Posfascismo
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Posfascismo

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Posfascismo

En este entorno no están ya el antagonismo comunista, la guerra, la escasez; sino los estragos sociales del neoliberalismo, cuyos males pretende achacar a enemigos a modo.

Carlos Illades
05/02/2019
Los neofascismos son tentativas contemporáneas de recuperar los fundamentos originales del fascismo.
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Enzo Traverso (Gavi, Piamonte, 1957) publicó recientemente un libro esclarecedor sobre las derechas radicales contemporáneas. Las nuevas caras de la derecha (Siglo Veintiuno, 2018), resultado de la entrevista con el antropólogo Régis Meyran, distingue cuatro conceptos confundidos en el debate político actual: populismo, fascismo, neofascismo y posfascismo, reservando el último para caracterizar a las derechas extremas del siglo XXI.

Tanto el populismo como el fascismo corresponden a un régimen de historicidad caduco, el siglo XIX (populismo) y la primera mitad del siglo pasado (populismo y fascismo), por lo que el historiador italiano los considera conceptos anacrónicos para comprender las derechas actuales. El populismo es, según Traverso, un estilo político, la adjetivación de determinadas actitudes políticas (i.e. demagogia), que no se corresponde con una ideología o un régimen político específico en el siglo XXI. El uso contemporáneo del término, indica el autor, resulta problemático, porque el concepto de populismo mutó en un calificativo para descartar a los adversarios políticos que diluye la distinción entre izquierda y derecha dentro del campo político.

En América Latina, si bien con un cariz autoritario, el populismo histórico incorporó a las clases populares a la política y desarrolló políticas redistributivas del ingreso, esto es, fue inclusivo, a diferencia de los Estados oligárquicos precedentes (pensemos en el Porfiriato). Por su parte, el llamado populismo de derecha contemporáneo —la “enfermedad senil” de la democracia liberal, de acuerdo con Marco Ravelli—, es una suerte de “rebelión de los incluidos” que se sienten amenazados por la eventual inclusión (al mercado de trabajo y al cuerpo político) de los inmigrantes, ese otro que asumen enemigo.

El fascismo europeo se configuró como fuerza política en el periodo de entreguerras, en medio de la derrota militar (Alemania) una profunda crisis económica (Alemania e Italia) presentándose como una opción frente al comunismo, dentro del movimiento obrero, y con respecto del liberalismo, en la arena política. En ambos países, el fascismo fue estatista, imperialista, militarista y secular, si bien es cierto que configuró una especie de “religión política” con un sistema de valores y acervo simbólico propios.

El fascismo fue un fenómeno de masas con un consenso activo de éstas, trató de constituir comunidades nacionales o raciales, conformar una civilización nueva y revolucionar el orden existente. No obstante, fue un hecho capitalista, modo de organización de la vida económica con el que el fascismo no pretendió romper, aunque sí negar la democracia liberal: “en Italia —apunta Traverso— acomete contra el Estado liberal que acaba de instaurar el sufragio universal; en Alemania ataca a la República de Weimar, una de las formas de democracia más avanzadas de Europa; en Francia la atacada es la Tercera República, y en España el franquismo es una reacción contra la Segunda República”.

Los neofascismos son tentativas contemporáneas de recuperar los fundamentos originales del fascismo, como lo fue en sus orígenes el Frente Nacional francés (bajo el liderazgo de Jean-Marie Le Pen) o lo son los neonazis en Alemania, Grecia o Ucrania. Y los posfascismos, objeto de reflexión de Traverso, conservan esta matriz fascista (con la excepción de Trump), pero lo trascienden al incorporar elementos nuevos en el imaginario de las derechas extremas, además de corresponder a un régimen de historicidad diferente que el fascismo clásico: son formaciones políticas del siglo XXI.

En el entorno posfascista no están ya el antagonismo comunista, ni la guerra o la escasez, ni tampoco la disputa por dominar Europa —después de todo, Alemania obtuvo con la Unión Europea lo que no pudo mediante dos guerras mundiales—; antes bien, aquél tiene ante sí los estragos sociales del neoliberalismo, al que no busca derrotar, en todo caso pretende achacar los males presentes a enemigos a modo, pues contiene también una matriz “antifeminista, negrófoba, antisemita y homofóbica”. Con una ideología porosa y un discurso antipolítico, que puede tomar elementos de corrientes diversas, a veces contrapuestas, las recetas posfascistas son políticamente reaccionarias, socialmente regresivas y “postulan el restablecimiento de las soberanías nacionales, la adopción de formas de proteccionismo económico y la defensa de identidades nacionales amenazadas”.

La desindustrialización en los países desarrollados achicó a la clase obrera y dejó sin empleo a muchos trabajadores que provenían del modelo industrial fordista. Los sindicatos se debilitaron al perder una porción considerable de sus bases, en tanto que la deslocalización de las industrias manufactureras —en la periferia europea, el Tercer Mundo y el antiguo bloque socialista— minó su capacidad de resistencia: mientras los sindicatos son fundamentalmente nacionales, el capital financiero es global. Y el colapso socialista desapareció a buena parte de los partidos comunistas de la faz de la tierra. Esto, aunado a que la socialdemocracia adoptó los postulados económicos neoliberales, dejó sin referente político a la clase obrera, antiguamente vinculada con la izquierda: los obreros no son ya instintivamente rojos y, con el agotamiento de la cultura comunista, mudaron en cantidades importantes a las derechas extremas.

Marine Le Pen o Donald Trump ofrecen rescatar a los “blancos humildes”, asediados por los migrantes. Para “los franceses de fuste” y “los americanos” no es el capitalismo neoliberal la causa del desempleo o la precariedad laboral, sino la competencia de la mano de obra barata del Tercer Mundo. Sin embargo, no es un movimiento de masas ni una maquinaria partidaria quien está detrás de Trump, el magnate inmobiliario “atrae a un grupo de individuos atomizados, consumidores empobrecidos y aislados” ofreciéndoles la promesa vacía de “Make America Great Again”.

Para el historiador italiano, fuera de Europa el fascismo se concretó en América Latina; ofrece el caso chileno, aunque habla de los regímenes fascistas latinoamericanos en plural. Tesis discutible porque muchos de ellos, o bien todos, fueron dictaduras militares surgidas de golpes de Estado y no gobiernos emanados de democracias liberales como los fascismos clásicos; tampoco fueron imperiales o estatistas, más que nada conformaron la punta de lanza del proyecto neoliberal en el subcontinente. Las nuevas caras de la derecha, desafortunadamente, no alcanzó a incluir a Jair Messías Bolsonaro como un posible ejemplo latinoamericano del posfascismo, o a Vox, la nueva cara de la ultraderecha española liderada por Santiago Abascal Conde, quien rompió en 2013 con el Partido Popular. Vox defiende la unidad de la nación española y la centralización política, es abiertamente antinmigrante y rechaza el aborto.

El Partido Social Liberal brasileño, presidido por Bolsonaro, reúne la matriz fascista (o una variante militarista), las fobias (contra los negros, el feminismo y los homosexuales), la proscripción de los movimientos sociales (los Sin Tierra), el ataque frontal a los derechos sociales, la alianza con la Iglesia (como el franquismo, si bien con las iglesias evangélicas), el combate al enemigo comunista (a quien percibe incrustado en el aparato escolar y, por tanto, en la formación de las conciencias), la recuperación de la grandeza perdida desde que los gobiernos civiles remplazaron a los militares —“Brasil por encima de todo, Dios por encima de todos”—, además de la simpatía con Trump y la disposición de Bolsonaro a convertirse en su aliado estratégico en el Cono Sur —algo que no hará ninguna gracia a Mauricio Macri, “populista oligárquico de impronta neoliberal”, con las reservas del caso según el autor—. Todo esto sumado a un proyecto económico ultraliberal que quitará regulaciones al capital, privatizará la Amazonia y despojará a los pueblos originarios.

El boyante posfascismo contrasta con el paisaje desolado de la vieja izquierda marxista-leninista confinada en sectas poco operantes en el contexto actual. Y las nuevas izquierdas, que abandonaron la retórica política del siglo XX, si bien hicieron progresos en ganar adeptos e incorporar nuevos referentes discursivos, todavía son presa del “yugo mental instalado en 1989” y permanecen inhabilitadas, “al menos por el momento, de esbozar el perfil de una nueva utopía”. De hecho, el humus posfascista y del islamismo radical fue —dice Traverso— “las derrotas de las revoluciones en el siglo xx”. En este sentido, “el final del comunismo rompió un tabú y en lo sucesivo los movimientos posfascistas reivindican el estatus de defensores de las clases populares, incluida la clase obrera”.

Las coordenadas políticas de hoy en día muestran a la izquierda muy rezagada con respecto de la marea posfascista, por lo que ésta tiene mejores posibilidades de capitalizar la crisis de la política y los costos sociales del neoliberalismo, apuntalada en un discurso ecléctico, simplista, eficaz y movilizador acerca de los problemas contemporáneos, cuyo blanco predilecto son los desposeídos, los migrantes sin derechos y las minorías. De validarse históricamente esta tendencia, no nos quedará, finaliza Las nuevas caras de la derecha, “más que conjurar lo peor, defender las conquistas del pasado, preservar una democracia que día tras día se vacía un poco más de sustancia. Y, sin embargo, sabemos que la olla hierve y que la tapa va a saltar. Habrá grandes cambios: hay que prepararse para ellos”.

Carlos Illades es historiador. Profesor titular de la UAM Cuajimalpa. Autor de El futuro es nuestro. Historia de la izquierda en México (Océano, 2018) y de El marxismo en México. Una historia intelectual (Taurus, 2018).Las recetas posfascistas son políticamente reaccionarias.