Hobsbawm entre nosotros
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Hobsbawm entre nosotros

bulletSin perder la ponderación, la ironía, y su implacable realismo, el historiador expresó una gran simpatía por los procesos revolucionarios latinoamericanos.

bulletSobre éstos, advirtió: ningún experimeno político, desde la Revolución cubana, ha marcado una diferencia duradera.

Carlos Illades
23/01/2019
Actualización 23/01/2019 - 15:20
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El historiador británico Eric J. Hobsbawm.| Ilustración: Alejandro Gómez

Eric J. Hobsbawm nació el año de la Revolución rusa; una casualidad que se convirtió en destino. Su condición familiar y origen judío lo obligaron migrar en un mundo convulso (Alejandría, Viena, Berlín, Londres), pero también lo hicieron cosmopolita y poliglota. Sin temor a abordar los grandes procesos globales, Hobsbawm es uno de los escasos historiadores que recuperó con toda amplitud y sacó provecho de las dimensiones básicas de la disciplina: espacio y tiempo. No obstante, fuera de Europa, la única región que el historiador británico “tenía la impresión de conocer bien y donde se sentía como en casa, era América Latina”. ¡Viva la revolución! (Planeta, 2018), editado por su colega y amigo Leslie Bethell, documenta la relación de cuatro décadas de Hobsbawm con ese subcontinente complejo y enrevesado que, según decía éste, “para nuestros estándares —pero también para los estadounidenses, y aun rusos— es una región cuya historia, simplemente, no tiene sentido”. En consecuencia, “para que los países entre el Río Grande y el Cabo de Hornos tengan sentido no debemos observarlos bajo nuestra luz sino iluminados por la de ellos”, observarlos en cuanto “laboratorio del cambio histórico”.

“Tanto como para el biólogo Darwin, para mí, como historiador —apunta Hobsbawm—, la revelación de América Latina no fue de carácter regional sino de índole general”. Estudioso de los procesos sociales, el autor de Rebeldes primitivos estuvo tres meses en Cuba en el verano de 1960 y realizó una crónica puntual de la revolución en marcha. Especial atención le merecieron los movimientos agrarios en Perú y Colombia, la victoria electoral de la Unidad Popular Chilena, que hicieron abrigar al comunista británico la expectativa de una transformación profunda en la región.

En su vejez, la mirada del historiador estaba puesta en Brasil, país que, como amante y crítico del jazz, admiraba desde siempre por su música y futbol. Según recuerda su colega Bethell, Hobsbawm consideraba que la música popular del siglo XX produjo dos genios: Duke Ellington y Antônio Carlos (Tom) Jobim. Como buen marxista, esto no podía obedecer más que a una razón estructural: de la misma manera que el gigante sudamericano era el único país del subcontinente que había entrado acaso irreversiblemente a la moderna civilización industrial, también era el único colonizado por el jazz que, bajo la forma de la bossa nova, prometía no solo durar, sino desarrollarse por caminos propios.

En América Latina Hobsbawm redescubre un sujeto histórico en proceso de extinción en Europa occidental: el campesino. La caracterización de éste hace al historiador británico remontarse a los precedentes feudales y premodernos de este tipo particular de trabajador agrícola: “por ‘campesinos’ entiendo hombres de campo de una riqueza más que moderada (de acuerdo con los estándares sociales del tiempo y del lugar) que cultivan su tierra con su propio trabajo y el de sus familias, o que buscan tierra con este propósito, y para quienes esta actividad no es un mero negocio sino un modo de vida”.

El acceso a la tierra constituyó una demanda cardinal de las luchas campesinas, que en algunos países (México, Perú, Cuba, Chile) consiguieron la reforma agraria, no así en Colombia, donde se frustró la revolución social en el periodo conocido como la Violencia, al grado que “un modelo de democracia constitucional representativa bipartidista, en la práctica después de 1948 se convirtió en el campo de exterminio de Sudamérica”. La presión rural encontró una válvula de escape en la migración a las capitales latinoamericanas que, entre las décadas del 60 y 70, crecieron exponencialmente concentrándose a partir de entonces la mayor parte de la población en las zonas urbanas, incapaces económica y técnicamente para absorber el flujo migratorio.

Aunque la esfera institucional, el orden normativo y las ideologías latinoamericanas tomaron por modelo a Europa, Hobsbawm advierte que “las ideas e instituciones liberales que América Latina adoptó a principios del siglo XIX no tenían sentido en una sociedad feudal

y colonial; o más bien, eran meramente otra manera de enriquecer a los que ya eran ricos y de fortalecer a los que ya eran fuertes”. Antes bien, destaca el historiador comunista, la composición de la estructura social del subcontinente es sensiblemente distinta a la de las naciones desarrolladas: “socialmente hablando, los países de América Latina forman una pirámide de base amplia, que rápidamente se adelgaza hacia arriba, excepcionalmente pobre en la base, excepcionalmente rica en la punta, y no muy rica en el medio”. Ese rasgo estructural hacía difícil conformar sistemas sociales y políticos estables. Por eso no fueron infrecuentes en la historia latinoamericana los golpes militares, las revueltas rurales, los regímenes populistas y las guerrillas, estas últimas el principal instrumento de lucha revolucionaria (y contrarrevolucionaria) en el Tercer Mundo durante la posguerra.

Sin perder la ponderación, la ironía y su implacable realismo, Hobsbawm expresó una gran simpatía por los procesos revolucionarios latinoamericanos —“Como tantas cosas en este continente, todo recuerda el estado de ánimo de Rusia antes de 1917”—, procurando contextualizarlos históricamente —compara la guerrilla guevarista con la de Giuseppe Mazzini durante el Risorgimento italiano— y con lo que conocemos ahora como Sur global.

El retrato de Fidel Castro mezcla todos estos ingredientes de la mirada aguda del comunista nacido en Alejandría: “Probablemente ningún líder en el corto siglo XX, una era llena de figuras carismáticas que salían a los balcones y hablaban con micrófonos, idolatrados por las masas, tuvo menos oyentes escépticos u hostiles que este hombre grande, barbudo, impuntual, vestido con ropas arrugadas de soldado y que hablaba durante horas, compartiendo sus pensamientos poco sistemáticos con las multitudes atentas e incondicionales (incluyéndome a mí)”. Simpatía semejante despertó en Hobsbawm el gobierno de Salvador Allende, enfrentado a un reto histórico: “Hasta ahora ninguna economía socialista empezó a existir sino por transferencias de poder violentas y no constitucionales”.

De acuerdo con el historiador británico, la caracterización de las guerrillas realizada por los propios actores o la intelectualidad de izquierda, que pretendía reproducir en América Latina el modelo cubano, adolecía de 12 errores habituales, cada uno de los cuales refutó sucintamente con base en la evidencia disponible para todo el subcontinente, procedimiento que consideraba más fructífero que los ejercicios contrafácticos de la historiografía anglosajona: 1) que el campesinado en América Latina es pasivo; 2) que el movimiento guerrillero cubano fue excepcional; 3) que éste es un modelo general para la revolución latinoamericana en general o la guerra de guerrillas en particular; 4) que en la década de 1960 se produjo un estallido de guerrillas en América Latina; 5) que la falla relativa de las guerrillas indica una falta de potencial revolucionario en América Latina; 6) que el fracaso de las tentativas guerrilleras indica la impracticabilidad de tales operaciones en la América Latina contemporánea; 7) que la autodefensa armada es incompatible con la guerrilla; 8) que la contrainsurgencia y la intervención norteamericana son insuperables para la guerrilla latinoamericana; 9) que la revolución en el subcontinente depende esencialmente de las guerrillas rurales; 10) que las guerrillas urbanas pueden remplazar a las guerrillas rurales o a la insurrección urbana; 11) que existe una receta única para la revolución latinoamericana; 12) que los movimientos urbanos pueden actuar sin organizaciones políticas.

Hobsbawm, quien se formó políticamente en los frentes populares creados por la Tercera Internacional para detener al nazismo, destacó, de un lado, “que la reforma gradual en el marco de la democracia liberal no es la alternativa única, ni siquiera la más plausible, a las revoluciones sociales y políticas, incluidas las que fracasan o son abortadas”; pero admitió, del otro, el carácter marginal de la izquierda marxista en la mayoría de los países de América Latina: “sus fuerzas y apoyo de masas ha sido relativamente insignificante, y raramente, incluso en situaciones revolucionarias, ha podido establecer la iniciativa, y mucho menos la hegemonía, como un movimiento organizado”. Esto la obligó a formar alianzas para tener posibilidad de ganar, de manera tal que “la izquierda latinoamericana ha debido elegir entre una pureza sectaria ineficiente y sacar el mejor partido posible de una serie de malos compañeros: populistas civiles o militares, burguesías nacionales, o lo que fuere”. No obstante, el balance hacia 2002 era deficitario, pues, “ninguno de los experimentos políticos que he visto, de cerca o de lejos —indica Hobsbawm—, desde la Revolución cubana, ha marcado una diferencia duradera”. De todos modos, el historiador marxista, quien consideraba todavía indispensable la revolución social en el subcontinente, convocó a sus amigos para festejar con él “en el jardín de su casa en Nassington Road, al norte de Londres, la elección de Lula como presidente, en su cuarto intento”. Cuando se agotó el champagne, el viejo comunista miró a Bethell y le dijo: “ahora supongo que esperaremos que nos decepcionen una vez más”.

Carlos Illades es historiador. Profesor titular de la UAM-Cuajimalpa. Autor de El futuro es nuestro. Historia de la izquierda en México (Océano, 2018) y de El marxismo en México. Una historia intelectual (Taurus, 2018).