Ciertos habitantes y su laboratorio escénico
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Ciertos habitantes y su laboratorio escénico

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Ciertos habitantes y su laboratorio escénico

bulletReconocido mundialmente, Teatro de Ciertos Habitantes cumple 20 años de presentar montajes irrepetibles.

bulletLos habitantes de esta comunidad son artistas dispuestos a llegar al máximo de su capacidad.

Rosario Reyes / Enviado
07/02/2018
Actualización 07/02/2018 - 22:41
Para la compañía Teatro de Ciertos Habitantes el escenario es un laboratorio.
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Para la compañía Teatro de Ciertos Habitantes el escenario es un laboratorio. Lo ha sido durante dos décadas desde su primer proyecto, Becket o el honor de Dios, la tragedia medieval que se estrenó después de un año de ensayar en el mismo espacio donde se montó: la escalera del Museo del Carmen.

Los habitantes de esta comunidad, que llega a tener hasta 50 personas involucradas en un montaje, son artistas dispuestos a llegar al máximo de su capacidad. Actores que tocan instrumentos, músicos que bailan, bailarines que actúan. Y todos se convierten en investigadores, pero no sólo de manera documental; indagan en la experiencia. Lo hacen a través del cuerpo y las emociones. Con un rigor que les exige a veces jornadas de cinco horas diarias, los siete días de la semana, durante largos periodos.

“Evitamos al máximo repetir fórmulas”, dice su fundador, Claudio Valdés Kuri. Sobre todo si tienen éxito. Tal fue el caso de El automóvil gris, su montaje sobre la película mexicana del mismo nombre, de 1919. Para esta puesta retomaron la técnica benshi del cine mudo japonés, en la que la acción es explicada por un narrador, quien se encarga también de los efectos sonoros. La obra estuvo de gira durante 12 años después de su estreno en México; se presentó en países de los cinco continentes.

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Tanto gustó el montaje de El automóvil gris en todos los sitios donde se presentó, que la compañía recibió innumerables peticiones para realizar adaptaciones de otras películas con la misma propuesta escénica, recuerda Valdés Kuri en entrevista.

“Pero no nos apetece, no está en nosotros la intención el repetirnos”, zanja el actor y director. “Ser distintos hace más difíciles los procesos porque hay que crear un nuevo sistema de ensayos, nuevas dinámicas para sorprender al actor y sorprenderse uno mismo”.

LA MÁXIMA: SER ÚNICOS

Para Valdés Kuri el proceso previo al montaje es parte de la obra, por eso nunca utiliza el mismo método de trabajo en dos piezas. Hay algunos títulos que le ha tomado años llevar a las tablas.

La investigación para La vida es sueño, por ejemplo, le tomó 20 años. El director cuenta que leyó recurrentemente el auto sacramental de Pedro Calderón de la Barca y estudió esa alegoría de la historia teológica Occidental desde que Ludwik Margules, su profesor en el Centro de Capacitación Cinematográfica, le recomendó: “Tienes que dirigirla”.

Cuando leyó la obra por primera vez no la entendió completamente, admite. A lo largo del tiempo, a la par de su interés en temas de hermetismo, numerología y alquimia, su comprensión del texto se profundizó.

“Tiene varios niveles de lectura: la dramática, la religiosa y otra más interesante: la ocultista. En ella están presentes temas como la geometría sagrada y el desarrollo de la conciencia. Calderón de la Barca es una de las mentes más brillantes del Barroco. A los 50 años entró al sacerdocio, en la cúspide de su carrera, supongo que para tener tiempo para la investigación alquímica y elevar a sus personajes a figuras filosóficas”, observa Valdés Kuri, quien para montar el texto se introdujo con sus actores en el estudio de conocimientos alquímicos como parte de la investgación escénica. “A los actores les apasionó. Estudiamos durante un año y medio, diario, en busca de la forma más sencilla de transmitir este código”.

La puesta se resolvió de forma matemática. Catorce varones actuaron en la puesta en la que, por primera vez, tocaron instrumentos musicales en escena. La métrica musical, igual que el movimiento escénico en círculos, cuadrados y triángulos, ilustran el aspecto ocultista del texto.

“Nuestra forma de trabajo es muy exigente. Suena muy atractivo formar parte de la compañía por su presencia nacional e internacional, pero mantenerla no es nada fácil, los procesos pueden durar un año, año y medio, es una investigación que nadie nos paga”, explica.

Para la ópera El Gallo, estrenada en 2011, decidieron cambiar completamente su ruta. El día del primer ensayo no tenían un tema ni una estrategia narrativa definida. La única indicación que el director y el compositor Paul Barker dieron a los seis actores que participaron fue que estuvieran interesados en la música. Su renuencia a repetir métodos de trabajo los llevó incluso a crear un lenguaje sui géneris para esta obra, que versa sobre su propio proceso artístico. “Un experimento aterrador y divertido”, recuerda Valdés Kuri. La pieza fue premiada en Inglaterra y en Portugal.

El trabajo con las experiencias personales de los integrantes de la compañía es también fuente de inspiración. Así surgió De monstruos y prodigios. La historia de los castrati, la segunda obra en la trayectoria de la agrupación.

A partir de la llegada de un nuevo miembro, Javier Medina, quien 10 años antes recibió radiaciones que le dejaron como secuela el efecto de una castración, los artistas indagaron sobre su condición. La pesquisa los llevó a los castrati, aquellos cantantes varones que dominaron la escena vocal del siglo XVII. Esta figura artística es el centro del espectáculo que se estrenó en 2000 y se presentó en el Lincoln Center, entre otros foros estadounidenses, además de montarse en Chile y Alemania. La compañía también publicó un libro con la historia del montaje, bajo el sello Tintable.

Este laboratorio escénico no agota sus posibilidades de creación y discurso, asegura su fundador. “La escena se puede abordar de tantas maneras... Hay trabajos que han respondido a exploraciones formales y otros más al contenido, como Todavía... siempre”. El director se refiere a un título basado en su experiencia con la enfermedad terminal de su madre y en las enseñanzas del Libro tibetano de la vida y la muerte, de Sogyal Rimpoché. “Nos importó que esa pieza fuera comprensible para todos, así que hicimos un montaje tradicional. Hay otros mucho más sofisticados, acaso crípticos para el espectador, lo que no quiere decir que no lo gocen”.

A lo largo de dos décadas, la compañía ha estado conformada por artistas de diversas nacionalidades; algunos decidieron asentarse en México, como el iraní Kabe Parnas o la japonesa Irene Akik Ida. A la distancia, Valdés Kuri reconoce que su mayor aprendizaje ha sido en el plano de las relaciones humanas. “Para mí lo más importante es la interacción: al saber del otro, saber de uno mismo. Me interesa el crecimiento de la consciencia a través del arte. El teatro es un espejo, una gran posibilidad de aprendizaje, de compartir conocimiento; eso es lo más entrañable de este proceso”, finaliza.