Si las mejores clínicas en AL lidian por equipo médico ante COVID-19, ¿qué les espera a las prisiones?
menu-trigger
ESCRIBE LA BÚSQUEDA Y PRESIONA ENTER

Si las mejores clínicas en AL lidian por equipo médico ante COVID-19, ¿qué les espera a las prisiones?

COMPARTIR

···
menu-trigger

Si las mejores clínicas en AL lidian por equipo médico ante COVID-19, ¿qué les espera a las prisiones?

bulletTrece de cada 100 personas presas en el mundo están América Latina, además, la población carcelaria en la región ha crecido tres veces más rápido que la población general en la última década, escribe Mac Margolis.

Bloomberg / Mac Margolis
01/04/2020
Actualización 01/04/2020 - 16:48
Reclusorio Oriente en México.
Al registrarte estás aceptando el aviso de privacidad y protección de datos. Puedes desuscribirte en cualquier momento.
logo OPINIÓN
Bloomberg

A medida que el nuevo coronavirus avanza por América, los funcionarios de México a Chile se han preguntado cómo mantener a millones encerrados en sus hogares. Además, otra pesadilla de ingeniería social ha estado obsesionando últimamente a expertos médicos y funcionarios de la salud pública: cómo evitar daños a la población carcelaria de 1.4 millones de personas en América Latina.

Un cuento que se escucha en algunos círculos de gobierno es que salvaguardar las cárceles es un problema menor. Como los prisioneros, por definición, ya están encerrados, nadie tiene que exhortarlos o avergonzarlos para que entren en cuarentena.

En teoría, cualquier indicio de enfermedad detrás de las paredes se puede identificar, aislar y contener rápidamente enviando a los afectados a un bloque separado. A parte de todo, dado que las poblaciones carcelarias tienden a ser más jóvenes que la población en general, la gran mayoría de las personas son menores de 40 años, por lo que son posiblemente menos vulnerables a una enfermedad conocida por devastar a los adultos mayores.

Detrás de las torres de vigilancia, la vista es menos auspiciosa. El miedo a la enfermedad ya ha sacudido los patios de la cárcel de la región. El mes pasado, una ola de disturbios, violencia entre pandillas y escapes masivos golpearon a los centros penitenciarios en Venezuela, Brasil, Argentina y México. En un día de furia, 23 detenidos murieron y docenas resultaron heridos en el caos entre facciones rivales en la prisión La Modelo de Bogotá, una de las 13 cárceles colombianas sacudidas por las rebeliones.

Los presos en Perú exigen pruebas para detectar la enfermedad. El 23 de marzo, un motín por las condiciones de salud en una penitenciaría argentina se convirtió en una batalla de pandillas; murieron cinco reclusos, un fallecido más que los causados por el nuevo coronavirus en todo el país en ese momento. En otros lugares, los detenidos se burlan de las salvaguardas severas como prohibir las visitas o cancelar el permiso temporal para los presos menos peligrosos.

Los grupos de derechos humanos están exigiendo que los detenidos mayores o aquellos que cumplen condena por delitos menores sean remitidos a arresto domiciliario. La única certeza es que, si las autoridades no logran detener el brote, surgirán más problemas. "Las cárceles de la región son muy vulnerables al brote y también podrían causar estragos en el resto de la sociedad", dijo Robert Muggah, analista de seguridad del Instituto Igarape.

Las prisiones latinoamericanas ya eran un infortunio para el hemisferio. Más de 13 de cada 100 personas tras las rejas en todo el mundo cumplen penas en América Latina, generalmente confinadas de a dos, tres o más en una celda sin ventilación, donde los homicidas se juntan con los ladrones. La población carcelaria de América también ha crecido tres veces más rápido que la población general en la última década. Proclives a los escapes masivos, los motines y la violencia interna entre pandillas, las prisiones de la región nunca fueron modelos de corrección. Sería demasiado inocente creer que pueden ser modelos de control y prevención de enfermedades.

Si a los mejores hospitales de América Latina les falta camas, unidades de cuidados intensivos y ventiladores, las condiciones son mucho peores para los reclusos, un grupo demográfico con pocos defensores y muchos menos recursos públicos.

El problema va mucho más allá en Venezuela, donde los casi 19 mil internos en 6 mil 500 instituciones penales son solo un subconjunto particularmente desafortunado de un país —y una región— que ya lidia con enfermedades crónicas y decisiones de vida o muerte todos los días.

Brasil es el monstruo en la jaula, con más de 813 mil detenidos -la tercera comunidad carcelaria más grande del mundo- en instalaciones construidas para un poco más de la mitad. El VIH y el SIDA son comunes. La tuberculosis es rampante: tras el encarcelamiento, el riesgo de un detenido de contraerla se dispara a 30 veces el de la población en general y permanece alto hasta siete años después de la liberación, un derrame peligroso para la comunidad en general.

El COVID-19 presenta una amenaza diferente pero no menos creíble. Si bien la enfermedad puede ser menos mortal que algunas afecciones virales, puede desgarrar una comunidad sin exposición previa.

Julio Croda, un estudioso de la salud de los prisioneros en la Fundación Oswaldo Cruz de Brasil, reconoce que dada la población relativamente más joven entre rejas, las muertes por un brote eventual podrían no ser masivas: alrededor de 168 muertes en prisión si Brasil sigue el patrón en Italia para las personas de 20 a 40 o hasta mil 8 bajo la tasa de mortalidad de China para el mismo grupo de edad.

De cualquier manera, "existe la posibilidad de una gran cantidad de infecciones en instituciones con poco acceso al agua y poca higiene, y donde la capacidad para controlar enfermedades y el aislamiento ya es limitada”, dice Croda. "A pesar de la menor letalidad de este brote, aún podemos ver mucho sufrimiento y muerte".

Tardíamente, las autoridades están luchando para evitar la crisis. Los responsables del estado de Sao Paulo, que supervisan a unos 235 mil prisioneros — más que Francia e Italia juntos— saben lo que está en juego. Los protocolos de seguridad incluyen el aislamiento de detenidos de edad avanzada, la suspensión de guardias y trabajadores del sistema penal y la detección de enfermedades en los prisioneros que ingresan. "Si detectamos a un prisionero infectado, ciertamente actuaremos para proteger a quienes lo rodean", dijo Marco Antonio Severo, asesor técnico de la Secretaría de Administración Penitenciaria de Sao Paulo.

El Estado ha puesto en pie ocho nuevas instalaciones para transferir a reclusos enfermos, mientras que los detenidos en cuatro cárceles están haciendo máscaras quirúrgicas y gafas en respuesta a la crisis nacional.

Se necesita hacer mucho más, comenzando por practicar pruebas a toda la población carcelaria. Una medida audaz aunque controvertida sería evitar el contagio mediante la liberación de decenas de delincuentes de bajo nivel para arresto domiciliario y servicio comunitario. Alrededor del 36 por ciento de los presos de Brasil aún no han sido juzgados, y muchos han estado detenidos tanto tiempo que ya han cumplido sus condenas probables si son declarados culpables, según José Vicente da Silva, exjefe de la Secretaría de Seguridad Nacional. Los tribunales brasileños todavía están sopesando la liberación de detenidos de alto riesgo, ante los gritos de los defensores de la ley y el orden que advierten que tales indulgencias podrían provocar una oleada de crímenes callejeros.

Lo que los brasileños no pueden permitirse es empantanarse en el debate de las fallas históricas del código penal mientras se desata una pandemia. Un mes después del brote, la tasa de nuevas infecciones de Brasil ya ha superado a la de EU, con más de cuatro veces la mortalidad de Noruega en casi el mismo número de casos.

Si los formuladores de política no actúan con decisión, quienes están detrás de las rejas no solo serán aún más vulnerables al coronavirus, sino que también plantearán el riesgo de acelerar la mayor crisis de América Latina en la historia reciente, y de ese modo convertir a todos en prisioneros en sus propios hogares.

Las opiniones escritas en esta columna no reflejan la opinión de Bloomberg ni de El Financiero.

*Mac Margolis es un columnista de Bloomberg Opinion que cubre América Latina y Sudamérica. Fue reportero de Newsweek y es autor de 'The Last New World: The Conquest of the Amazon Frontier'.