La perfecta imperfección de Silvestre Revueltas
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La perfecta imperfección de Silvestre Revueltas

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La perfecta imperfección de Silvestre Revueltas

Este año se celebra el centenario natal del genio que, entre tormentas, encontró la belleza de los accidentes y la hizo música.

Rosario Reyes
03/01/2019
Silvestre Revueltas
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“Hasta la música más vulgar prende en el corazón una nota de recuerdo y de engaño. Hasta la música más complicada prende una nostalgia en el alma”. A falta de partituras, Silvestre Revueltas se curaba sus estancias en el siquiátrico con la escritura. El sanatorio del doctor Falcón, en la calle Minerva de la colonia Florida. Allí lo ingresaba su esposa, a petición de él mismo, cuando bebía demasiado.

Era entre los locos que Revueltas recuperaba la cordura.

“Iba a tratarse para poder seguir trabajando. Revueltas debía crear en sus cinco sentidos, porque cuando entraba en la oscuridad de sus crisis no creo que fuese capaz de componer con el cuidado y la exigencia que tenía con su música”, dice en entrevista el músico e investigador Julio Estrada, autor del libro Canto roto. Silvestre Revueltas (FCE, IIES, UNAM, 2012).

La genialidad y la tragedia marcaron la vida, demasiado corta, del compositor mexicano.

El 31 de diciembre de 1899, en el paso de un siglo a otro, nació en Santiago Papasquiaro, Durango, el mayor de los Revueltas. A los cinco años comenzó a tocar el violín, pues, como hicieron con todos sus hijos -12 en total-, sus padres, don José y doña Romana, le inculcaron el gusto por el arte.

Silvestre nació cuando su madre tenía 17 años. La joven soñaba con una familia de artistas, según relata Rosaura, la hermana menor, en su libro Los Revueltas (Grijalbo, 1982).

“Quién sabe cómo se lo habrá imaginado, porque ella no había oído más música que la que tocaba la banda del pueblo”, escribe.

Don José era comerciante y se trasladó con su familia a la Ciudad de México en 1911. Vivieron en la colonia Roma, en una casa en Querétaro número 22, hoy, un moderno edificio. Cuando Silvestre tenía 17 años y Fermín 14, su padre los envío al colegio jesuita de San Eduardo en Austin, Texas. Rosaura cuenta que sus maestros en ese colegio los ayudaron a mudarse a Chicago. “Para que ambos tuvieran la oportunidad de desarrollar sus aptitudes artísticas”.

En 1920, Silvestre regresó a México y, aunque hay registro de una primera obra escrita cuando él tenía 15 años y otras creaciones a partir de 1918, su hermana asegura en su libro familiar que él comenzó a componer formalmente en 1929.

Una muerte inesperada, pronta, interrumpió ese legado. Su vida terminó a los 40 años a causa de una bronconeumonía provocada, al parecer, por el descuido luego de una parranda en mangas de camisa.

La inexactitud, la imprecisión, las armonías que crean choques inesperados; el tema es complicado: ¿cómo se escribe en música la imperfección"
Julio EstradaInvestigador de la UNAM

La estética de lo impreciso

Precisamente, la música de pueblo era la que el compositor buscaba emular, comparte Julio Estrada. “La inexactitud, la imprecisión, las armonías que crean choques inesperados. El tema es complicado: ¿cómo se escribe en música la imperfección? Es algo que en pintura le interesó a Siqueiros, le llamaba ‘el accidente artístico’. A mi entender, la imperfección puede surgir producto del choque de dos culturas, como la cultura mestiza”, observa el estudioso.

De acuerdo con el investigador, Silvestre Revueltas quiso retratar a una sociedad popular. “Campesinos que son ajenos a los valores del mundo moderno, que se escinde al inicio del siglo XX del campo. Así lo viven también Béla Bartók e Igor Stravinsky, entre otros autores de ese parteaguas entre el siglo XIX y el XX”.

Aunque su obra fue creada en el periodo nacionalista del arte mexicano, Julio Estrada afirma que Revueltas no se adhirió a ese movimiento posrevolucionario.

“De haber vivido aquellos diez años que reclama antes de morir, pudo haber explorado más aún la música abstracta, una búsqueda que se tiende a ignorar porque se le quiere ver como un valor nacional mexicano, aunque en el fondo Revueltas no deja de identificarse con lo cubano, o con lo español, más que con la idea política de una música nacionalista. Revueltas es un creador independiente”, sostiene.

Sensemayá, la pieza más reconocida del compositor, tiene mucho de Dostoievski y de cubano, afirma Estrada. “Para entenderla, hay que adentrarse en el Revueltas doliente y obsesivo que se manifiesta a través del ostinato, la repetición incesante de ritmos y motivos melódicos. Nadie piensa que Revueltas mira hacia otro lado o hacia sí mismo en medio del nacionalismo, que él puede ser abstracto y no afiliarse a Manuel M. Ponce o a Carlos Chávez, y en contraste, tener mayor afinidad con la abstracción en Anton Webern, o la dolencia síquica en Mussorgsky”.

Silvestre Revueltas llevó a la música la plástica y el acceso a grandes públicos del muralismo de Fermín, la literatura de José y el histrionismo de Rosaura. “Representa un rico conjunto de vectores que ensambló sólo en parte porque su muerte ocurrió de pronto. No sabemos qué pudo haber sido Revueltas en esos 10 años más, pero juntas o separadas, todas sus facetas son auténticas, legítimas, hermosas, originales”, destaca. “No hay un solo Silvestre sino muchos Revueltas en él: Es el Revueltas de todos los Revueltas”.

Silvestre no padecía alcoholismo como primer diagnóstico. Lo más cercano sería la bipolaridad: pasaba de un estado de alegría a uno de profunda tristeza y para calmar esa caída, bebía.

“Era un escape -considera Estrada- digamos que el alcohol era una medicina inapropiada para su estado de ánimo. Una forma de huir de un ánimo decaído, e incluso derrotado porque tenía razones para sentirse así. Además de que su ética no le permitía abandonar a los desposeídos, sus amigos cercanos, como los cargadores de la Merced, en quienes se reconoce. Acaso la tuba en su música porta esa voz privada o por momentos grotesca, que parece salir de un barril de pulque”.