Populismo para neófitos
ESCRIBE LA BÚSQUEDA Y PRESIONA ENTER

Populismo para neófitos

COMPARTIR

···

Populismo para neófitos

Palabra desgastada, incluso agredida, en la que todo cabe y que ya dice tan poco. Pero Illades le pone un buen marco presente, luego de un repaso de varias definiciones.

No es entonces causa, sino síntoma de una crisis en la gestión neoliberal de la economía y la política.

Carlos Illades
10/01/2019
Populismo
Al registrarte estás aceptando el aviso de privacidad y protección de datos. Puedes desuscribirte en cualquier momento.

En el léxico político contemporáneo resulta difícil encontrar una palabra menos manoseada que populismo. El vocablo reúne una cantidad tan diversa de experiencias políticas verificadas en un arco temporal de dos siglos, que, en lugar de definir un régimen de gobierno y una práctica específica de la política, se vació de contenido y, más aún, pasó a ser un término peyorativo. Como dice Ernesto Laclau (La razón populista), “el populismo no solo ha sido degradado, también ha sido denigrado”. Y añade Enzo Traverso (Las nuevas caras de la derecha): “el abuso del concepto de populismo es tan grande que, según creo, ya perdió buena parte de su valor interpretativo”.

Recientemente llegamos al absurdo que a los tres candidatos punteros a la presidencia de Francia —Macron, Le Pen y Mélenchon— se les calificó de populistas, todo porque escapaban al binomio gaullista-socialista que dominó la política gala de posguerra. Tendríamos que forzar demasiado la imaginación para encontrar parecidos sustantivos de Trump, Orbán, Le Pen y Bolsonaro, con Evo Morales, Lula, Pablo Iglesias o López Obrador.

La historiografía estadounidense denominó populistas a los gobiernos de amplia base social encabezados por caudillos carismáticos surgidos en las posindependencias latinoamericanas. Vicente Guerrero (México) y Manuel Isidoro Belzu (Bolivia) entraron en esa categoría. En la Rusia zarista los populistas (naródniks) eran quienes pretendían crear un socialismo agrario con fundamento en la comuna rural, apoyados en las doctrinas de Alexander Herzen y Nikolai Chernishevsky. Para eso tenían que “ir al pueblo”. A los regímenes del Tercer Mundo que incorporaron a las masas populares a la política, realizaron reformas sociales profundas y cimentaron Estados autoritarios que intervinieron en la economía, la sociología política los caracterizó de populistas, con Lázaro Cárdenas a la cabeza, en México; Getúlio Vargas, en Brasil; Juan Domingo Perón, en Argentina; y Mustafa Kemal Atatürk, en Turquía. Asimismo, algunas políticas del new deal rooseveltiano, y sin duda su retórica, fácilmente podrían tildarse de populistas en términos contemporáneos: “La nación miraba al gobierno, pero el gobierno miraba a otra parte […] Potentes grupos de presión […] habían empezado a ver al gobierno de Estados Unidos como un mero apéndice de sus propios intereses […] Pero nosotros sabemos que el gobierno del dinero organizado es exactamente tan peligroso como el gobierno del crimen organizado”.

De acuerdo con Marco D’Eramo (El populismo y la nueva oligarquía), a partir de la Guerra Fría el populismo adquirió una denotación negativa cuando se trazó un vínculo conceptual e históricamente arbitrario entre comunismo (estalinista) y fascismo —confrontados desde las entreguerras cuando el fascismo trató de conjurar la revolución social en Europa— que cultivaron la semilla totalitaria. De allí que autores como Enrique Krauze (El pueblo soy yo) ofrezcan definiciones tan holgadas sobre el populismo en las que caben distintas formas de Estado y regímenes políticos, bastando para acreditarse como tal “el uso demagógico que un líder carismático hace de la legitimidad democrática para prometer la vuelta de un orden tradicional o el acceso a una utopía posible y, logrado el triunfo, consolidar un poder personal al margen de las leyes, las instituciones y las libertades”. Visto así, todo populismo deviene en dictadura, por no decir en Terror: su ancestro son los jacobinos, y el teórico, Rousseau.

Sin embargo, desde perspectivas como la de Boaventura de Sousa (La difícil democracia) lo que se denomina populismo no tiene una relación unívoca con la democracia, pues “puede ser tanto una amenaza a la poca democracia, que tenemos, como la promesa de una democracia de mayor intensidad, que merecemos”. En este sentido, Nick Srnicek y Alex Williams (Inventar el futuro) señalan que “el verdadero asunto del déficit democrático es que las decisiones más importantes de la sociedad están fuera de las manos de las personas comunes”.

En el imaginario político neoliberal el populismo ocupa el lugar del fantasma comunista —dentro de la antinomia amigo/enemigo de Carl Schmitt— al que habrá de cerrársele el paso para evitar que acabe con “nuestras libertades”, justo cuando las oligarquías financieras, no sujetas a ningún control democrático, cercenan la libertad de las mayorías. Bien señala Wendy Brown (El pueblo sin atributos) que, “en lugar de la promesa liberal de asegurar al sujeto políticamente autónomo y soberano, el sujeto neoliberal no recibe garantía alguna de vida (por el contrario, en los mercados algunos deben morir para que otros vivan) y, por consiguiente, está tan atado a fines económicos que es potencialmente sacrificable a ellos”.

Dado que se considera populista cualquier opción política distinta del binomio centro-derecha/centro-izquierda, rebasar estos márgenes se considera espurio y retrógrado, la vuelta a un estatismo inaceptable. No obstante, a esta caracterización escapa el hecho fundamental según el cual lo que ahora se denomina populismo “es una respuesta —indica José Luis Villacañas (Populismo)— a las propias dimensiones problemáticas que la modernidad encierra y a la crisis social inevitable que genera bajo su forma presente de globalización neoliberal”. Por tanto, no hablamos de un retorno al paraíso perdido autoritario, antes bien, el populismo forma parte del nuevo espacio político. Huelga decir que el propio neoliberalismo se había presentado como la única alternativa histórica viable frente al colapso comunista además de la “panacea para lograr una sociedad sin fisuras —dice Laclau—, con la diferencia que, en este caso, las soluciones son aportadas por el mercado y no por el Estado”.

El llamado populismo no es entonces causa, sino síntoma de una crisis en la gestión neoliberal de la economía y la política. En cuanto a la primera, la polarización social, la creciente desigualdad, la violencia, la economía criminal, la desposesión de las comunidades, la corrupción, la degradación del ambiente, la precarización del trabajo y la marginación de grandes segmentos de la población (pobres, migrantes, indígenas) son el combustible de la protesta pública que se articula intermitentemente, pero con gran velocidad, fuerza y eficacia. Ejemplo de ello son los “chalecos amarillos” en Francia, movilizados gracias a la autocomunicación de masas de los movimientos contemporáneos como “plataforma tecnológica para la construcción de la autonomía del actor social” —Manuel Castells (Redes de indignación y esperanza)—. Con respecto de la segunda, la representación política funge cada vez más como expresión de los intereses privados (del gran capital) que del interés general, no digamos del ciudadano común. En palabras de Tony Judt (Algo va mal), “las instituciones de la república han sido degradadas, sobre todo por el dinero. Peor todavía, el lenguaje de la política se ha vaciado de sustancia y significado”. Esta atrofia de la representación política es también razón, aunque no la única, de la reactivación de la política plebeya expresada en las calles.

La conceptualización neoliberal del populismo prácticamente omite la acción intencional y concertada de los subalternos. Si en el siglo XIX liberales (y no digamos conservadores) tuvieron reparos hacia el sufragio universal —el cual ganaron las clases populares en la protesta callejera—, en el siglo XX tampoco se avinieron bien con la sociedad de masas. La perspectiva neoliberal desautoriza la política plebeya porque para aquélla el flujo de esta política corre de arriba hacia abajo y las masas son únicamente la materia sobre la que actúa el líder, quien activa a placer a agregados sociales dispuestos a cualquier aventura por enloquecida que sea, incapaces éstos de constituirse en sujetos autónomos. En esta lógica, la elección racional no se considera atributo de las clases populares, antes bien las gobiernan la emoción, la ira y el resentimiento. Este planteamiento no sólo es elitista, por ser suaves —“las masas no acumulan la inteligencia, sino la mediocridad” (Gustave Le Bon, Psicología de las masas)—, más que nada es erróneo como lo muestran la sociología histórica (Charles Tilly, Sidney Tarrow) y la historia social (George Rudé, Eric Hobsbawm, E.P. Thompson). Desdeña asimismo la interlocución entre el líder y los agregados sociales: aquél no es el autor de las demandas, es quien las integra y eventualmente las resuelve. Y aquéllas son el objetivo permanente a alcanzar mediante la movilización social.

La reacción intelectual frente al populismo encierra dos preocupaciones poco explícitas en el discurso acerca de las libertades, libertades que todos suscribimos y se obtuvieron a través de luchas civiles prolongadas, pues fueron demandas colectivas antes de convertirse en ley. Estas preocupaciones, incluso angustia existencial, son la amenaza a un statu quo que parecía definitivo después del colapso comunista y la globalización neoliberal, un orden en el que el capital no tiene límites para su reproducción, sean éstos los hombres o la naturaleza. La otra bestia negra es la configuración de un horizonte utópico que ofrezca opciones históricas distintas a la de un presente que aspira a perpetuarse hasta el infinito. Anticipándose a la revuelta juvenil de 1968, Herbert Marcuse (El hombre unidimensional) presentó de esta manera el problema: “La sociedad contemporánea parece ser capaz de contener el cambio social, un cambio cualitativo que estableciera instituciones esencialmente diferentes, una nueva dirección del proceso productivo, nuevas formas de existencia humana. Esta contención del cambio social es quizá el logro más singular de la sociedad industrial avanzada”. Pensar siquiera que el statu quo puede modificarse fue y continúa siendo el temor fundamental de las oligarquías.