¿De dónde viene el rencor social?
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¿De dónde viene el rencor social?

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¿De dónde viene el rencor social?

bulletEl desgaste de los valores que provoca la polarización social se manifiesta en una creciente falta de sensibilidad ante la violencia y la ausencia de empatía en la tragedia.

Eduardo Bautista
24/01/2019
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“Me vale lo que opinen pero la neta qué bueno que se quemaron mientras robaban”. “Dejen de culpar a AMLO, esto es obra de ustedes, por querer chingar a Morena. Dos ratas menos. Se hizo justicia por el niño que murió por culpa de los Moreno Valle”...

Comentarios como los que se reproducen en estas páginas fueron vertidos en Twitter en los últimos 30 días. Hay muchos más. Escritos desde el anonimato y la inmediatez del mundo digital, pero no carentes de significado.

Según expertos consultados por El Financiero, detrás de estas opiniones se esconde un rencor social que, aunque existe desde hace décadas, se ha vuelto más visible en esta Cuarta Transformación, que se nutre de una retórica que divide al país entre “chairos” y “fifís”, entre “pueblo bueno y sabio” y “mafia del poder”.

Sin importar su nivel de ingresos, los mexicanos conviven inmersos en una polarización social que se manifiesta en una descomposición de los valores: la falta de empatía ante los problemas del otro, la reproducción irracional de estereotipos de una determinada clase social o la falta de sensibilidad ante la violencia y la tragedia, asegura el filósofo Óscar de la Borbolla.

“Ya no vemos matices: o todo es claro o todo es oscuro. Acabamos de salir de una campaña política y mediática que acabó polarizando aún más a la gente. Las personas están convencidas de su verdad y de su partido, navegando en un círculo de odio y rencor cuyo rasgo principal es la ruptura del diálogo”, observa el académico de la UNAM,.

Para el historiador y experto en temas de segregación social, Federico Navarrete, la polarización social no es culpa de la clase política: es un problema que ha sido generado por la constante desigualdad social, económica y cultural que afecta al país desde hace muchos años.

Y es que en México la brecha entre ricos y pobres es tan grande que los 10 mexicanos más acaudalados —como Carlos Slim, Germán Larrea y Alberto Bailleres— poseen la misma riqueza (108 mil millones de dólares) que el 50 por ciento más pobre del país, según el último estudio elaborado por Oxfam.

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El presidente Andres Manuel López Obrador y Paco Ignacio Taibo II.

Navarrete, autor de Alfabeto del racismo mexicano (2017), afirma que esta histórica inequidad de ingresos se ha traducido en un rencor de las clases menos privilegiadas hacia las más adineradas: “Tenemos un nivel de pobreza salarial —señala— equivalente al de Honduras o Guatemala, cuando por nuestro desarrollo económico deberíamos parecernos más a Chile o Argentina. La polarización social ya existía desde hace mucho tiempo y su principal manifestación es la violencia”.

De la Borbolla considera que el origen del rencor de clase se encuentra en el hecho de que antes los desposeídos no podían ver la riqueza del mundo exterior, por lo tanto, sus expectativas no eran tan altas. Hoy, en cambio, con las nuevas tecnologías, se enteran del enorme abanico de placer que les ofrece el mundo, el mismo en el que viven rodeados de pobreza y falta de oportunidades. “No es casual que el robo con violencia haya crecido en los últimos 30 años”.

El antropólogo y catedrático de la UNAM Emanuel Rodríguez sostiene que México atraviesa hoy por una “polarización ideológica” en la que las estigmatizaciones han llegado a tal punto que el pueblo ha comenzado a diferenciarse —al menos retóricamente— entre chairos y fifís, cuando en realidad sólo se trata de dos conceptos vacíos que únicamente favorecen la reproducción de prejuicios sobre las personas que viven en una determinada condición socioeconómica.

Las reacciones surgidas en redes sociales a raíz de la reciente explosión de una toma clandestina de Pemex en Tlahuelilpan, Hidalgo, demostraron que el rencor es un problema que impide a los mexicanos sensibilizarse ante la tragedia.

“Una parte de la población cree que las víctimas de Tlahuelilpan merecieron morir porque las consideran incultas, irracionales y con cierto grado de criminalidad sólo porque provienen de una comunidad pobre: nuevamente, prejuicios desarrollados desde una visión errónea y clasista”, sostiene Rodríguez.

De la Borbolla coincide en que el rencor social es una semilla que se nutre de la desigualdad, pero también de la retórica que utiliza la clase política, misma que después se reproduce en redes sociales, en conversaciones de trabajo o en fiestas familiares: los microcosmos en los que se conforma el imaginario colectivo.

Hace un par de semanas, se volvió viral el video de una niña de 13 años que declama en una telesecundaria de Oaxaca el poema Todo Peña, un fracaso, escrito por su padre, en el cual se habla sobre los problemas que heredaron “el PRIAN” y “la mafia del poder” a la Cuarta Transformación. El texto concluye con la frase “Juntos Haremos Historia”, que también fue utilizada para dar nombre a la coalición que llevó al poder a Andrés Manuel López Obrador.

“Las estigmatizaciones sociales se aprenden en los entornos familiares. Los procesos de exclusión funcionan cuando el individuo identifica qué no quiere ser y luego integra grupos o colectividades que lo diferencien de esas personas con las que tampoco pretende convivir. Es así como en las bromas cotidianas y en las redes se reproducen estereotipos que luego polarizan la opinión pública. Porque el rencor social no es unidireccional — puede ser de pobres hacia ricos o de ricos hacia pobres —, y debemos estar atentos a esto, pues una de las consecuencias de una sociedad polarizada es el regreso de regímenes autoritarios o totalitarios. Y entonces ahí sí se va acabar el diálogo”, concluye Rodríguez.