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Saturnino Herrán y López Velarde, una amistad forjada en el amor a México

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Saturnino Herrán y López Velarde, una amistad forjada en el amor a México

bulletPoco investigada, la amistad entre el pintor y el poeta revela el diálogo con el que construyeron una mirada intimista de la patria en una época de armas.

Rosario Reyes
25/10/2018
El poeta y el pintor tuvieron una amistad entrañable.
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La soledad en la que se encontraron como artistas aquel cruento año de 1914, cuando varios de sus colegas abandonaron la capital para participar en la lucha armada, marcó no sólo la trayectoria del pintor Saturnino Herrán y el poeta Ramón López Velarde, sino también su amistad, una intensa relación que será llevada al cine el año próximo.

El lazo fraternal que unió a Herrán y a López Velarde se inició cuando ambos eran muy jóvenes y se conocieron en Aguascalientes. En su vida adulta se reencontraron en la Ciudad de México y pasaron juntos, literalmente, hasta el último día de vida del pintor.

“A finales de 1902, la familia López Velarde Berúmen ya tenía contactos, o probablemente residencia, en Aguascalientes. Saturnino y su madre dejaron la ciudad en el primer semestre de 1903. Ahí hay un lapso de aproximadamente un año en el que pudieron coincidir”, dice en entrevista el investigador y amigo de la familia Herrán, Víctor Muñoz.

Entre 1914 y 1915 la Ciudad de México estaba desolada. Fue el año del hambre, recuerda el investigador en uno de los textos del libro Saturnino Herrán, melodía de la existencia. Corpus mayor, de próxima aparición. “Desempleo, desabasto y epidemias asolaron la capital durante 1915. Amigos artistas de Saturnino emigraron. Alberto Garduño y Rafael Lillo se fuerona La Habana. Francisco Romano Guillemín, Raziel Cabildo, el Dr. Atl y José Clemente Orozco se habían desplazado para Orizaba. Carlos Zaldívar se había sumado a las fuerzas constitucionalistas”.

Herrán permaneció en la Ciudad de México. Su trinchera elegida. ¿Cómo se hicieron amigos un liberal y un religioso? Por una devoción compartida: el amor a su país.

“No puedo disociar a Saturnino de Ramón, los veo tan compenetrados, a pesar de sus disonancias, con las que construyeron un México íntimo, profundo. La Patria íntima a la que alude Ramón en sus textos”, dice Saturnino Herrán Gudiño, nieto del pintor.

Nadie conoció la obra de Herrán como López Velarde. El poeta visitó diariamente durante cuatro años el estudio del artista. “Hablaban por horas, mientras Saturnino pintaba -nunca dejaba de pintar- y muchas veces, si la plática estaba muy buena, se iban caminando de Mesones hasta la avenida Jalisco, donde estaba la casa de Ramón, hablando. Y si no terminaban, volvían caminando a Mesones sin parar de hablar”, cuenta Herrán Gudiño.

Eran divergentes y complementarios, asegura el cineasta, quien el año entrante filmará una película cuyo guion escribió en colaboración con Víctor Muñoz, y que se basa en la amistad entre los dos creadores.

Pinturas y poemas contra la barbarie

Saturnino y Ramón descreían de la lucha política. Eran “intimistas”, como definía López Velarde. Desarrollaron sus respectivas obras en un ambiente marcado por la lucha armada, sin mecenazgos y por tanto, en plena libertad.

“Coinciden en el rechazo a la violencia, no están de acuerdo con el movimiento revolucionario. Con su arte van a la vida interna, personal, profunda; la vida espiritual, donde convergen. Ellos están muy conscientes de lo que es este país: Saturnino le hace ver a Ramón la civilización mexicana, que tiene más de 3 mil años construyéndose”, dice Herrán Gudiño.

Saturnino dio la misma importancia a todas las personas como protagonistas de sus cuadros y logró que el espectador se vea reflejado en ellos. Alejado de las armas hizo su propia defensa de la patria.

Tras la muerte del pintor, el de las letras pasó un año escribiendo Oración fúnebre, su despedida al amigo entrañable, de quien dice: “… ejercitaba esa circunspección afectuosa que se deriva de considerar, en la máquina del universo, al ente más inferior y a la actividad más servil, participando de la magia pasional en que susurra el diálogo del cometa con la luciérnaga”.

“Al trazar el retrato poético del pintor, López Velarde hacía su propia biografía, la del enamorado de la ciudad que a ambos los hizo suyos y los condujo a la muerte, la forma más alta del amor. Además de rendir homenaje al artista plástico con el que tantas afinidades tiene, estaba escribiendo el mejor de sus autorretratos…”, comenta Quirarte en el libro.

“La cumbre de la relación entre los dos amigos está en Nuestros dioses, de Herrán, y en el ensayo Novedad de la patria -advierte Víctor Muñoz- donde López Velarde el planteamiento estético central de su trabajo y el de pintores y músicos como Manuel M. Ponce. Una época en la que la preocupación estética y poética borda el ser de lo mexicano. Habla de una patria que no es blanca y que está en los próximos, en los vecinos; no es la alegoría de las batallas ni de los héroes, sino la gente que somos y las diferencias que tenemos entre nosotros. La diversidad que constituye la cultura mexicana”.

El rostro del poeta

¿Y cómo es que el pintor no hizo ningún retrato de su amigo poeta?, se pregunta Vicente Quirarte en el libro Saturnino Herrán, melodía de la existencia. Corpus mayor (Secretaría de Cultura/INBA), que coordinado por el nieto del pintor, se presentará el próximo 23 de noviembre en la Sala Adamo Boari del Palacio de Bellas Artes.

Estaba equivocado. Gracias a un afortunado hallazgo, Quirarte tuvo que hacer una aclaración, pues hasta hace apenas unas semanas no se sabía de tal obra. Y apareció.

“Me llamó una persona de Aguascalientes y me dijo ‘tengo un amigo que dice que tiene un retrato y te lo quiere mostrar’”, relata Herrán. “Fue un encuentro fantástico. Así como esa pieza tenemos poco más de 10 obras inéditas en el libro, van apareciendo en colecciones privadas, de personas que descubren que tienen un alto valor. Saturnino pintó todo en 10 años de trabajo incesante”.

La relación del poeta con su amigo no terminó con la muerte, a causa de un padecimiento en el esófago, el 8 de octubre de 1918, a los 31 años. López Velarde fue uno de los organizadores de la primera exposición del artista, que se inauguró a cuatro semanas de su deceso, en el Jockey Club de México.

Ahí, gran parte de los cuadros que habían quedado hasta entonces en su estudio de Mesones, al alcance sólo de los cercanos, pudo ser apreciada por primera vez públicamente. En conmemoración del centenario de su muerte, se presenta en el Museo Nacional de Arte una selección de su obra en la muestra Saturnino Herrán y otros modernistas.