¿Cómo mirar el arte? Julian Barnes lo explica
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¿Cómo mirar el arte? Julian Barnes lo explica

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¿Cómo mirar el arte? Julian Barnes lo explica

bulletHa llegado la hora de que Julian Barnes se las vea con el arte, sus efectos y sus afectos; un suculento platillo para el fin de semana.

bulletAnagrama edita estos ensayos, tan esperados por los lectores del británico.

Mauricio Mejía
08/03/2019
Anagrama lanzó la colección de ensayos del escritor británico.
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Julian Barnes siempre es un acontecimiento. Vuelve a confirmarlo.

Anagrama saca al mercado una obra esperada desde hace años en la biblioteca de uno de los más sobresalientes escritores británicos de las últimas décadas. El fin de semana es un buen pretexto para devorar las obras de este divertido, ácido y muy lúcido narrador, cuya pluma incluye ya clásicos de la literatura universal. Los conocedores de Barnes ya gritan, al botepronto, El loro de Flaubert, Inglaterra, Inglaterra y la maravillosa Una historia del mundo en diez capítulos y medio.

Ahora, después de publicar una obra maestra sobre música (El ruido del tiempo), el inglés invita a pasar con él este fin de semana, seguramente caluroso, con sus interpretaciones sobre el arte. Fabuloso banquete de 320 páginas.

Cuenta el autor que de niño, hijo de maestros de escuela, sus padres nunca intentaron cultivarlo en la idea del arte. Tampoco, ironiza, a ninguna otra edad. Tenía la casa Barnes un piano, regalo del abuelo materno, que jamás se tocó en su infancia. Su madre, tenaz y obcecada, no pudo con una partitura de Scriabin y dejó el teclado con un contundente ya no más. Y, en efecto, nunca más.

¿Cuántos cuadros debería haber en un futuro admirador del arte? ¿Diez? ¿Quince? ¿Más? En el caso de Barnes, tres. Sólo tres. Uno de ellos comprado por sus padres en una subasta en las afueras de Londres. ¿Quién era, entonces, ese adolescente que cambiaría las reglas de la narrativa británica en la segunda mitad del siglo? ¿Infancia es destino? Fiel a su estilo, el autor, deja la pompa y el glamur. No era especialmente especial. Nada entonces indicaba que los pocos óleos determinaran su personalidad hacia la pintura, que llegaría de golpe y a solas en 1964, cuando los Beatles ya eran un fenómeno de la ola británica.

“A los doce o trece años yo era un pequeño y saludable filisteo del tipo que se nos da tan bien producir a los británicos, aficionado al deporte y a los cómics. Era incapaz de entonar una canción, no aprendí a tocar ningún instrumento, nunca estudié arte en el colegio y jamás participé en ninguna obra de teatro más allá de interpretar a uno de los tres Reyes Magos (no tenía que decir ni una sola palabra) cuando tenía siete años”. Nada indicaba, pues, que en aquel muchacho germinaría una intensa vida de letras y un ojo revelador que se conmovería con el Bosco o Brueghel.

El mismo Barnes pone un punto en la i. Un amigo suyo, periodista destinado en París como corresponsal de una revista, empezó a llevar a sus hijos, apenas fueron capaces de fijar la mirada en algo, al Louvre, y guió sus retinas infantiles hacia las obras maestras de la pintura universal. Otra vez: ¿infancia es destino? Barnes se puso a pensar si esos niños se convertirían en directores del MoMa o en adultos carentes de toda sensibilidad visual, con una enorme aversión a las galerías de arte. Buen punto.

El arte llega al doblar la esquina de un día cualquiera, es un gato que salta del tejado a los ojos. A Barnes el gato lo tomó por sorpresa en el verano de 1964, antes de entrar a la universidad. “Aunque al Louvre debí haber ido más por obligación, aquel museo enorme, oscuro y anticuado me impresionó de sobre manera, quizá porque no iba nadie conmigo y no estaba sometido a la presión de simular una respuesta ante una determinada obra”. Entonces llegó Moreau. “Yo no había visto ninguna obra suya y no sabía nada de él (menos aún que era el único pintor contemporáneo de Flaubert, a quien éste admiraba incondicionalmente)”. El encuentro del ojo con la obra sucede a casi cualquiera que se deje seducir por las musas. Relata Barnes que toda aquella obra le desconcertó: exótica, enjoyada, de un oscuro brillo, con una mezcla extraña de simbolismo accesible e inaccesible a la vez, del poco podía sacar en claro. Entonces, el destino: “Quizá fuese ese misterio lo que me atrajo; quizá admiré más a Moreau porque nadie me dijo que lo hiciese”. El gato saltó al ojo; a los ojos.

El escritor no tiene duda de que fue allí donde se recuerda observando por primera vez unos cuadros detenidamente, en lugar de permanecer ante ellos con una actitud pasiva y sumisa. El arte es, antes que otra cosa, un amor a primera vista. Luego llegaron otras atracciones en la vida de Barnes: Tintoretto, El Bosco, Arcimboldo y el cubismo. Acepta que si hubiera conocido a Apollinaire más allá de su obra poética (moderna, por lo tanto, admirable) habría estado de acuerdo con sus alabanzas al cubismo, al que consideraba una reacción “necesaria” y “noble” contra la frivolidad contemporánea.

Tómese la tarea  de pasarla bien  con arte y letras sello: Anagrama Año: 2019 precio:  435 pesos
Tómese la tarea de pasarla bien con arte y letras sello: Anagrama Año: 2019 precio: 435 pesosSello: Anagrama. Año: 2019 precio: 435 pesos

Pero, entonces, nació una duda que marcaría, como a cualquiera, el resto de la existencia de Barnes y por eso este libro, que es, de verdad, un acontecimiento. ¿Qué tan real es lo real, qué tan fantástico es lo real? “No comprendía (todavía no me daba cuenta) que en todas las expresiones artísticas suelen darse dos cosas al mismo tiempo: el deseo de hacer algo nuevo y una conversación ininterrumpida con el pasado. Todos los grandes innovadores se fijan en innovadores anteriores, en aquellos que les permitieron avanzar e intentar algo diferente y son frecuentes las pinturas que homenajean a sus predecesoras”.

Medio siglo después, Barnes volvió al Museo de Moreau y se dio cuenta que todas las obras que había visto a lo largo de esos 50 años le permitían ver de mejor manera a aquel artista. En 1989, salió al mercado un libro histórico: Una historia del mundo en diez capítulos y medio. Allí apareció el primer texto de Barnes sobre pintura: La balsa de la medusa, sobre el cuadro de Gericault.

Con los ojos bien abiertos es un libro conmovedor en el que Barnes aproxima a los lectores a Delacroix, Degas, Magritte, Redon, Oldenburg y Bonnard, entre otros. Sostiene, contundentemente, siempre hay mucho que aprender. El arte es –aplaude– una emoción. El destino no es infancia, como se ve.