Hierbas al tiempo
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Hierbas al tiempo

bulletEn su bellísimo ensayo sobre Walt Whitman, Stevenson sostiene que el poeta es un teórico de la sociedad: "Notó que faltaba algo y luego se sentó a llenar la falta."

Mauricio Mejía
01/03/2019
Actualización 01/03/2019 - 15:29
Con Walt Whitman la duda, insospechada, la genera él.
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El mayordomo de la Piedra Lunar -del extraordinario Wilkie Collins- tiene un fino sentido del humor y una inteligencia aguda. Sostiene tajante que cualquiera que tenga una duda personal debería abrir al azar el Robinson Crusoe y la intriga será aclarada. Defoe visto como un Delfos a la mano. Desde luego que siempre será mejor no preguntar…

Con Walt Whitman sucede algo parecido, pero sutilmente distinto: la duda, insospechada, la genera él. La suspicacia viene después. Dice en una de sus Dedicatorias:

Si no das conmigo al principio, no te desanimes. Si no me encuentras en un lugar, busca en otro, en algún sitio te estaré esperando.

¿Quién es ese que se vuelve “conmigo”? ¿En dónde está “él”? ¿Qué es “en otro”? ¿En qué coordenadas, en qué esquina supuesta “estará esperando”?

Hay algo operístico en esos versos. Whitman era un fanático de ese arte. Hay algo más perturbador: hay oratoria. El poeta, o profeta, como lo llama Robert Louis Stevenson, soñó, antes que ser hacedor de versos, con la oratoria. Un buen orador no proclama; seduce, conmueve, inquieta. Esa voz que siempre estará esperando. Pero no en el adverbio de distancia; en el del tiempo, siempre hay una hierba en el tiempo: mañana, posmañana, al final del siglo, del ciclo temporal que llaman existencia. Otra pregunta atormentada, dulcemente tormentosa: ¿Cómo damos con él, cuándo es el principio?

La niña lee a John Green, normal, tiene 12 años, tal vez 13. ¿Principio, el otro? Mira en el estante del festival del Libro y de la Rosa en la UNAM un ejemplar de Galaxia Gutemberg de Hojas de Hierba. Pide al padre que lo compre, hay algo de urgencia en la débil, hoja al viento, exigencia. Con el tomo en las manos, busca las pistas que Green fue dejando en el encuentro, y desencuentro, de los personajes de su celebrada novela Bajo la misma estrella. La niña da, eureka, con Whitman. En algún punto, en algún sitio, se estaban esperando. No hay otro lugar, es ese: el tiempo: 23 de abril, San Jordi, la rosa. Un pétalo guardado en el tino del ánimo señala los versos de arriba. Lo dramático: la niña lee en voz alta, como debe ser, los versos de Whitman: ora al orador, al bíblico orador de hierbas.

Stevenson, en su bellísimo ensayo sobre el poeta, sostiene que Whitman era un teórico de la sociedad. “Notó que faltaba algo y luego se sentó directamente a llenar la falta. El lector (la niña y otro cualquiera), al repasar su obra, se dará cuenta de que le gusta casi tanto poner su teoría poética como componer poemas”. El inglés, casi como el mayordomo de Collins, se da cuenta de que toda la obra del estadounidense ha sido pensada de antemano. Crusoe es una isla a la que llegan todas las botellas; los mensajes, todos, miran al tiempo, al eterno porvenir. Whitman llenó los textos, todos los textos, de todos los mensajes: si no me encuentras en un lugar busca en otro. El orador espera, pues, en todos los lugares, allí radica la inmensa compañía de Walt. No es suficiente, aún, para entenderla.

Stevenson sabe que está de frente ante un árbol, caen las hojas, los seres humanos vistos desde el comienzo de los tiempos; la hierba vehemente, perene. La vida. Esta corta estancia. Entonces recurre al filósofo más humano, Nietzsche corregiría: demasiado humano. “La idea de la función poética de Whitman es ambiciosa y coincide en lo básico con lo que Schopenhauer ha descrito como el ámbito del metafísico. El poeta debe reunir para los hombres, y ordenar, los materiales de su existencia. Él es Aquel que da respuestas; debe hallar un modo de hablar de la vida que satisfaga, aunque sea momentáneamente, la sempiterna estupefacción del hombre frente a su posición. Y además de tener lista una respuesta, es el que ha de provocar la pregunta…”.

La niña, metafísicamente, ha sido encontrada por Whitman: hay un momento, una circunstancia y una acción. Aristotélicamente: hay drama. Teatro. El maravilloso encuentro, no con el otro, no en otro lugar, desaparece la espera. La niña llegó, no lo sabe, puntualmente a la cita con el profeta que nació hace 200 años. También se produce un bellísimo acontecimiento: desaparece la búsqueda. Stevenson también se maravilla, también encuentra:

“No hay suficientes palabras en todo Shakespeare para expresar la más pequeña fracción de experiencia de un hombre en una hora. La rapidez de la vista y el oído y el continuo trajín de la mente producen en diez minutos lo que un elaborado volumen no llegaría más que a reflejar mediante comparaciones y aproximaciones tangenciales… las palabras sirven para comunicar, no para juzgar”.

Si no das conmigo al principio, no te desanimes. Si no me encuentras en un lugar, busca en otro, en algún sitio te estaré esperando.
Walt Whitman

Hay un viaje en el tiempo. Un fascinante libro de viajes.

John Green nace en 1977. Se lo juzga, pobremente, como autor de éxitos juveniles. También él prefigura, con sana certeza, que Whitman busca, en otro lugar, a una niña, a una rosa y a un libro. De fondo el puente del elogio. El canto a sí mismo. El triunfo de la existencia. Stevenson cita otro verso de Whitman (como Joan Manuel Serrat en Campesina): “El poeta es individual, está completo de sí mismo: los otros valen tanto como él; sólo que él lo ve, y ellos no”.

Todavía no es suficiente para valorar a Whitman. No. Hay que ir más lejos en el tiempo. Stevenson, el Virgilio, lleva el viaje hasta otro mensajero, hasta otro orador: “La atrevida e imponente poesía de la queja de Job produce demasiados imitadores baratos, ya que siempre hay algo consolador en la grandeza”. Eureka. Dios, esa forma del tiempo: “Cada persona es, para sí misma, la piedra angular y la ocasión de esa construcción universal. Nada, ni siquiera Dios, es más grande para uno que uno mismo”, afirma Whitman.

Y en algún sitio está esperando que una hierba sea, al fin, hoja del tiempo. Una niña, una rosa o el pétalo de entre las páginas (hojas) de una dedicatoria al elogio de sí mismos: entre la penumbra y la niebla del desánimo. Stevenson: “Whitman como gran perro lanudo, recién soltado, rastreando las playas del mundo y aullando a la luna”.

No en vano Borges llamó a la luna el espejo del tiempo. La metafísica: todo sucedió bajo la misma estrella.