Yalitza 'in Vogue'
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Yalitza 'in Vogue'

bulletLejos de celebrar la diversidad mexicana, el folclorismo con que la revista presenta a Aparicio lleva un racismo implícito.

Por Veka Duncan*
22/01/2019
Actualización 22/01/2019 - 17:23
Yalitza Aparicio
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Cuando camino por la calle o transito por ella en el transporte público, veo rostros en la publicidad, en los puestos de periódico y en las pantallas, que no reflejan a aquellos que me rodean. Recientemente, en una de tantas sobremesas que giraron en torno a Roma, una amiga me dijo: “Yo nunca me había sentido representada en los medios”. La confesión cayó como un balde de agua fría en medio de un acalorado debate sobre lo disruptivo que resultó la fotografía de Yalitza Aparicio en la más reciente portada de Vogue México.

La presencia de Aparicio en estas publicaciones resalta precisamente la importancia de ver representados a esos otros rostros que han sido ignorados en los medios y esto sin duda es de celebrarse. Sin embargo, la forma en la que se ha construido su imagen en la revista resalta también cómo el ojo público no puede verla más allá de las expectativas de lo que una mujer indígena debe ser. En esa mirada subyace un racismo casi equiparable al que brotó en las críticas que se le hicieron a la actriz en redes sociales. Así, propongo aquí una lectura a lo que otros ya han apuntado, pero desde la historia del arte y el análisis de las imágenes.

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Al observar las fotografías de las alfombras rojas, vemos un marcado contraste entre la imagen que la propia Yalitza ha escogido proyectar y la que la directora de arte y la estilista de Vogue le han impuesto. En unas la vemos con vestidos largos que resaltan su figura, en otras ataviada con rebozos, bordados florales que remiten a textiles tradicionales y con el cabello trenzado; conscientes o no, las decisiones editoriales de Vogue están cargadas de símbolos y referencias visuales que, en vez de realmente exaltar la belleza de Yalitza por sí misma, perpetúan el estereotipo de “lo indígena”.

La representación que la revista hace de ella muestra poco interés por romper las formas que se han construido históricamente en torno a esas comunidades, dando como resultado una imagen etnográfica como las que encontramos en el Museo Nacional de Antropología. No es la primera vez que una revista mexicana retrata a una mujer de raíces indígenas en su portada. Al ver las imágenes de Aparicio en Vogue me viene a la mente la fotografía de María Bibiana Uribe en El Universal Ilustrado, ganadora del concurso La India Bonita de 1921. De trenzas, con blusa bordada y falda ceñida a la cintura, Uribe es retratada con un fondo de grecas que alude al pasado prehispánico de los pueblos indígenas. La imagen de Yalitza pareciera inspirada en aquella portada publicada hace casi ya 100 años; la ropa que le eligieron conserva más o menos los mismos elementos (salvo que un bordado es tradicional y el otro Dior, otro tema que merece atención) y si bien el fondo que enmarca a Aparicio no hace referencia inmediata a las culturas del México antiguo, sí peca de exoticista, rodeándola de flora selvática como la que el imaginario occidental espera encontrar en una comunidad indígena como la suya.

Al comparar estas portadas, resalta también que a ambas se les haya posicionado en una silla; mientras a las modelos occidentales (estadounidenses o europeas), tanto mujeres blancas como de color, se les retrata de pie y con actitudes de confrontación, a estas mujeres mexicanas se les representa sentadas, pasivas, dominadas. Aunado a esto, habría que considerar también la decisión de la estilista por presentar a Yalitza siempre de falda o vestido, prendas históricamente ligadas a los roles de género más tradicionales y con una carga étnica significativa. Así, Vogue disfraza a Aparicio desde una mirada folclorista que remite a los cuadros de castas del virreinato y a los grabados de “tipos mexicanos” producidos durante el siglo XIX por artistas europeos, como Claudio Linati.

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El caso de La India Bonita no es el único antecedente a la portada de Vogue que merece atención. Cómo olvidar la icónica portada de Frida Kahlo publicada por la misma revista en 2012. En ella se muestra a la pintora con un fondo de flores y ataviada con uno de sus famosos vestidos. No sorprende que en 1939, año en que Nickolas Muray tomó la foto, se le retratara así a una mujer mexicana, pues fue una época marcada por el Mexican curious, sino que para 2018 no hayamos podido actualizar nuestra narrativa en torno a cómo se nos representa. La presencia de Kahlo en Vogue tuvo otro momento importante, décadas antes de aquella portada: la publicación de un retrato suyo en la edición estadounidense de octubre de 1937, donde se le incluyó en un artículo sobre Señoras of Mexico.

En este, Frida se nos presenta con falda ceñida a la cintura, textiles bordados, rebozo, y cabello trenzado, posando junto a un maguey. De nuevo, vemos en esa fotografía las mismas formas de representación que atraviesan la imagen de Yalitza en Vogue México, tanto en la vestimenta como en el paisaje que la enmarca.

Finalmente, añadamos a esto último la arquitectura que rodea a Aparicio tanto en la sesión de fotos como en el video que Vogue circuló en sus redes sociales. Discursivamente, estos fondos hacen referencia a la ancestralidad de las culturas indígenas a través de la antigüedad del entorno que la rodea.

Por otro lado, el estado ruinoso de estas construcciones refleja también una visión romantizada de la pauperización que tristemente aflige a estas comunidades. El contraste entre las palabras que lee Aparicio en el video mientras camina por un edificio en ruinas, busca resaltar la riqueza cultural de sus raíces a pesar de la pobreza de su entorno. Sobra decir que se trata de una retórica que arrastra los peores clichés de la mirada occidental hacia estos pueblos.

Es indispensable seguir viendo rostros como el de Yalitza Aparicio en nuestros medios, pero hay que romper con estas formas, pues más que celebrar la diversidad mexicana, reproducen cánones anacrónicos y gastados.

*Veka Duncan es historiadora del Arte especializada en desarrollo de proyectos de divulgación cultural. Traductora y Co-conductora de El foco en adn 40

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad únicamente de quien la firma y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.