Democracia en alerta amarilla
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Democracia en alerta amarilla

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Democracia en alerta amarilla

bulletLas recientes revueltas en Francia, cuna de los valores democráticos modernos, da cuenta del estado de salud de los regímenes liberales, que presentan síntomas de una crisis de confianza.

Eduardo Bautista
28/12/2018
Francia es un pueblo con una larga tradición de la protesta callejera y la cuna de la democracia moderna.
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Desde que el movimiento Occupy Wall Street visibilizó en 2011 la inquietante cifra de que la mayor parte de la riqueza está en manos del 1 por ciento de la población mundial, la credibilidad de las democracias occidentales se fue en picada.

“No nos representan”, gritaron en Nueva York y en Londres, casi simultáneamente.

Siete años después, otra revuelta confirma la crisis de la democracia: la de los chalecos amarillos, esos ciudadanos franceses de la periferia a los que no les alcanza para pagar la renta de un departamento en París ni para llenar los tanques de gasolina de sus camionetas. Trabajadores del campo o de las fábricas que viven en el primer mundo pero —paradójicamente— no lo conocen.

Expertos consultados por El Financiero aseguran que el fenómeno de los chalecos amarillos —que se contabilizan en miles, y que han protagonizado múltiples disturbios y bloqueos organizados en distintas ciudades de ese país— puede ser un buen termómetro para medir lo que sucede en las llamadas “democracias liberales”.

No sólo porque Francia es un pueblo con una larga tradición de la protesta callejera, sino porque es la cuna de la democracia moderna. El país donde nacieron —a raíz de la Revolución Francesa— los valores de cualquier sociedad que se autodenomine republicana y demócrata: Libertad, Igualdad y Fraternidad.

“La protesta callejera forma parte de la cultura política francesa desde hace al menos 200 años. Los chalecos amarillos nos recuerdan que las protestas no son ajenas a la democracia formal: al contrario, son una parte complementaria de ella. Una manera de ejercer la política desde el espacio público. Igual que en 2011, en 2018 las revueltas urbanas subrayan la insatisfacción de los ciudadanos ante las democracias liberales”, explica el historiador Carlos Illades.

Según un estudio elaborado a principios de este año por el Pew Research Center, poco más de la mitad de la población mundial aún cree en la democracia representativa como la mejor alternativa de gobierno.

Sin embargo, los síntomas de una crisis de confianza en este sistema son cada vez mayores.

En Estados Unidos, el 54 por ciento de los ciudadanos no está de acuerdo con la administración de Donald Trump, según una encuesta de Gallup. En Francia, el índice de popularidad de Emmanuel Macron cayó a 26 por ciento en noviembre pasado, su peor nivel desde que asumió el cargo, de acuerdo con la consultora BVA.

El Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral concluye en su último reporte: “la apatía de los votantes y la falta de confianza en las instituciones políticas tradicionales —en especial en los partidos y dirigentes políticos— han llevado a los ciudadanos a buscar vías alternativas de diálogo y participación política a través del uso de nuevas tecnologías”.

Advierte, además, que el peso político del gran capital y su capacidad para capturar al Estado facilitan la corrupción y socavan la integridad de los sistemas políticos. En ese sentido —indica— los países que atraviesan una transición democrática o que están afectados por un conflicto son especialmente vulnerables en su intento de crear sociedades democráticas estables. En México, por ejemplo, sólo el 6 por ciento de la población aprobó el gobierno de Enrique Peña Nieto en 2018.

Pero la crisis de las democracias también tiene que ver con el zeitgeist de los tiempos actuales: el individualismo. Y es que en esta realidad “libertaria, tecnológica y líquida” —explica Gilles Lipovetsky en De la ligereza— lo que peligra es el sentido de la colectividad.

“Rousseau imaginaba la ciudadanía como la categoría que daba sentido a la vida humana: ‘ser’ era participar en la vida pública. La ciudadanía que han cultivado las democracias contemporáneas es de ínfima intensidad. El hombre es consumidor de tiempo completo y ciudadano ocasional. El individuo contemporáneo se ha retirado del espacio público pero ya no puede, siquiera, ser amo de su propia intimidad. Utilizando palabras de Ortega y Gasset, la igualdad ha vuelto a ser el tema de nuestro tiempo. Y no se trata de un problema exclusivamente moral, sino también político y económico. La democracia y el mismo crecimiento económico son amenazados por la creciente desigualdad”, dice en entrevista el analista político Jesús Silva Herzog-Márquez.

Illades sostiene que, en la medida en la que no haya opciones políticas en el espectro tradicional, el pueblo buscará alternativas externas, aunque muchas veces sean extremistas. Eso, dice, explica el triunfo de Bolsonaro en Brasil o de Trump en EU.

“Macron quiso salirse del binomio tradicional partidista que hay en Francia. Se vendió como una figura de centro y se desmarcó del Partido Socialista. Pero con el paso del tiempo se mostró como un político autoritario con ciertos sesgos de derecha, que continúa con las políticas neoliberales que no benefician a las clases populares”, observa el historiador. “Fenómenos como los chalecos amarillos demuestran que la democracia representativa ya no representa al pueblo, sino a los intereses del gran capital. La democracia necesita encontrar urgentemente otras formas de participación”.