La fotografía vive una 'borrachera tecnológica': Pedro Valtierra
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La fotografía vive una 'borrachera tecnológica': Pedro Valtierra

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La fotografía vive una 'borrachera tecnológica': Pedro Valtierra

Valtierra lleva 47 años en el fotoperiodismo y considera que gracias a plataformas como Instagram se ha perdido la verdadera finalidad de la fotografía: que trascienda.

Eduardo Bautista
05/06/2019
Pedro Valtierra, fotoperiodista.
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Nunca antes el ser humano había concedido tanto poder a las imágenes. Instagram es la red social con mayor índice de crecimiento anual. Las stories reemplazan a los posts. Los emojis sustituyen a las palabras. Los clásicos de la literatura se vuelven novelas gráficas. Los periódicos privilegian el diseño sobre el texto y los videojuegos son cada vez más reales.

Para algunos este bombardeo visual puede ser imperceptible, pero para gente como Pedro Valtierra, quien lleva 47 años inmerso en el mundo del fotoperiodismo, es difícil que pase inadvertido.

Estamos borrachos de la tecnología que nos hace bebernos miles de imágenes por día, pero tarde o temprano llegará la resaca y sólo unas cuantas de ellas pasarán a eso que llamamos Historia con mayúsculas”, dice en entrevista con El Financiero el hombre al que no es exagerado llamar decano de la fotografía latinoamericana.

Por sus cámaras ha pasado gran parte de esa Historia de la que habla: la Revolución Sandinista de 1979, las guerrillas de El Salvador de 1980, el levantamiento armado saharaui contra Marruecos de 1982, la nacionalización de la banca de ese mismo año, el terremoto de 1985, el fraude electoral de 1988, el levantamiento zapatista y el asesinato de Luis Donaldo Colosio de 1994, así como la matanza de Acteal de 1997, entre muchos otros acontecimientos nacionales e internacionales.

Desde muy joven, aprendió que estar en el lugar y en el momento correcto es la máxima regla de la fotografía.

Y de la vida.

De niño, se las ingeniaba para vender periódicos en las calles de Fresnillo, Zacatecas; una tarea que requiere más astucia de la que se cree. Ya más grande, a los 17 años, convencido de que no quería ser un simple voceador, emigró a la Ciudad de México y se metió a Los Pinos a trabajar como bolero, hasta que un buen día le tocó dar grasa a los fotógrafos de la Presidencia, y otro día aún mejor, aprovechó que uno de ellos faltó al trabajo para sustituirlo. Al fin y al cabo ya había parado la oreja y aprendido algunas mañas de la lente que aplicaba en su vieja cámara Instamatic.

A Pedro Valtierra —quien el 12 de septiembre recibirá el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Autónoma de Zacatecas—, no le tocó crecer en un mundo de fotografías “de autor” ni de exposiciones individuales. No existían tales cosas como la narrativa gráfica o la estética visual. O al menos no se les llamaba así. La fotografía era, en realidad, un oficio. Uno bastante ordinario, dice, como para ser valorado entre los círculos artísticos, como sí sucede ahora.

“Vivimos en una etapa en la que hay mucha pretensión en el gremio. Algunos fotógrafos tienen tanto afán protagónico que a veces se pierde de vista la verdadera finalidad de la fotografía, que es que la imagen trascienda, que la gente la comparta y la haga suya. Que vaya más allá de la inmediatez, las redes sociales o las nuevas tecnologías”, observa el fundador de La Jornada y de Cuartoscuro.

“No podemos quedarnos a retratar para nuestros amigos”, advierte.

Valtierra no es uno de esos fatalistas que dan por muerta la fotografía ante la llegada de las nuevas tecnologías. Tampoco cree que Instagram sea la panacea ni la revolución fotográfica que muchos pregonan.

“Es una plataforma y debemos adaptarnos a ella, pero en esencia la forma de tomar fotos no ha cambiado: se sigue haciendo con el corazón y con la mente, y con un instinto que sólo se desarrolla a partir de la experiencia y de entender que no hay órdenes de trabajo malas, sino malos fotógrafos”, comparte.

Ese instinto, asegura, es necesario para saber dónde está la imagen que trascenderá los efímeros tiempos y espacios del periodismo: ¿En el despacho de un jefe de Estado? ¿En las manos callosas de una mujer indígena? ¿En el rostro enfebrecido de un futbolista que celebra un gol?

“Eso sólo depende del fotógrafo y de qué tan preparado esté. Porque aquí se entrena el ojo, pero también la mente. Mis maestros me recomendaban disparar menos y leer más, un consejo que también yo le doy a las nuevas generaciones”, comenta.

“Los fotógrafos debemos estar siempre a la altura de las circunstancias sociales, políticas y culturales que nos rodean para saber qué queremos retratar y no depender de ciertos temas para desarrollarnos. No sólo porque retratemos violencia somos fotógrafos más importantes”.