¿Y para cuándo tendremos finalmente la ansiada vacuna?
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¿Y para cuándo tendremos finalmente la ansiada vacuna?

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¿Y para cuándo tendremos finalmente la ansiada vacuna?

bulletLa candidata de la Universidad de Oxford, desarrollada por Sarah Gilbert, podría completar los ensayos en humanos en septiembre. AstraZeneca ha firmado acuerdos para producir dos mil millones de dosis y ser la respuesta a la pandemia.

Bloomberg / Stephanie Baker
11/08/2020
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En abril, los tres hijos de Sarah Gilbert, trillizos de 21 años que cursan la carrera de bioquímica, decidieron participar en un ensayo para desarrollar una vacuna experimental contra el COVID-19. Era la vacuna de su madre, quien dirige el equipo de la Universidad de Oxford que la desarrolló. Ni siquiera lo hablaron en casa, la seguridad de la dosis no era un tema que les preocupara, se daba por sentado.

Lo que desvela a Gilbert, vacunóloga de 58 años, es determinar qué tan efectiva será la vacuna y cómo se producirá. En abril, Oxford llegó a un acuerdo con el gigante farmacéutico británico AstraZeneca Plc para encabezar la fabricación y distribución mundial y realizar más pruebas en todo el mundo. AstraZeneca acordó vender la vacuna sin fines de lucro durante la crisis si resulta efectiva y ha firmado acuerdos con múltiples fabricantes para producir más de 2 mil millones de dosis.

Aunque hoy Gilbert está en el foco de la atención pública, durante más de dos décadas trabajó de forma anónima, principalmente desarrollando vacunas y luchando siempre por lograr finaciamiento para su trabajo. Hoy está al frente de una de las candidatas a vacunas más avanzadas y de más alto perfil contra el nuevo coronavirus, con ensayos de fase tres, o etapa final, en miles de personas en Brasil, Sudáfrica, Reino Unido y, pronto, Estados Unidos.

El equipo de Gilbert ha superado a otros contendientes de vacunas hasta el punto de que probablemente termine de vacunar a los 10 mil sujetos de su gran ensayo de eficacia antes de que otras candidatas incluso comiencen a realizar pruebas en esa escala, explicó al parlamento británico Kate Bingham, presidenta del grupo de trabajo de vacunas del gobierno de Reino Unido, a principios de julio.

Anthony Fauci, director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas de Estados Unidos, ha emitido, sin embargo, una nota de cautela sobre el estatus de ‘favorita’ de la vacuna de Oxford. “Hay que ser cuidadoso si estás liderando temporalmente el camino, no se traduce por fuerza en una vacuna que realmente va a funcionar”, dijo recientemente a la BBC. La mayoría de las vacunas en desarrollo no llegan a ser aprobadas. A diferencia de los medicamentos para tratar enfermedades, las vacunas se administran a personas sanas para prevenir enfermedades, lo que significa que los reguladores establecen elevados criterios de aprobación y, por lo general, piden años de datos que respalden su seguridad. En la pandemia de COVID-19, aún no está claro qué aceptarán los reguladores como prueba de una vacuna exitosa y segura. La Administración de Alimentos y Medicamentos de EU ha dicho que, para ser aprobada, una vacuna debería ser un 50 por ciento más efectiva que un placebo y debería mostrar más evidencia que los análisis de sangre que indican una respuesta inmune.

Gilbert ha expresado una notable confianza en sus posibilidades, afirma que la vacuna de Oxford tiene un 80 por ciento de probabilidad de ser efectiva para evitar que las personas que están expuestas al nuevo coronavirus desarrollen Covid-19. Lo sabrá, dice, en septiembre. La vacuna consiste en un vector o vehículo viral basado en años de investigación de Gilbert y Adrian Hill, director del Instituto Jenner. Las vacunas tradicionales se hacen con una forma atenuada o inactiva del virus que causa que la infección estimule una respuesta inmune. Esas vacunas no son fáciles de desarrollar y producir rápidamente. El equipo de Oxford ha desarrollado una tecnología que puede acelerar el proceso usando un virus inofensivo, como una especie de caballo de Troya, para llevar el material genético de un patógeno a las células y generar una respuesta inmune. En el caso del COVID-19, Gilbert tomó como vehículo un adenovirus de chimpancé (un virus del resfriado común).

El enfoque de Gilbert es similar a una vacuna de vector viral desarrollada por la compañía china CanSino Biologics, actualmente en ensayos de fase dos en humanos. La diferencia entre ambas es pequeña pero tal vez crucial: CanSino utiliza un vector basado en un adenovirus humano con el que muchas personas ya han sido infectadas. Las primeras pruebas mostraron que las personas con anticuerpos preexistentes al adenovirus neutralizaron la vacuna antes de que pudiera provocar una fuerte respuesta inmune al SARS CoV-2, es decir, el caballo de Troya es destruido antes de que las tropas puedan salir.

Johnson & Johnson está desarrollando una vacuna parecida basada en un adenovirus humano. Sus ensayos en personas iniciaron en la segunda quincena de julio. Todas estas vacunas basadas en adenovirus tienen una ventaja sobre otros candidatos: solo necesitan mantenerse refrigeradas en lugar de congeladas, lo que facilita su distribución en todo el mundo.

Sin importar quién gane la carrera, una vacuna exitosa probablemente no será 100 por ciento efectiva y el éxito puede tener diferentes definiciones. No todas las vacunas producen la llamada inmunidad esterilizante, en la cual nuestro cuerpo produce anticuerpos neutralizantes que impiden que un virus llegue a las células. Algunas vacunas no previenen la infección, pero activan el sistema inmune para proteger contra la enfermedad. La vacuna contra la polio de Jonas Salk, por ejemplo, no detiene la infección, pero previene que se desarrolle la enfermedad que causa parálisis. Le pregunté a Gilbert cuál sería su definición de una vacuna exitosa. “Necesitamos una vacuna con un alto nivel de eficacia contra la enfermedad, que también tenga un impacto significativo en la transmisión del virus”, respondió.

A raíz de la epidemia de ébola en 2014, Gilbert respondió a un llamado de la Organización Mundial de la Salud para proponer métodos de respuesta rápida a un grupo de patógenos emergentes. Significaba tener un plan para la ‘Enfermedad X’, ese patógeno desconocido pero inevitable que acecha a la vuelta de la esquina. Antes de que el COVID-19 se presentara como el peor escenario de una ‘Enfermedad X’, Gilbert comenzó a trabajar en el síndrome respiratorio de Oriente Medio, o MERS, otro coronavirus que causa neumonía y en 2014 había amenazado con provocar una crisis de salud global, pues es mucho más letal que el COVID-19 y mata a aproximadamente un tercio de los infectados.

Gilbert trabajó en una vacuna para el MERS utilizando el adenovirus de chimpancé, en este caso fusionado con el material genético del virus MERS. Viajó a Arabia Saudita en 2015 para una conferencia con los principales vacunólogos, con la esperanza de obtener financiación. No la consiguió. Ella y Hill tenían subvenciones del gobierno para desarrollar una serie de vacunas, pero necesitaban más fondos, de modo que en 2016 crearon una compañía privada llamada Vaccitech, que recaudó más de 30 millones de libras de Google Ventures, Sequoia Capital China y Oxford Sciences Innovation, un fondo de capital riesgo creado para comercializar la investigación científica que produce la Universidad de Oxford.

La compañía posee los derechos de varias vacunas que Gilbert y Hill están desarrollando a partir de la plataforma de adenovirus de chimpancé, incluida una prometedora terapia contra el cáncer de próstata.

El trabajo que había hecho con el MERS le dio a Gilbert una ventaja inicial cuando apareció el COVID-19. “La proteína de espícula del MERS comparte una similitud del 40 al 50 por ciento con la espícula del SARS-CoV-2”, explica Naif Alharbi, un científico saudí que estudió bajo la guía de Gilbert en Oxford y hoy desarrolla ensayos de la vacuna MERS en Riad. Tom Evans, director científico de Vaccitech, refiere lo mismo: “El estudio del MERS fue absolutamente crítico (…) Pudimos empezar enseguida con la vacuna, sabíamos que podía fabricarse, sabíamos que era inmunogénica en humanos”. Así, en cuanto los científicos chinos publicaron la secuencia genética del nuevo coronavirus el 10 de enero, Gilbert se puso a trabajar.

Pero a principios de marzo, Gilbert todavía estaba buscando financiamiento. “Si no tenemos el dinero ahora, no podemos fabricar la vacuna ahora y no podemos hacer los ensayos”, me dijo en ese momento. Pudo continuar gracias a una pequeña donación de la Coalición para la Innovación en la Preparación de Epidemias (CEPI, por sus siglas en inglés), una fundación establecida en 2017 con fondos de la Fundación Bill y Melinda Gates, los gobiernos de Noruega e India, y Wellcome Trust Ltd., una institución caritativa enfocada en la investigación.

El tiempo se agotaba, la gente ya estaba muriendo por miles. El 23 de marzo, el mismo día en que el primer ministro británico Boris Johnson impuso la cuarentena en el país, el gobierno anunció una subvención de 2 millones 200 mil libras al equipo de Gilbert para apoyar los ensayos y la manufactura de la vacuna. En medio de la búsqueda de fondos, Bill Gates instó a Gilbert y Hill a asociarse con una gran compañía farmacéutica, y como fundador de CEPI pudo agilizar las reuniones y propuso nombres. El equipo de Oxford accedió y sostuvo conversaciones con varios socios potenciales, siempre planteando dos preguntas: ¿cuánto pueden fabricar y cuándo? “No respondieron ninguna de esas preguntas, sin importar cuántas veces preguntamos”, recuerda Hill.

AstraZeneca fue diferente. A principios de abril, Mene Pangalos, director de investigación y desarrollo de biofarmacéuticos de la compañía, había escuchado cosas positivas sobre el trabajo de la Universidad de Oxford. Aunque AstraZeneca no es un jugador importante en el sector de las vacunas (produce una vacuna en aerosol nasal para la gripe, nada más), Pangalos pensó que valía la pena llamar a John Bell, un inmunólogo y profesor que dirige la estrategia de investigación médica de la universidad, para informarse. “Parecía que necesitaban un socio”, recuerda Pangalos. “Llamé a John y le dije: ‘¿Están interesados en trabajar con nosotros en esto? Porque creemos que podemos ayudar’”.

Pangalos negoció el acuerdo de asociación con Bell y el resto del equipo de Oxford en aproximadamente 10 días, AstraZeneca sería responsable de la distribución y fabricación a nivel mundial.

Cuando a fines de abril se anunció ese acuerdo, el dinero no tardó en llegar, pues Pascal Soriot, director ejecutivo de AstraZeneca, se comprometió a que la vacuna estaría disponible por “unos cuantos dólares” por dosis. El gobierno británico inyectó 65 millones de libras para acelerar el trabajo y asegurarse 30 millones de dosis como parte de un acuerdo para hacer 100 millones en total, donde algunas estarían reservadas para los países en desarrollo. Días después, AstraZeneca anunció un acuerdo de mil 200 millones de dólares con la autoridad biomédica estadounidense para desarrollar y producir 300 millones de dosis. AstraZeneca trabajará con las autoridades sanitarias del país para probarla en 30 mil personas en Estados Unidos a partir de agosto. La farmacéutica luego cerró un acuerdo de licencia con la biotecnológica Serum Institute of India para producir mil millones de dosis para países en desarrollo y de ingresos medios. Debido a la prevista presión política (cualquier país que juegue un papel en la producción de una vacuna podría actuar para asegurar las dosis para su propia población), AstraZeneca está estableciendo cadenas de suministro independientes dentro de los países para evitar demoras en las fronteras nacionales.

Mientras el acuerdo de Oxford y AstraZeneca se materializaba en abril, llegaron los resultados del estudio con monos. “No eran prometedores, eran fantásticos”, dice Hill. Habían vacunado a seis monos y luego, 28 días después, los expusieron a una dosis masiva de SARS-CoV-2 a través de múltiples rutas: ojos, boca, nariz y tráquea, para exponer los pulmones. Era una cantidad mucho mayor a la que una persona podría encontrar en el transporte público o incluso en un pabellón hospitalario de Covid. Después de la exposición, los animales no mostraron signos de neumonía en sus pulmones.

Según todos los indicadores, estaban bien; no obstante, el exudado nasal de los monos mostró que todavía tenían el virus, lo que significa que aún podrían infectar a otros. Al día siguiente de recibir los resultados preliminares, Oxford comenzó a administrar la vacuna a personas.

Cuando se publicaron los resultados completos de los ensayos con monos en mayo, los críticos rebatieron que eran débiles. William Haseltine, exprofesor de Harvard que pasó años investigando el VIH, escribió un artículo en Forbes argumentando que la vacuna de Oxford parecía proteger parcialmente, porque no generaba altos niveles de anticuerpos neutralizantes, que defienden las células contra la infección.

El equipo Oxford-AstraZeneca argumenta que no es realista esperar muestras nasales limpias de los monos después de recibir una dosis enorme por la nariz. “No necesita curarte del SARS-CoV-2”, dice Pangalos.

“No sé si impediremos por completo la diseminación o que las personas lo contagien, no sé si vamos a curar a las personas por completo o si simplemente debilitaremos la enfermedad. Queremos una vacuna que evite que las personas vayan al hospital y mueran”.

Cuando en abril le pregunté a Gilbert qué era lo que más le preocupaba, dijo que sería difícil demostrar que la vacuna funciona conforme el virus aumenta y disminuye en todo el mundo. “Para determinar la eficacia de cualquier vacuna contra el nuevo coronavirus, el ensayo debe establecerse en el lugar correcto en el momento correcto, y eso es muy difícil de predecir”, dijo. “Es por eso que estamos planeando hacer múltiples ensayos en varios países”. A principios de junio, cuando los casos en Reino Unido comenzaron a disminuir, AstraZeneca inició ensayos de la vacuna en Brasil y Sudáfrica, donde el virus va en aumento.

Producir millones, si no es que miles de millones de dosis de la vacuna puede ser el mayor desafío en la historia de la industria farmacéutica. Por ello AstraZeneca está firmando acuerdos de producción con empresas de todo el mundo.

Los ensayos, mientras tanto, continúan, será vital ver cómo se desempeña la vacuna en grupos amplios y de distintas edades, si ayudará a poner fin a la pandemia, o si el mundo deberá seguir esperando. 

​Con la colaboración de Vernon Silver y James Paton

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