición, mayor administración del descanso y bicicletas más modernas”, concluye Cué.