Kaija Saariaho: música metafísica desde Finlandia
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Kaija Saariaho: música metafísica desde Finlandia

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Kaija Saariaho: música metafísica desde Finlandia

Ícono musical del nuevo milenio, la compositora finlandesa tiene presencia en México con el estreno latinoamericano de 'El amor distante' en Bellas Artes.

María Eugenia Sevilla
03/04/2019
La compositora finlandesa tiene presencia en méxico con el estreno latinomericano de 'El amor distante'.
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Pensaba que la música que escuchaba provenía de su almohada. Y su madre, para dormirla por las noches, le decía: Kaija, apaga la almohada.

Con un padre que trabajaba en la industria metalúrgica y una mamá dedicada a la familia y sin mayor afición por el arte, la niña se refugiaba en la vieja radio de la casa. “Y también en la música que no venía de la radio”, recuerda en una entrevista publicada en julio de 2012 en The Guardian. “Estaba en mi mente”.

No le fue fácil traer a la realidad aquellos mundos interiores. Los instrumentos acústicos no eran suficientes para construir afuera lo que había imaginado: trasladar aquellas visiones a una sala de conciertos requería extender las posibilidades de lo que tenía a la mano y generar sonidos nuevos; algo que sólo la investigación electrónica y la informática le permitieron.

Kaija Saariaho (Helsinki, 1952) es hoy la compositora contemporánea de mayor proyección en lo que va del milenio. Su obra no es lo que se llamaría para grandes públicos. ¿Qué es lo que cautiva tanto, entonces, que llena auditorios tan especializados en la experimentación electroacústica como el del IRCAM en París, o tan amplios como el Lincoln Center de Nueva York?

Música arquitectónica

Saariaho ha creado una acústica propia, como era su deseo cuando ingresó al IRCAM (Institut de Recherche et Coordination Acoustique/Musique) en los años 80.

Y la palabra que elige para hablar de su trabajo, “acústica”, no es mera metáfora: la capacidad evocativa de su música configura arquitecturas sonoras que a menudo son descritas por los críticos, en su afán de llevar lo inenarrable al territorio de la palabra, con un rango de aproximaciones que van de lo iridiscente o translúcido a lo espectral y etéreo…

No sería arriesgado, entonces, añadir una abstracción más a estas descripciones: la de Kaija Saariaho es música metafísica. Habita el territorio de lo poético para plantear grandes preguntas.

Las atmósferas sonoras que logra revelan –como el poema– infinitos: de la noche sideral a la estructura de la luz, los hechizos de las ninfas o los misterios del amor y, por supuesto, del Ser.

Como “las ciudades invisibles” de Italo Calvino, Saariaho despliega construcciones monumentales, donde las voces femeninas trazan, sobreagudas, torres elevadísimas para hablar del alma, como en Château de L’ame, un ciclo de canciones basado en textos antiguos sobre las diversas formas del amor. En otras, el brillo de sus percusiones ilumina el espacio sonoro con destellos cristalinos (Six Japanese Gardens); sus cuerdas se deslizan hacia horizontes de heladas briznas o reverberan hasta difuminarse en celajes nubosos (Orion).

“Mi música es fruto de una incesante reflexión sobre el sonido”, explicó en 2007 durante una clase abierta que ofreció en el Conservatorio Superior de Música del Liceo, en ocasión del estreno de su respetada pieza Orion, en Barcelona.

“La armonía no es lo más importante en mi trabajo, como creen algunos. El uso del timbre sí lo es. Un compositor debe buscar una coherencia en todos los parámetros de la música y encontrar algo que defina su personalidad. La gente reconoce ese esfuerzo en mi música”.

El amor distante y la fama

Después de estudiar en el Instituto Sibelius de Helsinki y más tarde en Friburgo, en la búsqueda de su propio lenguaje llegó a París, en donde se adentró en la exploración electróacústica de la escuela de Pierre Boulez –y donde reside.

La joven compositora se impuso en esa década –escribe Pierre Michel en sus notas al disco Prisma, de 2001– como una de las personalidades más influyentes en la creación electroacústica.

En la entrada del nuevo siglo su nombre se propagó por el mundo, después de que el Festival de Salzburgo, en tiempos de Gérard Mortier, le encargara su primera ópera, estrenada en 2000: L’amour de loin. Título que trabajó con el escritor libanés Amin Maalouf.

En su reseña del estreno mundial, el crítico del New York Times, Anthony Tommasini, cuenta que la finlandesa nunca se había planteado componer una ópera hasta 1992, cuando vio un montaje de Peter Sellars de St. Francois d’Assise, de Messiaen, en Salzburgo.

“Sentía que le faltaba el don para dotar a la música de una narración, que suponía, la ópera demandaba” escribe Tommasini. “Pero la ópera contemplativa de Messiaen era diferente, un drama interior que traza el crecimiento de la gracia en el alma conflictuada del santo. Así que pensó para sí: si eso es ópera, entonces puedo escribir una”.

Tiempo después se decidió a llevar a escena la leyenda de Jaufré Rudel, un caballero de la región de Aquitania, del siglo XII, que escribió canciones de amor, entre ellas L’amour de loin, sobre uno imposible, quizá inspirado por la condesa Hodierna de Trípoli, en cuya búsqueda se habría lanzado a un largo viaje que mermó su salud, dejándole apenas aliento para tocar a las puertas de palacio y morir en los brazos de aquella mujer.

El estreno de la ópera fue descrito por el crítico Tommasini como “la presentación más importante del ambicioso festival este verano”.

El amor distante tuvo el pasado domingo su estreno en Latinoamérica en el Palacio de Bellas Artes, donde tendrá otras dos funciones mañana por la noche y el domingo.