FCE: El reto de volverse popular sin perder la vocación editorial
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FCE: El reto de volverse popular sin perder la vocación editorial

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FCE: El reto de volverse popular sin perder la vocación editorial

Ante las transformaciones que contempla la administración entrante del FCE, expertos consultados reiteran la importancia de mantener vigente su vocación editorial.

María Eugenia Sevilla
28/11/2018
Paco Ignacio Taibo II
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El Fondo de Cultura Económica (FCE), como ha funcionado hasta ahora, tiene las horas contadas.

La renuncia de su titular, José Carreño Carlón, entrará en vigor pasado mañana para ceder el paso al escritor Paco Ignacio Taibo II. Con ello, el Fondo dejará de ser lo que era, la gran editorial del Estado, para convertirse en un organismo que centralice las instituciones gubernamentales del libro.

Y no solamente: el escritor ha adelantado de manera pública su intención de hacer del FCE un proyecto popular que ofrezca “contenido popularísimo”, que responda a lo que ha llamado el gusto de los lectores. Bajo este criterio, impulsará los títulos literarios –la ciencia ficción, la fantasía, la novela de aventuras, el periodismo narrativo–, mientras que las publicaciones para círculos minoritarios se editarán en menor escala o sólo saldrán en formato electrónico.

La anunciada transformación del Fondo ha hecho, en palabras de Paco Ignacio Taibo II, “saltar a los sapos”. En realidad ha generado incertidumbre y preocupación en parte de la comunidad cultural de México, y no son pocos ni menores quienes han manifestado su temor de que, bajo la nueva administración, la vocación esencial de la institución esté en riesgo. La misma que dio razón de ser a la casa desde su origen en 1934, cuando Daniel Cosío Villegas instauró el sello con la finalidad de traer al español, publicados en México, textos necesarios para los estudiantes de Economía, a precios accesibles.

Lo que salta como sapo no son sólo críticos; lo que salta, puesto que aún no se da a conocer el proyecto del FCE a detalle, son preguntas. ¿Podrá este organismo descentralizado adoptar un perfil popular sin perder su vocación?

En entrevista, el ex gerente del FCE y editor de Grano de Sal, Tomás Granados, considera que ante todo hay que mantener, de forma transversal a las modificaciones, la constante histórica: “El FCE ha tenido muchas orientaciones, pero en todo momento ha dominado la idea de publicar libros para una comunidad académica de diferentes niveles. Publica libros que se leen no sólo entre académicos o para gente en formación, sino de divulgación también, pero su vocación fundamental es académica”.

“Está diseñado como una editorial de alto nivel que ha proporcionado insumos para la academia”.
José WoldenbergExconsejero de la junta directiva del FCE.

A lo largo de ocho décadas, el abanico de la editorial se extendió a otras áreas del conocimiento: primero, la Historia –en 1939, año en que la institución incorporó a algunas de las mentes más brillantes del exilio español–, luego la colección de Filosofía –que bajo la asesoría de José Gaos expidió como primer título la monumental Paideia, de Jaeger–, seguida de la de Antropología; más tarde entró la Literatura, con la colección Tierra Firme.

El catálogo, que hoy incluye desde temas de divulgación de la ciencia hasta libros infantiles, ha registrado unas 10 mil obras en 100 colecciones y, aunque con aciertos y desaciertos, expertos consultados por El Financiero coinciden en que lo que ha distinguido a la oferta del Fondo en todo este tiempo ha sido precisamente la misión de traer y mantener vigentes los textos fundamentales.

José Woldenberg, Fernando Escalante y Juliana González, los tres ex consejeros individuales de la Junta Directiva del FCE –integrada por miembros de instituciones de altos estudios como la UNAM, el IPN, el CIDE y el Colmex–, también señalaron recientemente su preocupación por que se defienda el proyecto del Fondo, al que describieron como pieza insustituible del sistema de educación superior del país.

“Ese ha sido el criterio básico: producir los libros que hacen falta, los que son importantes, necesarios, con independencia de cualquier otra consideración, y eso impuso un modo de seleccionar los títulos que ha hecho del Fondo un sello de referencia, indispensable”, dicen en la misiva con que el pasado 14 de noviembre se despidieron del organismo, durante el último informe de Carreño Carlón –ocasión en que éste también dio a conocer su dimisión tras cinco años y 10 meses de gestión–.

El sapo: ¿Cuáles son esos libros que no deben faltar? Woldenberg responde: “El FCE está diseñado como una editorial de alto nivel que ha proporcionado insumos para la academia, para la discusión ilustrada y para que los circuitos enterados tengan referencias bibliográficas. Por ochenta y tantos años ha tenido uno de los catálogos más importantes de América Latina y esta forma de trabajo deber ser preservada; no es fácil construir un prestigio como el del Fondo”.

Se trata de un trabajo editorial que históricamente ha tendido puentes en Hispanoamérica, a través de la circulación de sus títulos y de las ocho filiales que tiene en España, Centro y Sudamérica, además de Estados Unidos.

“Daré un ejemplo anecdótico de esta importancia: en la FIL dedicada a Madrid (2017), la alcaldesa de esa ciudad contó que su nexo con México era viejo y entrañable, y que se debía que cuando estudió en España durante el franquismo, su comunicación con México fue a través del Fondo (donde publicaban los autores del exilio); allí encontró los textos necesarios para tener una visión diferente”, añade el ex consejero.

Este tipo de ediciones, desde luego, no son las más solicitadas popularmente. Pero son imprescindibles, advierten los entrevistados. “Las aportaciones científicas y filosóficas son para un público limitado y tienen un efecto tardío en la sociedad, por eso creo que la labor de publicación de los grandes libros por parte del Fondo es insustituible y debe permanecer y desarrollarse”, considera el poeta Eduardo Lizalde.

Otro de los sapos que brincó con el proyecto adelantado por Taibo es que el FCE aglutinará las funciones que hasta ahora desempeñó la Dirección General de Publicaciones, el Programa Nacional de Fomento a la Lectura –que aún no existe– y unirá a sus 30 librerías en México las 84 de la red de Educal –hoy en números rojos–. Instituciones que, si bien tienen todas que ver con el libro, tienen –señala Woldenberg–, naturalezas distintas.

Durante la mesa de diálogo organizada por el gobierno de transición en torno al libro y la lectura, el pasado 22 de noviembre, Taibo se mofó de sus críticos, a quienes describió como “luchadores de lucha libre a lo pendejo” por tomar postura ante la fusión que propone, antes de conocer los detalles del proyecto. Entre esos luchadores cabría entonces Gabriel Zaid, quien en la versión online de Letras Libres publicó la advertencia, el pasado 20 de noviembre, de que las fusiones editoriales tienden a desdibujar el carácter de un sello. “El patrimonio invisible de una buena editorial es su fisonomía. Un catálogo editorial de perfil distintivo atrae más que un catálogo amorfo”.

Conciliar la amplitud de funciones que supone la fusión propuesta y el viraje al fortalecimiento de textos literarios dirigidos a públicos más amplios, con la atención a los lectores que abrevan de las publicaciones académicas, es el reto que tiene enfrente Paco Ignacio Taibo II, opina Tomás Granados.

En todo caso –añade– la importancia de democratizar la lectura va en ambos sentidos: acercar públicos y alimentar a los lectores especializados.

“La democratización no es incompatible con la calidad académica –sostiene el editor–, académico no quiere decir elitista, no es opuesto a una vocación democrática, por el contrario: lo que hay que democratizar es la difusión del conocimiento. Lo que hay que preservar es esa vocación de poner el conocimiento al alcance de la gente”.