¿Tendremos una ‘revolución sindical’?
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¿Tendremos una ‘revolución sindical’?

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¿Tendremos una ‘revolución sindical’?

bulletEnrique Quintana indica que la reforma laboral abre un debate en México sobre los cambios culturales dentro de los sindicatos y deja abiertos temas como el outsourcing, una popular práctica en el país.

Bloomberg Por Enrique Quintana
02/05/2019
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Bloomberg Businessweek

¿Habrá en México una revolución sindical? ¿Estará el país metido en un futuro próximo en una oleada de conflictos laborales? Son solo algunas preguntas que se hacen cada vez con más frecuencia entre las empresas, luego de la reforma laboral, que, al momento de escribir este texto, está en proceso de aprobación en el Congreso.

La modificación de diversas leyes en materia laboral se dio con el fin de armonizarlas con el T-MEC (Tratado México, Estados Unidos, Canadá) que fue suscrito en noviembre de 2018 por los gobiernos de México, Estados Unidos y Canadá, así como con el Convenio 98 de la Organización Internacional del Trabajo, y hacer operativa una reforma constitucional del 2017.

El Convenio 98 de la OIT, que proviene de hace medio siglo, consta de 16 artículos y fundamentalmente garantiza el derecho a la sindicalización, así como la libertad y autonomía sindicales.

El Senado mexicano ratificó finalmente dicho Convenio el pasado 20 de septiembre, por lo que nuestro país se obligó a adecuar su legislación laboral para hacer efectivas las garantías que establece.

Y, en el caso del T-MEC, el capítulo laboral que se incluyó en el documento pone énfasis en los derechos sindicales y en la libertad de elección y negociación de los trabajadores.

En lugar de exigir compromisos de incremento salarial como en algún momento se sugirió, para evitar lo que los norteamericanos asumen como ventajas indebidas para México en la relación comercial, lo que se hizo fue incidir directamente en la regulación sindical.

El diagnóstico detrás de esta decisión partió luego de considerar que uno de los factores que influye en salarios más bajos en México es la existencia de dos fenómenos que son históricos. Por un lado, el conocido “charrismo sindical” y por el otro, la existencia de los llamados contratos de protección y el sindicalismo ‘blanco’.

El sindicalismo oficial se caracterizó por mucho tiempo por dirigencias que se eternizaban y que lograban ventajas para el grupo dirigente, en detrimento del conjunto de los trabajadores.

El llamado ‘sindicalismo blanco’ se caracteriza por la existencia de sindicatos ficticios, que son controlados por los patrones, para evitar de esa manera la existencia de organizaciones reales, que pudieran exigir mejores condiciones laborales para los trabajadores.

Así que no está errado del todo el diagnóstico implícito en el T-MEC. La eliminación de estas prácticas probablemente sí generará una presión alcista en los salarios.

Los orígenes de ambos tipos de sindicalismo son distintos.

El sindicalismo corporativista, que está encabezado por los llamados “charros’, surgió en lo fundamental durante la era de Lázaro Cárdenas, por la década de los 30s en el siglo pasado, cuando se acabó de fortalecer la CTM, como la principal central obrera del país, y fue parte integrante del partido en el gobierno, el entonces PRM.

De origen, las grandes centrales sindicales ligadas posteriormente al PRI y sus gobiernos carecieron de autonomía y fueron usadas para quitar de en medio a grupos sindicales más radicales, vinculados con la izquierda y sus partidos.

Así, el primer secretario general de la CTM, Vicente Lombardo Toledano, de tendencia izquierdista y luego líder del Partido Popular Socialista (PPS), fue hecho a un lado por Fidel Velázquez, cuyo liderazgo se extendió por más de medio siglo.

La pretensión de tener vida sindical democrática, que pusiera en riesgo estas dirigencias eternas, fue aplastada, a veces incluso de manera violenta, como sucedió con el sindicato ferrocarrilero en 1958.

En el caso de los sindicatos ‘blancos’, su surgimiento fue en la década de los 40, sobre todo entre empresas de Monterrey, que promovieron la creación de organizaciones sindicales totalmente controladas por las empresas, buscando evitar que las dominaran los sindicalistas ligados al gobierno o grupos radicales que crecieron en aquellos años.

De esta manera se establecieron contratos colectivos que se denominaron “de protección”, pues al existir legalmente, se impedía que alguna otra organización sindical pretendiera hacerse presente en las empresas.

En décadas posteriores, esta práctica ya no se limitó a Monterrey, sino que se extendió a todo el país.

No quiere decir que todos los sindicatos que existen en México sean ‘charros’ o ‘blancos’, pero una parte muy importante de la estructura sindical mexicana está dominada por estas prácticas.

El sindicalismo corporativista comenzó a debilitarse luego de la muerte de Velázquez, ocurrida en junio de 1997, así como la derrota del PRI en las elecciones presidenciales realizadas en el año 2000.

Sin embargo, los gobiernos surgidos del PAN pactaron con los grandes sindicatos y los liderazgos mantuvieron sus privilegios prácticamente intocables.

El cambio de la legislación que ahora se está realizando no necesariamente va a traer consigo una revolución de los sindicatos en el país y menos aún de las relaciones laborales.

Además de los cambios legales, se requerirían cambios culturales profundos que no vendrán pronto en los sindicatos, sino al paso de muchos años.

La reforma laboral no abordó el tema del outsourcing, que se ha convertido en una forma de operación muy popular entre las empresas.

Si bien comenzó siendo utilizado como un mecanismo para dar a terceras empresas la encomienda de realizar servicios, como la vigilancia o la limpieza, por ejemplo, gradualmente fue extendiéndose su uso como un recurso para no asumir ni compromisos ni riesgos laborales, y en donde la totalidad de la plantilla está contratada por un proveedor, que recibe una comisión a cambio de asumir los compromisos y riesgos laborales.

Otra de las variables que va a limitar el impacto de la reforma es la baja tasa de sindicalización que hay en México. Las estimaciones señalan que apenas entre el 10 y el 15 por ciento de los asalariados se encuentran sindicalizados.

El hecho de que el grueso del empleo en México sea proporcionado por pequeñas y microempresas y que una parte de éstas operen en la informalidad, hará muy difícil que haya un impacto masivo en las condiciones laborales de los asalariados mexicanos, en virtud de la nueva legislación.

Así que más allá de la relevancia del cambio legal, me parece que tanto apologistas como detractores han exagerado en cierta medida su trascendencia.

El segmento en donde sí podría observarse una modificación importante es en las empresas grandes, en las que se ubican en la formalidad y en sectores como la manufactura o el comercio moderno.

Lo que vamos a ver en los siguientes meses y años es una competencia mucho más intensa de centrales sindicales y sindicatos en lo individual por estar presentes en más y más sectores y empresas, saliendo de sus espacios tradicionales.

Los liderazgos históricos del sindicalismo corporativo van a debilitarse aún más frente a la aparición de centrales nuevas.

Así que no, todo indica que no veremos en México una ‘revolución sindical’ ni un cambio profundo de las relaciones laborales, pero sí se observará un cambio importante en los pesos relativos de las centrales sindicales que seguramente va a repercutir en su representación política.