Capítulos de la vida de Edward Albee: el teatro como resistencia
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Capítulos de la vida de Edward Albee: el teatro como resistencia

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Capítulos de la vida de Edward Albee: el teatro como resistencia

bulletTenía la mirada de Ionesco y Beckett. Desde su primera obra, llevó el absurdo a la dramaturgia estadounidense, en la que retrató con mordacidad la decadencia americana.

Rosario Reyes
04/03/2019
Edward Albee, dramaturgo.
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Ciento treinta y tres dólares con treinta y tres centavos. Eso valió la vida de Edward Albee -según su biógrafo Mel Gussow- en tiempos de la Gran Depresión.

¿Se hubiese convertido en Pulitzer si Louise, la madre, no lo hubiera vendido a una familia rica cuando Edward tenía apenas ocho meses? Lo que es probable es que la acidez con que su teatro disectó la sociedad americana del siglo XX no sería la misma.

Aunque llevó el nombre del patriarca -dice Gussow en A Singular Jouney (1999)- Edward nunca logró integrarse a la familia neoyorquina que lo adoptó.

Reed, el padre, nunca se ocupó de él, y Frances, la madre, era una mujer conservadora cuya difícil relación con ella dejó huella en su dramaturgia: es la alcohólica Martha de ¿Quién teme a Virgina Woolf?, o la anciana A, madre de un joven homosexual de Tres mujeres altas, que escribió tras su muerte.

“No le guardo ninguna mala voluntad; es cierto que no la quería bien, no podía tolerar sus prejuicios, sus odios, sus paranoias. Me conmovió la sobreviviente, la figura aferrándose al naufragio de tan sólo una parte de su hechura”, escribió el autor en el programa de mano de Tres mujeres altas.

El drama se estrenó en Berlín en 1991 y al año siguiente en Nueva York. Inspirado, como todo su trabajo, en el entorno al cual perteneció, el texto le valió el Pulitzer en 1994. El último de cuatro que obtuvo, que en realidad fueron tres porque el primero, que el jurado le dio por ¿Quién teme a Virginia Woolf? (1962), le fue retirado por la Fundación Pulitzer para las Artes por considerarla una obra obscena. Elizabeth Taylor y Richard Burton protagonizarían después la ya clásica versión cinematográfica, de 1966. Un año más tarde recibió la distinción, ahora sí, por Un delicado equilibrio, y en 1975 por Marina.

“Albee trabajaba de adentro hacia afuera: escribió sobre sí mismo, sobre su familia, sus amigos. Hay referencias y autorreferencias de una obra a otra”, cuenta en entrevista Víctor Weinstock, quien fue su alumno en la Universidad de Houston, y también su amigo. “Era bastante cínico, muy inteligente, culto. Tenía un humor negro muy cercano al que tienen la mayoría de sus personajes”.

Albee escribió su primera obra, La historia del zoológico, en 1958. Tenía 30 años, era soltero y mensajero de Western Union. El modelo del fracasado para la sociedad estadounidense de la época. Ese fracasado logró que un productor alemán se interesara en su texto y lo montó en Berlín, en un programa doble junto con La última cinta de Krapp, de Samuel Beckett.

La obra narra la historia de un hombre de clase media que vive atrapado en un matrimonio rutinario y un buen día se encuentra luchando a muerte contra un vagabundo por apropiarse de la banca de un parque.

Aquellas líneas tenían ya el sello del dramaturgo que llevó el estilo del Teatro del Absurdo europeo a Estados Unidos.

“Ionesco y Beckett se conocían muy poco en Nueva York y él, naturalmente, tenía esa mirada desde su primera obra; un estilo que desarrolló a plenitud en las siguientes, particularmente El sueño americano y La caja de arena”, dice Weinstock, quien es el traductor de las obras de Albee al español, produjo Tres mujeres altas en 1996, y en 2016 dirigió En casa en el zoo, adaptación que el propio autor hizo en 2009 de su primera pieza.

Como actor, Weinstock acaba de estrenar La cabra, o ¿quién es Sylvia?, uno de los últimos títulos de Albee (estrenado en 2002), bajo la dirección de Bruno Bichir. Trata sobre un hombre que se enamora, precisamente, de una cabra.

“Creo que en México su teatro se entiende porque tenemos una picardía particular, nos burlamos de la muerte, somos naturalmente albeegóricos; nos gusta su teatro desgarrador, descarnado, que cuestiona abiertamente la sexualidad y el conservadurismo”, opina.

Albee tuvo grandes éxitos en circuitos alternativos de NY desde los 60 y hasta la primera década del siglo XXI. También grandes fracasos. A principios de los 80, La dama de Dubuque solo dio 12 funciones en Broadway, igual que su adaptación de Lolita, de Nabokov. El alcoholismo, presente en su dramaturgia, también hacía estragos en su persona. No opacó su genialidad.

El autor, que se inició enla poesía desde los ocho años (misma edad en que se reconoció homosexual), escribió más de 30 obras que criticaban mordazmente el American way of life. “Todas las obras, si son buenas, se construyen como correctivas. Ese es el trabajo del escritor: mostrar un espejo que no es meramente decorativo, agradable o seguro”, dijo a The Guardian en 2004.

“Es un autor que te hace estar todo el tiempo en un estado de alerta. Actoralmente es agotador, pero también te hace ambicionar, querer abarcar todo a sabiendas de que no lo harás; es un provocador”, dice en entrevista la actriz Laura Almela, quien acaba de estrenar ¿Quién teme a Virginia Woolf? en una versión de actores sin dirección escénica, en el Teatro El Milagro.

La obra, otra alegoría de la decadencia estadounidense, se estrenó en México poco menos de un año después de su debut en Broadway. Carmen Montejo la protagonizó durante 10 años en giras nacionales e internacionales. Durante ese tiempo, al igual que el personaje principal, la actriz sucumbió al alcoholismo.

“Martha es el personaje más difícil que he tenido en mis manos”, comparte Laura Almela. “Su ebullición interna, profundamente dolorosa, no toca en ningún momento la autoconmiseración; me obligó a romper con cualquier sublimación de cualquier tipo de sentimiento, a ser cruel, brutal”.

Edward Albee fue profesor de escritores y coleccionista de arte. Su vida terminó en su casa de Nueva York el 16 de septiembre de 2016, a los 88 años, tras “una breve enfermedad”, de acuerdo con su asistente. Su amigo y catedrático David Crespy dijo de él entonces: “Era el corazón de la dramaturgia estadounidense. Nuestra alma, nuestra conciencia”.