La opresión racial es parte de la economía estadounidense
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La opresión racial es parte de la economía estadounidense

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La opresión racial es parte de la economía estadounidense

bulletCiento cincuenta años después de la Guerra Civil, el color del dinero sigue siendo blanco.

Bloomberg / Peter Coy
26/06/2020
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Los economistas no han podido encontrar una solución para la discriminación racial. Aparte de su crueldad, parece... ilógica. Una de las primeras lecciones en microeconomía es que a los trabajadores se les paga una suma equivalente al producto marginal de su trabajo: su valor para la empresa. Cualquier empleador que intentara pagarles menos los perdería ante un competidor.

Claramente, eso no siempre sucede. Por más de medio siglo, los nombres más importantes de la economía han buscado el porqué, incluidos los premios Nobel Gary Becker, Edmund Phelps, Kenneth Arrow, Joseph Stiglitz, George Akerlof y Michael Spence. Todos hombres y blancos.

La pregunta es urgente porque la discriminación racial es el combustible de la indignación y el descontento que se han derramado en las calles. El causante fue la muerte de George Floyd en Minneapolis, asfixiado bajo la rodilla del oficial de policía Derek Chauvin, acusado de asesinato en segundo grado. ¿Pueden los economistas ayudarnos a encontrar una salida al caos?

En 1957, Becker publicó la primera teoría económica de la discriminación racial, que hasta entonces había sido dominio de sociólogos y abogados. La comparó con el gusto de un empleador, como la preferencia por un determinado alimento o bebida, excepto con malignas consecuencias. “El modelo económico de Becker redujo un profundo problema social a una ley económica, la oferta y la demanda”, recordó Kevin Murphy, su colega de la Universidad de Chicago, en 2015, un año después de la muerte de Becker. “Solo a través de la ampliación de las suposiciones habituales es posible comenzar a comprender los obstáculos que las minorías enfrentan para progresar”, dijo Becker en su discurso de aceptación del Nobel en 1992. Becker creía que la competencia por el talento entre los empleadores reduciría, aunque no erradicaría, la discriminación.

Luego se especuló que la discriminación quizás no era un gusto sino un fenómeno estadístico: los empleadores basaban las decisiones de contratación en sus impresiones de un grupo en lugar de las características individuales. Los académicos concluyeron que el pensamiento estereotipado de los empleadores, también conocido como prejuicio, podría convertirse en una profecía autocumplida si provocaba que las minorías perdieran la esperanza e invirtieran menos en educación.

A pesar de sus conocimientos y su buena intención, los académicos blancos nunca podrán saber cómo las víctimas experimentan y entienden la discriminación. Algunas de sus teorías resultan insuficientes para explicar una sociedad desgarrada por la raza y la herencia de la esclavitud, el pecado original de Estados Unidos. Cualquier análisis moderno de las relaciones raciales debe basarse en el hecho de que Estados Unidos se construyó sobre las espaldas de africanos esclavizados, y que los principales pensadores de la época defendieron la esclavitud por razones económicas. Si no eran los esclavos, ¿quién cosecharía?

Darrick Hamilton, economista de la Universidad Estatal de Ohio, es uno de los pioneros en el emergente campo de la “economía de la estratificación”, que coloca el factor racial en el centro de sus reflexiones. Él cita a Stiglitz y a otros académicos, pero dice que su mayor inspiración es el fallecido Nobel Arthur Lewis, nacido en Santa Lucía, que estudió cómo los países en desarrollo quedan atrapados en la “trampa del ingreso medio”.

Hamilton, asesor en la campaña presidencial de Bernie Sanders en 2020, argumenta que la discriminación racial es un rasgo del sistema económico dominado por los blancos. Los comités editoriales de las revistas académicas de economía parecen creer que la experiencia afroamericana es suigéneris, excepcional, “un caso especial del que no podemos generalizar”, dice Lisa Cook, economista negra de la Universidad Estatal de Michigan. Le tomó 10 años encontrar a alguien que quisiera publicar un ensayo sobre el descenso en las patentes tramitadas por afroamericanos durante los periodos históricos de linchamientos y disturbios raciales. Los economistas de otros países, incluidos China, Israel y Rusia, advirtieron de inmediato la amplia aplicabilidad de la investigación, dice.

La Proclamación de Emancipación puso fin a la esclavitud, pero no al maltrato. Los afroamericanos pagan préstamos más costosos por viviendas y automóviles. Reciben peor atención médica que los blancos y con consecuencias más graves, en especial en el marco del COVID-19. Tienen tasas de desempleo crónicamente más altas, aunque irónicamente la brecha se ha reducido durante la pandemia porque más empleados negros que blancos han seguido trabajando en condiciones de riesgo, porque sus trabajos se consideran esenciales.

A 65 años del caso Brown contra la Junta Educativa, donde la Suprema Corte puso fin a la segregación racial en las escuelas, los estudiantes negros continúan en escuelas públicas y tienen menos probabilidades de ir a la universidad.

Mucho más que otras naciones ricas, Estados Unidos resuelve sus problemas sociales con las cárceles, y las personas negras y otras minorías se ven desproporcionadamente afectadas. La mayor frustración es que nada parece cambiar.

La idea de que la discriminación racial sigue muy vigente es difícil de asimilar para las personas que pertenecen a las mayorías, economistas o no, que prefieren pensar que la sociedad es meritocrática, dice Julia Coronado, presidenta y fundadora de la consultora económica Macropolicy Perspectives. Esa máxima de libro de texto de que los trabajadores ganan el producto marginal de su trabajo les dice “están allí porque se lo merecen”, apunta Coronado. “Así que, por supuesto, quieren creerlo”.

Lo mismo ocurre en la esfera corporativa, consagrada a los principios del libre mercado tanto como los economistas. Cuando los mercados bursátiles subieron el 1 de junio tras un fin de semana de agitación social, pareció que un secreto había sido revelado sin querer, que ese optimismo reflejaba el color de los accionistas. Si el valor de las compañías del índice S&P 500 puede subir en un momento como este, ¿qué dice eso sobre su conexión (o desconexión) con la vida en las ciudades estadounidenses? Internet está lleno de comentarios de que las empresas son las verdaderas saqueadoras.

En ninguna parte esa desconexión corporativa es más clara que en Minneapolis, cuya historia de filantropía por parte de las empresas locales no sirvió para salvar la vida de George Floyd. Minneapolis y su ciudad gemela, St. Paul, tienen una tradición de política progresista y generosas donaciones corporativas de grandes nombres que tienen allí su sede, como Best Buy, Cargill, Ecolab, General Mills, Land O’Lakes, Target, 3M y U.S. Bancorp. Cuando el filántropo John D. Rockefeller III la visitó en 1970, dijo que había escuchado tanto acerca del altruismo de las empresas “que me siento un poco como Dorothy en la Tierra de Oz, tuve que ir a Ciudad Esmeralda para comprobar que existía”.

Mientras las empresas practicaban la filantropía, los segregacionistas del siglo XX prohibían a los residentes negros vivir en ciertas partes de la ciudad. Cuando la segregación se volvió ilegal, el código de zonificación de Minneapolis ocupó su lugar, destinando el 70 por ciento del suelo residencial a viviendas unifamiliares, inaccesibles para muchas familias negras. En el estado de Minnesota, la diferencia en el índice de pobreza entre los residentes blancos y negros es la tercera más amplia del país, informó el Star-Tribune el año pasado.

El departamento de policía ha sido un problema particular: los afroestadounidenses constituyen el 20 por ciento de la población de la ciudad, pero representaron más del 60 por ciento de las víctimas de tiroteos policiales desde fines de 2009 hasta mayo de 2019.

“Resolvimos tantos problemas juntos, pero no hemos resuelto el racial, y ciertamente no con la policía”, dice R.T. Rybak, quien fue alcalde de 2002 a 2014 y ahora es director y presidente de la Fundación Minneapolis, que administra donaciones caritativas.

Antes del asesinato de Floyd, Minneapolis se movía en la dirección correcta. En 2018 se convirtió en la primera gran ciudad estadounidense en abolir la zonificación unifamiliar, un paso que con el tiempo debería reducir la segregación y el costo de la vivienda para todos al aumentar la oferta. Bajo el alcalde Jacob Frey y el jefe de policía Medaria Arradondo, se han tomado medidas para desmilitarizar la policía. Claramente no fue suficiente.

Muchas personas blancas creen que el problema racial del país está más o menos resuelto, sintiéndose absueltos por los éxitos de los deportistas y artistas negros y por sus propias relaciones cordiales con personas de otras razas. El problema es que el racismo está incrustado en la estructura de la sociedad, y el hecho de que no requiere hostilidad deliberada para persistir lo hace más dañino.

Huelga decir que nada de esto es excusa para los disturbios, los saqueos, los incendios provocados y los ataques contra la policía. Los crímenes deshonran la memoria de George Floyd y otros que han muerto. Las autoridades investigan indicios de que algunos de los ataques han sido llevados a cabo o al menos instigados por anarquistas entrenados, cuyo objetivo es la destrucción. Los propietarios de pequeños negocios han perdido sus ahorros de toda la vida. Las ciudades ya golpeadas por el COVID-19 tienen un desafío aún mayor; Detroit y Newark, N.J., nunca se recuperaron por completo de los disturbios de 1967. Incluso el triunfante lanzamiento de la nave espacial tripulada de SpaceX el 30 de mayo para reabastecer a la Estación Espacial Internacional estuvo teñido de tristeza. Algunos recordaron los años sesenta, otra época en que las ciudades estadounidenses ardían mientras los astronautas volaban en el espacio. ¿No ha progresado el país en más de medio siglo?

Trump aprovecha los disturbios para presentarse como presidente de la ley y el orden, amenazando con desplegar tropas en las ciudades. “Tienen que dominar. Si ustedes no dominan, están perdiendo el tiempo. Les pasarán por encima y ustedes van a parecer una panda de idiotas”, dijo el 1 de junio en una videoconferencia con gobernadores y autoridades policiales. Una hora antes, Joe Biden, su probable retador demócrata en las elecciones, mostraba más empatía con los manifestantes en una reunión con alcaldes, al decir: “El hecho es que necesitamos esa indignación, la necesitamos para que nos diga que avancemos”.

Si la indignación es lo que se necesita, como dice Biden, entonces EU tiene mucha. Hay indignación en la izquierda y en la derecha, en los manifestantes y la policía, en las familias de las víctimas y en las familias cuyos negocios fueron carbonizados. No está claro si toda esa indignación hará que Estados Unidos avance. Lo que está claro es la necesidad de que las estructuras de poder de la economía y de las empresas lidien con la vida tal como se vive en las calles, no como la definen los libros de texto.

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