Una misteriosa criatura llamada Eremita
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Una misteriosa criatura llamada Eremita

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Una misteriosa criatura llamada Eremita

bulletCon la autorización de Ediciones Siruela publicamos 'La Criada', texto incluido en 'Todos los cuentos' (Madrid, 2018), de la aclamada Clarice Lispector.

Por Especial
05/03/2019
Clarice Lispector
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Se llamaba Eremita. Tenía diecinueve años. Rostro seguro de sí, algunas espinillas. ¿Dónde estaba su belleza? Había belleza en ese cuerpo que no era bello ni feo, en ese rostro cuyo signo de vida era una dulzura ansiosa de dulzuras mayores.

No sé si belleza. Posiblemente no la había, por mucho que los rasgos indecisos atrayesen como atrae el agua. Había, sí, sustancia viva, uñas, carne, dientes, mezcla de resistencias y flaquezas, constituyendo una presencia vaga que no obstante se concretaba de inmediato, en una cabeza interrogativa y ya servicial, no bien se pronunciaba un nombre: Eremita. Los ojos castaños eran intraducibles, faltos de correspondencia con el conjunto del rostro. Tan independientes como si hubiesen sido plantados en la carne de un brazo y desde allí nos miraran, húmedos, abiertos.

A veces contestaba con malcriadez de verdadera criada. Explicó que había sido así desde pequeña. Sin que eso viniera de su carácter. Pues en su espíritu no había ningún endurecimiento, ninguna ley perceptible. “Tuve miedo”, decía con naturalidad. “Me entró un hambre...”, decía y, no se sabe por qué, lo que decía era incontestable. “Él me respeta mucho”, decía del novio y, pese a la expresión obsecuente y convencional, la persona que oía entraba en un mundo delicado de insectos y aves donde el respeto mutuo era general. “Me da vergüenza”, decía, y enredada en sus propias sombras mostraba la sonrisa. Si el hambre era de pan –que comía deprisa, como si fueran a quitárselo-, el miedo era de los truenos, la vergüenza era de hablar. Era gentil, honrada. “Dios me libre, ¿no?”, decía ausente.

Porque tenía sus ausencias. El rostro se perdía en una tristeza impersonal y sin arrugas. Una tristeza más antigua que su espíritu. Los ojos se tornaban vacíos; diría que incluso un poco ásperos. El que estaba al lado de ella sufría y no podía hacer nada. Únicamente esperar.

...ojos llenos de suavidad e ignorancia, ojos completos. ignorancia tan vasta que en ella podría caber y perderse toda la sabiduría del mundo

Pues en algo estaba absorta, la misteriosa criatura. En aquellos momentos nadie se habría atrevido a tocarla. Uno debía esperar, un poco grave, con el corazón encogido y velándola. Nada era posible hacer por ella, sino esperar a que pasara el peligro. Hasta que en un movimiento sin prisas, casi un suspiro, se despertaba como un cabrito recién nacido que se levanta en sus patas. Había regresado del descanso de la tristeza.

Regresaba, no se podría decir que más rica, pero sí más segura después de haber bebido en vaya usted a saber qué fuente. Lo que se sabe es que la fuente debía ser pura y antigua. Sí, había en ella profundidad. Pero nadie habría encontrado nada si hubiese bajado a esas profundidades; nada salvo la profundidad misma, como en lo oscuro se encuentra oscuridad. Es posible que alguien, de haberse adentrado más, tras muchas leguas por las tinieblas hubiese encontrado el indicio de un camino, guiado tal vez por un batir de alas, por el rastro de algún insecto. Y, de repente, el bosque.

Ah, entonces el misterio debía ser ese: ella había descubierto un atajo para llegar al bosque. Seguro que era allí a donde iba durante sus ausencias. Para regresar con ojos llenos de suavidad e ignorancia, ojos completos. Ignorancia tan vasta que en ella podría caber y perderse toda la sabiduría del mundo.

Así era Eremita. La que si hubiese subido a la superficie con todo lo hallado en el bosque habría sido quemada en la hoguera. Y lo que había visto –las raíces que había mordido, las espinas que la habían hecho sangrar, las aguas en donde se había mojado los pies, la oscuridad y la luz que la habían envuelto-, todo eso no lo contaba porque no sabía: había captado todo en una sola mirada, demasiado rápido para que no fuese algo más que misterio.

Cuando emergía, pues, era una criada. A quien continuamente apartaban de la oscuridad de su atajo para encargarle tareas menores: lavar ropa, fregar el suelo, servir a unos y a otros.

Pero ¿servía realmente? Pues si alguien hubiese puesto atención habría visto que ella lavaba ropa al sol, que fregaba el suelo mojado por la lluvia, que tendía sábanas al viento. Se las arreglaba para servir mucho más remotamente a otros dioses. Siempre con la entereza de espíritu que había traído del bosque. Sin un pensamiento: nada más que un cuerpo moviéndose con calma, rostro pleno de una esperanza suave que nadie da y nadie arrebata.

La única huella del peligro por el que había atravesado era su fugitiva manera de comer pan. Por lo demás, era serena. Incluso cuando agarraba el dinero que la patrona había olvidado sobre la mesa, incluso cuando en un discreto paquete le llevaba al novio algunas cosas de la despensa. A robar ligeramente también había aprendido en sus bosques.