‘Going Home Star’, una reflexión sobre las migraciones a través de la danza
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‘Going Home Star’, una reflexión sobre las migraciones a través de la danza

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‘Going Home Star’, una reflexión sobre las migraciones a través de la danza

Royal Winnipeg Ballet ha creado un espectáculo que reflexiona sobre las migraciones y los derechos de los indígenas, temas poco comunes en una disciplina artística tan eurocéntrica como es el ballet.

Eduardo Bautista
21/08/2019
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El cuerpo, por naturaleza, tiende al movimiento, incluso al realizar un acto tan sencillo como respirar. Quizás por eso la danza, la máxima expresión estética del cuerpo, sea el lenguaje más adecuado para contar la historia de la civilización que, como el cuerpo, tiende a moverse, a migrar.

Bajo esa premisa, el Royal Winnipeg Ballet ha creado Going Home Star, un espectáculo que reflexiona sobre las migraciones y los derechos de los indígenas, temas poco comunes en una disciplina artística tan eurocéntrica como es el ballet, asegura en entrevista con El Financiero el coreógrafo y exbailarín mexicano Jaime Vargas, quien es coordinador de alcance comunitario de esta compañía de danza canadiense fundada en 1939.

“La obra habla sobre uno de los episodios más desconocidos y oscuros de Canadá: las escuelas residenciales que durante muchos años forzaron a los nativos indígenas a canadianizarlos mediante adoctrinamientos agresivos en los que les arrebataron su cultura, su lenguaje y sus creencias, cuando fueron ellos los primeros que llegaron al continente”, dice quien también fue primer bailarín de la Compañía Nacional de Danza en los años 90.

En un contexto en el que los inmigrantes mexicanos son víctima de los discursos y las políticas xenófobas del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, Vargas está consciente de la pertinencia histórica de este montaje, que se presentará el próximo 15 de octubre en el Auditorio Nacional, como parte de las actividades de la edición 47 del Festival Internacional Cervantino, que esta vez tiene como eje temático las migraciones.

“¿Hacia dónde vamos ahora? Esa es la pregunta que debemos hacernos todos. Y creo que la respuesta la podemos encontrar en la reconciliación. Esta obra nos enseña el poder de la reconciliación. Y el ejemplo lo tenemos en que el gobierno de Canadá pidió una disculpa histórica a las comunidades indígenas que afectó. Pero la obra también nos enseña algo no menos importante: que todos somos parte de lo mismo y que todos tenemos algo que compartir más allá de la política y las fronteras”, asegura el artista.

Si el baile es un acto de libertad, dice Vargas, entonces no hay mejor manera de contar la historia de los reprimidos que a través de la danza. Por eso puso especial atención en la gran herida histórica de Canadá, un país que, aunque en años recientes ha recibido migraciones de todas partes del mundo, durante 400 años se encargó de “educar” a los indígenas por considerarlos salvajes, aunque en realidad sólo se trataba de pueblos que tenían costumbres diferentes a las de Occidente.

Algunas de las comunidades aniquiladas —física y culturalmente— fueron los innu, los mícmac, los abenaki, los cree, los inuits o los ojibwa. Para hacer esta producción, el Royal Winnipeg Ballet escuchó las historias de cientos de ellos, algunas tan dramáticas, dice Vargas, que fue todo un reto trasladarlas a un espectáculo que sólo usa el cuerpo para comunicar.

Las historias recopiladas son las historias de los migrantes o los oprimidos de siempre. Historias que son el pan de cada día de los diarios: familias separadas, violencia, aislamiento, pobreza…

El 8 de marzo pasado, el primer ministro canadiense, Justin Trudeau, pidió una disculpa pública e histórica por los daños cometidos contra los nativos americanos. Daños que, dijo, se prolongaron durante cuatro siglos y se manifestaron de muchas maneras, no sólo mediante las escuelas residenciales.

“Estoy aquí para ofrecer una disculpa oficial por la gestión del gobierno federal de la tuberculosis en el Ártico entre la década de los años 40 y la década de los 60”, declaró Trudeau en la localidad de Iqaluit, capital de la región canadiense de Nunavut, el territorio de los inuit. “Lamentamos haberlos apartado de sus familias, y pedimos perdón por no haberles mostrado el respeto y el cuidado que se merecían. Lamentamos su dolor. A aquellos cuyos seres queridos fueron confinados, lo sentimos. Lamentamos romper lo que es más valioso: el amor por su hogar”, agregó Trudeau ante los líderes inuit.

A mediados del siglo XX, más de 5 mil inuits —la mitad de la población total del Ártico oriental canadiense— fueron confinados de manera violenta a miles de kilómetros de sus hogares por padecer tuberculosis. Muchos de ellos fueron encerrados en sanatorios y no tuvieron la oportunidad de despedirse de sus seres queridos. Incluso murieron sin que sus familias fueran informadas al respecto.

En 2008, el entonces primer ministro Stephen Harper hizo lo mismo al pedir disculpas por los malos tratos en las residencias religiosas que quisieron adoctrinar a al menos 100 mil niños nativos, quienes fueron separados de sus familias a la fuerza. Algunos institutos incluso tenían como lema: “Matar al indio en el niño”. El último de ellos cerró en 1996.

“Es posible enterrar nuestra pesadilla racial si trabajamos juntos. El recuerdo de estas residencias hiere nuestras almas. Este día nos ayudará a dejar ese dolor que causó este episodio atroz de nuestra historia”, dijo en aquella ocasión el indígena Phil Fontaine, director de la Assembly of First Nations, la organización que reúne a todos los pueblos indígenas de Canadá.

“Cuando el arte evita la confrontación política y se centra en las historias humanas, sensibiliza al público ante fenómenos tan complejos como la represión cultural o la migración” afirma. “Para este montaje los sacerdotes nos dieron su bendición y siempre se mantuvieron muy cercanos a la producción para que sus historias se contaran fielmente y con la mayor sensibilidad posible”.