El 'peligro Airbnb' o cómo el turismo puede acabar con la identidad de una ciudad
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El 'peligro Airbnb' o cómo el turismo puede acabar con la identidad de una ciudad

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El 'peligro Airbnb' o cómo el turismo puede acabar con la identidad de una ciudad

bulletUna ciudad turística e icónica corre el peligro de olvidarse de sus tejidos ciudadanos y vecinales, dice el escritor Jorge Carrión, a propósito de su libro 'Barcelona. Libro de los pasajes'.

Eduardo Bautista
07/05/2019
Actualización 06/05/2019 - 20:38
Carrión explora una Barcelona que, en apariencia, ha sido enterrada por los procesos de gentrificación y el turismo internacional.
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En Berlín, Londres o Ciudad de México, los paisajes se repiten: expendios de cerveza artesanal, restaurantes pet-friendly, locales de comida vegana, centros comerciales y terrazas y Starbucks frecuentados por jóvenes con los mismos iPhones, las mismas lap tops, las mismas ropas, las mismas bicicletas y hasta las mismas conversaciones.

Nada de esto es casualidad. Desde hace años existe una tendencia global que busca la uniformidad de las grandes urbes bajo la misma estética. Gentrificación, le han llamado los urbanistas.

Contra esa tendencia a ver las ciudades como si fuesen marcas registradas de una misma empresa constructora, el escritor y periodista español Jorge Carrión ha publicado Barcelona. Libro de los pasajes (Galaxia Gutenberg), un libro de relatos en el que recupera la identidad de esa ciudad catalana a través de los aproximadamente 400 pasajes que la recorren sigilosamente desde hace décadas.

Barcelona. Libro de los pasajes (Galaxia Gutenberg), de Jorge Carrión.
Barcelona. Libro de los pasajes (Galaxia Gutenberg), de Jorge Carrión.Especial

Es así como, de la mano de los apuntes de Walter Benjamin e Italo Calvino —quienes también conocieron la urbe y escribieron sobre ella— el autor explora una Barcelona que, en apariencia, ha sido enterrada por los procesos de gentrificación y el turismo internacional, pero que sigue ahí, latente, dispuesta a revelar historias y a dialogar con otras ciudades del mundo, igual que dialogan en este libro el periodismo, la crónica y el ensayo. No ser barcelonés le ayudó a formarse una perspectiva crítica de la ciudad porque, dice, “en la crónica urbana siempre ha predominado el relato sentimental del cronista”.

-¿A qué conflictos estéticos se enfrentan las grandes ciudades?

Las ciudades de las últimas décadas han sufrido —o gozado, según se quiera ver— de un conflicto nuevo entre lo propio y lo global. El conflicto de antes era entre lo propio y lo ajeno: cuidar lo de uno de lo que traían los viajeros, los migrantes. Pero lo que vemos ahora es una imparable conquista de tendencias globales, como la cerveza artesanal, los centros comerciales, las mismas marcas, toda esa estética hipster que de pronto nos hace olvidarnos de que existe toda una estructura urbana de calles, pasajes, barrios y vecindarios: lugares que merecen respeto e investigación.

-La Barcelona que usted describe es una ciudad muy distinta a la que venden las agencias de viajes…

Yo diría que, gracias a sus límites físicos de montañas y ríos, Barcelona se ha mantenido en una escala humana inigualable. Barcelona puede caminarse: ese es su principal valor. En una época en la que las grandes ciudades tienden a multiplicarse hasta el infinito, vivir en una donde puedas conocer sus fronteras y recorrerla a pie de un extremo a otro en dos horas es un lujo. Barcelona es una ciudad muy poco turística. El turismo está concentrado en muy pocos ámbitos, pues aún existe toda una red de antiguos núcleos muy rurales que recuerdan que el origen de la ciudad es una red de pueblos conectados por calles.

-Instituciones como World’s Best Cities y la Fundación Bloomberg Philantropies han reconocido a Barcelona como un ejemplo de urbanidad eficaz y sustentable…

En general, España es un país muy rico porque tiene ciudades con patrimonios increíbles. Particularmente me interesan Madrid, Palma de Mallorca, San Sebastián y Granada. Pero el modelo de Barcelona se ha asumido inconscientemente como modelo de éxito en todo el país y en otras partes del mundo. Ahora mismo Málaga y Valencia están basando su expansión justamente en fórmulas barcelonesas. Eso tiene desventajas e inconvenientes: se diseñan ciudades sexys, sí, pero se repiten los mismos errores que cometió Barcelona.

-¿Cómo cuáles?

Pensar que el éxito de una ciudad está afuera nada más, en el turismo y en la inversión extranjera, cuando en realidad está en conocerse uno mismo y reconocer su valor patrimonial, tradicional, de vecindad. Una ciudad turística e icónica a nivel internacional corre el peligro de olvidarse de sus tejidos ciudadanos y vecinales. Y eso es peligroso en términos culturales. El peligro Airbnb…

-¿De cierta forma usted buscó hurgar en la historia para devolverle a Barcelona una identidad o relato olvidado? ¿Cómo se podría realizar algo similar en una ciudad tan caótica como la de México?

Sí, de hecho yo diría también que el éxito de la película Roma consistió en eso. Fue un fenómeno muy interesante en términos artísticos, sociológicos y filosóficos. Roma es uno de los muchos pueblos que configuran la Ciudad de México, un núcleo más o menos transitable en el monstruo inabarcable que es la capital mexicana. La Roma, de cierto modo, es un remanso entre la tensión de la ciudad contemporánea, una tensión que aquí (en la CDMX) es aterradora por la magnitud de la metrópoli. Por eso es admirable que Juan Villoro se atreviera a dibujarla en El vértigo horizontal (2018), porque la Ciudad de México es una ciudad imposible de narrar.