El dogma visto por Jorge Cuesta
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El dogma visto por Jorge Cuesta

bulletAhora que suenan los tambores de la llamada, equivocadamente, Cuarta Transformación de México, vale la pena volver a Cuesta y su repudio a la tradición de lo 'nacional'.

Mauricio Mejía
30/11/2018
Jorge Cuesta
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Alas pide el alma; raíces exige la tierra. ¿Quién de los dos vencerá?

Jaime Torres Bodet

Al paso de las generaciones, Jorge Cuesta se vuelve cada vez más moderno, cada vez más contemporáneo. El 14 de abril de 1932 escribe en El Universal Ilustrado un texto de una casi imposible vigencia: ¿Existe una crisis en nuestra literatura de vanguardia?.

Universal, como pocos, voz cantante de una generación del mundo, tan mexicana como francesa, tan inglesa como estadounidense, Cuesta arremete contra el dogma (ya aldeano, entonces) de la cultura “nacional”. Sostiene que la actitud de su generación –la palabra no es baladí– es la pobreza. Y la prefiere antes que robarle a otra pasada o futura.

“Le roba a una generación pasada quien la continúa ciegamente. Le roba a una generación futura quien la crea un programa para que lo siga. Los revolucionarios roban a la revolución. Los nacionalistas, a la nación le roban. Los modernistas roban a la época. Los exotistas (los mexicanos entre ellos) son ladrones de lo pintoresco...”.

Ahora que suenan los tambores de la llamada, equivocadamente, Cuarta Transformación de México, vale la pena volver a Cuesta y su repudio a la tradición de lo “nacional”. Octavio Paz, en Las peras del olmo, defendió a los Contemporáneos porque con ellos, dice, nuestra poesía penetró “al mundo de los sueños”. El mismo Paz, en su bello ensayo sobre la poesía de Carlos Pellicer (cuya obra debe ser cuidada de no ser manoseada descaradamente por el presidente López Obrador, su paisano) sostiene que “si la poesía mexicana es medio tono crepuscular, nadie menos mexicano que él”.

Tristemente, los rumores del proyecto cultural del nuevo gobierno –del que se tienen más sospechas que certezas– traen los trinos de un nacionalismo que parecía superado desde hace varias generaciones de “mexicanos”.

Subraya Cuesta:

“Es la única tradición universal que puede valer para quien la recibe, sin que se le quite a éste y sin que se le dé más de lo que naturalmente tiene. Qué fortuna que se hiciera una tradición mexicana como ya lo es francesa, por ejemplo”.

Pero –advierte– hay quienes lo están impidiendo. Hay quienes tratan de sustituirla por no sé qué infeliz esclavitud a no sé qué realidad mexicana, qué realidad revolucionaria o qué realidad moderna.

Ya en 1954, en Poesía mexicana moderna, Paz defiende, por su parte, la universalidad de Taller, esa revista que hizo de la poesía un “ejercicio espiritual”. Fueron Novalis, Blake y Rimbaud los grandes intereses y los grandes espejos de esa agrupación de poetas. Dice Paz: “Estas notas muestran influencias y afinidades con los místicos, con los surrealistas y con ciertos escritores como D. H. Lawrence y algunos románticos alemanes e ingleses. Pero nos interesaba el lenguaje del surrealismo, ni sus teorías sobre la escritura automática; nos seducía su afirmación intransigente de ciertos valores que considerábamos –y considero– preciosos entre todos: la imaginación, el amor y la libertad”.

El nacionalismo expresado por el nuevo presidente en su campaña y en el periodo de transición ha puesto nerviosos a los mercados internacionales y, de manera soterrada, a la comunidad cultural ya acostumbrada al mundo, a la riqueza del intercambio con la aldea global desde hace varias generaciones. Hoy México ocupa un lugar trascendental en la industria de la cultural del planeta, que ha crecido como ninguna otra desde el origen del proyecto global de la economía.

Otra vez el contundente Cuesta: La realidad mexicana de este grupo de escritores jóvenes ha sido su desamparo y no se quejan de ella ni han pretendido falsificarla. Paz gritará, por su cuenta: Cambiar al hombre exigía cambiar a la sociedad. Y a la inversa: “Para nosotros, la actividad poética y la revolucionaria se confundían y eran lo mismo”. Acepta Paz que la poesía del español Cernuda contribuyó a iluminarlo por dentro y le ayudó a decir lo que quería. Y quería decir mucho.

Los integrantes de la nueva Secretaría de Cultura deben estar atentos a las palabras centrales del texto de Cuesta: “Es maravilloso ver cómo Pellicer decepciona nuestro paisaje, cómo Ortiz de Montellano decepciona a nuestro folkore; cómo Salvador Novo decepciona a nuestras costumbres; como Xavier Villaurrutia decepciona a nuestra literatura; cómo Jaime Torres Bodet decepciona a su admirable y peligrosa avidez de todo lo que le rodea; cómo José Gorostiza se decepciona a sí mismo, cómo Gilberto Owen decepciona a su mejor amigo”.

“Revolucionarismo, mexicanismo, exotismo, nacionalismo, son puras formas de la misantropía”

Se anuncia, pues, en el tufo de la vuelta a “lo nacional” un miedo al otro. El alegato de los 30 millones de votos como sustancia para las consultas públicas, a las que no escaparan los grandes proyectos culturales del nuevo gobierno, se empobrece desde el lenguaje, desde las palabras desgastadas hace 40 años por el priismo del agua de jamaica y la guayabera.

Revira Cuesta, el modernísimo Cuesta: “Revolucionarismo, mexicanismo, exotismo, nacionalismo, son puras formas de la misantropía”.

El empeño por lo universal dio varias semanas vueltas en la cabeza de Cuesta. El 22 de mayo de aquel año, también en El Universal Ilustrado, se mira las caras con esa palabra peligrosa que pone en aprietos a la tranquilidad de los que se autoproclaman transformadores de la historia: tradición.

“Es la tradición –puntualiza– quien vela, y quien prescinde de los que usurpan su conciencia. Para durar, para ser, se vale de quienes menos la previene, de quienes menos la falsifica. ¿Cuándo se oyó a un Shakespeare, a un Stendhal, a un Baudelaire, a un Dostoievski, a un Conrad, pedir que la tradición fuera cuidada y lamentarse por la despreocupación de los hombres que no acuden angustiosamente a preservarla? La tradición no se preserva, sino vive. Ellos fueron los más despreocupados, los más herejes, los más ajenos a esa servidumbre de fanáticos”.

Subraya: la tradición no es una concurrencia de fieles a su templo. “La tradición es una seducción, no un mérito; un fervor, no una esclavitud. Por eso no necesita, para durar, ser tradición, de las amargas tareas que se imponen los insensibles a su seducción, a su valor”.

Paz se lamentó, a propósito del desgarramiento de Contemporáneos y Taller: “es triste reconocer que no es para mañana el reinado del hombre”. El peligro del canto unísono de los defensores de la tradición sin desgarramientos también preocupó a Cuesta y encontró el valor último del creador en un ambiente abrasador: “Muchos hombres pequeños nunca sumarán un gran hombre, vale el artista, precisamente, por su destreza y no por el servicio que podrá prestar a quienes son menos diestros que él”.