Refugio del saber: el parteaguas de la llegada de Cosío Villegas a Portugal y su 'eco' en México
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Refugio del saber: el parteaguas de la llegada de Cosío Villegas a Portugal y su 'eco' en México

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Refugio del saber: el parteaguas de la llegada de Cosío Villegas a Portugal y su 'eco' en México

Cuando Cosío villegas llegó a portugal en 1936 no imaginó que estaba a punto de cambiar la historia; la cercanía con la tragedia republicana le permitió idear el exilio que desató una revolución cultural en México.

María Eugenia Sevilla
04/06/2019
Actualización 04/06/2019 - 18:58
 Cosío Villegas conocía bien el medio intelectual progresista de España.
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A veces tomar el tren equivocado conduce al camino correcto, dice un refrán. Algo así le pasó a Daniel Cosío Villegas cuando llegó a España en 1936.

Al arribar a León, el 18 de julio, estalló la Guerra Civil. Viajaba con rumbo a Lisboa, donde fungiría como encargado de negocios del gobierno cardenista. Pero las Moiras ya urdían en sus hilos un mayor encargo. Sin saberlo, el viajero se acercaba a lo que Enrique Krauze llamó en Una biografía intelectual, ese “momento en la vida de un hombre”.

Después de no pocas peripecias, en cuanto llegó a Portugal trabó amistad con otro grande de pensamiento, con quien cambiaría el devenir de España y México: Claudio Sánchez-Albornoz. Uno de los máximos historiadores españoles del siglo XX y, por entonces, un embajador apestado por la cancillería de aquel país, cuyo gobierno simpatizaba con el alzamiento franquista.

“Lo apodaron el Ministro Rojo”, recuerda en entrevista el presidente de la Academia Mexicana de la Historia, Javier Garciadiego.

Con el continente amenazado por la expansión nazi, Portugal —esa puerta al Occidente— era un foco de espionaje internacional. Así que ambos diplomáticos recibían información fidedigna de lo que estaba pasando en España. “Entonces idearon un plan para invitar a intelectuales republicanos a dar conferencias en México, como un refugio temporal, y con la ventaja de que no tendrían que aprender la lengua”, comenta el historiador.

Educado en Europa, Cosío Villegas conocía bien el medio intelectual progresista de España. Había estado allí antes, en 1932, invitado para impartir una serie de conferencias sobre la Reforma Agraria —un viaje que aprovechó para buscar, infructuosamente, contactos editoriales allá.

Frente al panorama del exilio republicano, que saturaba los campos de refugio en Francia, vio la oportunidad de llevar agua al necesitado molino académico de México.

Para entonces, ese hombre de amplias miras ya había echado a andar en el país una incipiente editorial llamada Fondo de Cultura Económica (FCE) en 1934. Y no precisamente con ayuda de España.

Todo lo contrario: a punto de que Espasa Calpe le diera el sí para llevar textos indispensables de economía al castellano, José Ortega y Gasset, la máxima autoridad intelectual de la península, espetó desde su circunstancia: “El día en que los americanos tengan que ver en nuestra vida editorial, intelectual y universitaria, se convertirán en una cena de negros”, cita Krauze en su Biografía intelectual.

Ante la urgencia de proveer insumos académicos que ampliaran los horizontes intelectuales de un país centrado en el nacionalismo posrevolucionario, el economista le hizo llegar a Lázaro Cárdenas la propuesta de alojar a las mentes que iluminaban un nuevo florecimiento del pensamiento español.

Cárdenas aceptó. Cabe recordar —acota Garciadiego— que tras la accidentada relación que México sostuvo con España desde la monarquía de Alfonso XIII hasta la Cristiada, ambos países por fin sostenían un buen trato. “El gobierno posrevolucionario se identificó con la Segunda República: los dos querían hacer una reforma agraria, combatir el caciquismo, generar educación y una nueva cultura”.

Fue así que, desde el estallido de la Guerra Civil, el gobierno cardenista ofreció apoyo político, diplomático y militar a la República. No sólo acogió en 1937 a los 456 Niños de Morelia, acción que inauguró, el 7 de junio, el exilio republicano en México. También expidió —destaca el historiador— pasaportes para dotar de ciudadanía mexicana a españoles en Europa, y así protegerlos de la persecución (tan sólo por los Pirineos cruzaron unos 500 mil).

Ese año de 1937 Cosío Villegas recibió el encargo de elaborar las listas con los nombres de quienes habrían de ser invitados a México. “Una tarea difícil porque muchos estaban presos, muy viejos o enfermos para viajar, estaban en campos de refugio franceses, o vivían ocultos”, comenta Garciadiego. Para completar el listado, que elaboró con ayuda de Sánchez-Albornoz, el mexicano viajó a la España en guerra.

En 38, regresó a México con la orden de preparar el alojamiento de los invitados, para quienes fundó la Casa de España —en la misma modesta oficinita donde despachaba el FCE, en la calle de Madero. El plan era que permanecieran por dos años, en los que ofrecerían conferencias sobre su especialidad en instituciones y universidades del país.

En principio la lista fue de 12 académicos; una, mujer: la filósofa María Zambrano. Figuraban, entre otros, José Gaos —rector de la Universidad Central, hoy Complutense—, los músicólogos Adolfo Salazar y Jesús Bal y Gay; Isaac Costero, eminencia médica; y el paleógrafo Agustín Millares Carlo.

Las peticiones de refugio no tardaron en aumentar y las listas se engrosaron con los nombres de científicos, artistas y pensadores. También se hizo espacio a ingenieros, maestros de primaria —que inauguraron numerosas escuelas— y médicos. De tal modo que en 1939, cuatro buques destinados al refugio, fueron fletados a Veracruz. El primero de ellos, el Sinaia, llegó al Puerto el 13 de junio. Le siguieron el Mexique, el Flandre y el Ipanema, ese mismo año. La diáspora continuó hasta la década de los 40 y México recibió en total a unos 40 mil asilados, afirma Garciadiego.

Ante la derrota republicana, los invitados tuvieron, muchos de ellos, que quedarse aquí. Nutrieron la UNAM, el IPN, el sistema hospitalario. La Casa de España cambió su nombre a El Colegio de México, y Cosío Villegas logró, por fin, forjar en el FCE ese equipo editorial que Ortega y Gasset una vez le franqueó.

En la hospitalidad de la lengua compartida, aquellos que transformaban el panorama cultural de España se descubrieron no desterrados, diría José Gaos, sino transterrados. Y su revolución cultural hizo patria en México.