100 años de la Bauhaus
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100 años de la Bauhaus

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100 años de la Bauhaus

La escuela que conjuntó a las mentes más brillantes de la vanguardia europea extiende su influencia hasta hoy; su historia contiene, también, un capítulo mexicano.

Por Veka Duncan
04/04/2019
Bauhaus celebra este año su aniversario 100.
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En abril de 1919, en la ciudad de Weimar, el arquitecto Walter Gropius abrió las puertas de una escuela que transformaría la forma de entender el arte, el diseño y la arquitectura: la Bauhaus. Si bien Bauhaus se traduce como “escuela de construcción”, fue más que sólo un centro educativo enfocado a la arquitectura; fue el epicentro de un movimiento cultural en el que confluirían los artistas e intelectuales más destacados de aquel experimento fallido que fue la República de Weimar.

La escuela operaría hasta 1933, en distintas sedes, cuando la persecución nazi obligó a sus ideólogos a cerrar definitivamente las instalaciones y emigrar de Alemania; pero para entonces, la semilla de la Bauhaus estaba más que plantada para influir en el desarrollo de las artes hasta hoy. Basta con recordar brevemente algunas de las figuras que desfilaron por sus aulas para comenzar a dimensionar el impacto que tendría en la historia: además de Gropius, tuvo como directores a Hannes Meyer (1928-1930) y a Ludwig Mies van der Rohe (1930-1933), y como profesores a Wassily Kandinsky, Paul Klee, El Lissitzky, László Moholy-Nagy, y Anni y Josef Albers, entre muchos más. En torno a la Bauhaus gravitaron las mentes más brillantes de la vanguardia europea, atraídas por un renovado concepto de enseñanza y producción artística: la obra de arte total, Gesamtkunstwerk, en alemán.

La noción de que todas las artes debían convivir de forma integral bajo una sola estética, planteamiento general del Gesamtkunstwerk, no era en realidad nada nuevo. Esta noción fue propuesta por primera vez en 1827 y retomada en 1849 por el compositor Richard Wagner como una forma de entender la ópera. Hacia finales del siglo XIX surge la noción de que la obra de arte total en realidad debía ser la arquitectura, pues se trataba del gran contenedor dentro del cual habitaban las demás artes. Movimientos de la corriente Art Nouveau, particularmente la Secesión Vienesa en Austria y el Arts and Crafts Movement en el Reino Unido, adoptaron rápidamente esta visión, estableciendo un diálogo entre la arquitectura y las artes decorativas, con la pintura también integrándose al espacio. Para Gropius, este enfoque iba más allá de la simple cohesión estética entre arquitectura, mobiliario y decoración; para él, los arquitectos debían ser ante todo artesanos y tener una formación que los acercara a otros oficios y medios, como la carpintería y el diseño de mobiliario, la moda, el teatro, la música, la fotografía y las artes plásticas. En esto, el enfoque de la Bauhaus fue completamente moderno y rompió con el molde previamente impuesto.

La historia de la Bauhaus hasta aquí pareciera totalmente ajena a la de México, un relato de artistas veteranos de la Primera Guerra Mundial y perseguidos por los totalitarismos, pero siendo este un país de viajeros y refugiados, esta historia también tiene un capítulo mexicano. Tras la huida del nazismo, que veía la Bauhaus como un centro de difusión del pensamiento comunista y meca del “arte degenerado” (término usado por los nazis para referirse a la producción artística moderna que iba en contra de sus postulados nacionalistas), aquellos artistas de vanguardia emprendieron un viaje al otro lado del Atlántico, sentando las bases del arte moderno en América, particularmente en Estados Unidos. Chicago se convirtió entonces en la nueva sede de este arte combativo e innovador, pero muchos probaron suerte en otras ciudades del llamado Midwest, e incluso se aventuraron más al sur, algunos en busca de una ciudad que para entonces tenía fama de contar con una escena artística de gran vitalidad: la Ciudad de México.

Una de las historias que vincula a la Bauhaus con México comienza con una joven arquitecta y diseñadora cubana que tomaría clases con Josef Albers al sur de Estados Unidos. Se llamaba Clara Porset y la escuela era la experimental Black Mountain College, en Carolina del Norte. Ahí, durante el verano de 1934, Porset estudió los fundamentos básicos del diseño de mobiliario con un artista que no sólo fue de los más influyentes de la Bauhaus, sino del siglo XX –entre sus alumnos se encontraban John Cage, Cy Twombly, Merce Cunningham y Robert Rauschenberg. A los pocos años, en 1940, Porset se exiliaría en México, convirtiéndose en una figura fundamental del diseño moderno en este país; entre sus obras, destaca el mobiliario que creó para el Centro Urbano Presidente Alemán, el primer multifamiliar de la Ciudad de México, y que, fiel a los postulados de la Bauhaus, se integraba al espacio. Albers viajaría a México con su esposa, Anni, en 13 ocasiones desde su primer contacto con Porset (con quien mantendría una gran amistad) y esto tendría un gran impacto en su obra. Tras visitar las ruinas arqueológicas, Albers aseguraría que “México es verdaderamente la tierra prometida del arte abstracto” y comenzaría a experimentar con formas inspiradas en la arquitectura prehispánica. Como suele suceder en la historia del arte, de Anni se habla mucho menos, pero estos viajes a México también nutrieron su obra, enfocada en el diseño textil.

No se puede hablar de la presencia de la Bauhaus en México sin mencionar a un personaje fundamental: su segundo director (durante sus años en Dessau), Hannes Meyer. Este arquitecto llegó a México en 1938 por invitación de Lázaro Cárdenas, pero no se instalaría en el país hasta 1939, cuando fue contratado por el Instituto Politécnico Nacional como profesor de la Escuela Superior de Ingeniería y Arquitectura, donde daría clases hasta 1941 y fundaría la maestría en Planeación y Urbanismo. Meyer tendría un gran impacto en la arquitectura mexicana más allá de las aulas, pues rápidamente se integró a la función pública, participando en la planeación de proyectos urbanos como Lomas de Becerra y Tlalnepantla, así como de los hospitales del IMSS.

Así, a 100 años de la Bauhaus, hay que recordar también cómo transformó nuestros espacios cotidianos.