Culturas

El éxito no es como lo pintan: la historia de Herman Melville, padre de Moby Dick

A 200 años de su nacimiento, Herman Melville recibe un reconocimiento del que no disfrutó en vida; esta es la historia de un fracaso que sí trascendió.

Pasó los últimos 20 años de su vida enclaustrado en una mohosa oficina de los muelles de Nueva York, abstraído en la depresión y olvidado por sus lectores. Apenas seis líneas dedicó The New York Times al obituario de Herman Melville (1819-1891): "En la semana en curso ha fallecido a edad avanzada un hombre tan poco conocido, incluso de nombre, de la generación que actualmente está en la flor de la vida".

Sus últimos días —contados por Andrew Delbanco en Melville (2007)— confirman la teoría de que la literatura no pocas veces es un camino de descalabros. No deja de ser paradójico que la condena al olvido en vida de uno de los padres de la literatura norteamericana tenga su origen en la novela por la que hoy es universalmente reconocido: Moby Dick.

"He escrito un libro maligno, y me siento inmaculado como el cordero", le dijo a su amigo Nathaniel Hawthorne en una carta fechada el 17 de noviembre de 1851.

Por aquellos días, Melville se sentía enfermo, como si algo demoníaco se hubiera apoderado de él. Sufría dolores en la espalda, padecía reumatismo y ciática. Fue atacado por la depresión y el insomnio lo convirtió en un hombre irritable. Severo inconveniente para quien es padre de cuatro hijos y responsable de las deudas del hogar.

Recurrió a Hawthorne para pedirle trabajo. Sabía que su amigo era cercano al círculo del entonces presidente de Estados Unidos, Franklin Pierce, pero ni así salió de la crisis.

Ya antes había trabajado en el Departamento del Tesoro en un puesto de bajo rango, pero no tenía ánimos de volver al fastidio que le significaba la burocracia.

Y es que, para cuando escribió Moby Dick, ya era un escritor medianamente exitoso por sus historias en altamar. Pero ya estaba harto y decidió no complacer más a su editor ni a sus lectores.

Él quiso publicar una obra que explorara en los terrenos de la metafísica para convertirse en una suerte de "libro total" donde convivieran la novela, el poema y el ensayo,explica en entrevista el escritor y académico de la UNAM en letras inglesas, Hernán Lara Zavala. "Es una reflexión moral y religiosa que marca el inicio de la gran literatura norteamericana".

Haberse salido de los rieles le salió caro. En el siglo XIX, escribir un libro en el que no se distinguieran los bordes entre el bien y el mal era un paso arriesgado. Al menos para el mercado en el que se vendían —y de qué manera— sus andanzas marítimas.

"Moby Dick es una blasfemia porque Melville enfrenta a un ser humano que adquiere dimensiones cósmicas a una criatura de Dios, y es en esa oposición que el hombre queda establecido como medida de todas las cosas", dice en entrevista el investigador del Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios de El Colegio de México, Juan Carlos Calvillo.

"Es importante entender que Moby Dick no sólo es el relato de la persecución de una ballena en el Pequod, sino el mito fundacional de una nación (Estados Unidos) que cree en el individuo y no en el destino. De cierto modo, representa la esperanza de éxito y progreso del héroe estadounidense".

Nunca se sabrá si Melville planeó con bisturí los simbolismos de su novela, pero sí se sabe que, durante su proceso de escritura, experimentó ansiedad por trabajar en algo que iba en contra de sus responsabilidades como padre de familia.

Se quedaba sentado ante su escritorio todo el día, sin comer nada hasta las cinco de la tarde; se aislaba en un vacío profundo y luego, al anochecer, cabalgaba hasta el pueblo, donde partía leña como ejercicio, según consta en una carta escrita por su esposa Elizabeth Shaw y recopilada por Eduardo Chamorro en Bartleby, el escribiente (Akal, 2007).

Al final, Moby Dick fue un fracaso comercial. Su contrato con Harpers establecía que debía recibir 25 centavos de dólar por cada libro a partir de los primeros 1,190 ejemplares vendidos, pero apenas se vendieron 1,500.

"El resto se quemó en un incendio en el depósito del editor en diciembre de 1853. La novela se reimprimió en 1876, pero al poco tiempo pasó a la categoría de libros agotados. El resto de su obra fracasó en su totalidad. Su editor, George W. Curtis, lo predijo: "Melville ha perdido su prestigio".

Fue entonces cuando le llegaron los impulsos suicidas.

"Me comunicó que estaba decidido a aniquilarse", reveló su amigo Hawthorne en una de sus últimas entrevistas.

Para 1866, Melville estaba totalmente quebrado. Sus contactos en el gobierno le consiguieron un empleo en las aduanas de Manhattan, muy cerca de ese olor a muelle y a pescado que tanto conocía.

Trabaja seis días a la semana por un sueldo raquítico. Su función era revisar que las mercancías bajadas de los barcos coincidieran con lo registros de la aduana. Nunca aceptó ningún soborno e incluso donó algo de su sueldo al Partido Republicano, según Delbanco. Tenía una década que ninguna editorial publicaba un libro suyo.

Un año después, comenzó el infierno. Se separó de su esposa luego de que su hijo mayor, Malcolm, se suicidara en su propia casa. Cinco años después, falleció su hermano Allan. Diez después, su hija Lucy. Y uno después, su hijo Stanwix apareció muerto en las más sospechosas condiciones en un hotel de San Francisco. Melville ya era un anciano de 67 años. Murió a los 72, sumergido en el más perturbador de los silencios.

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