La fría historia del fraude que prometía un internet mucho más veloz para todos
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La fría historia del fraude que prometía un internet mucho más veloz para todos

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La fría historia del fraude que prometía un internet mucho más veloz para todos

bulletQuintillion impresionó a los inversionistas con importantes contratos para fibra óptica, hasta que descubrieron que las firmas eran falsas.

Bloomberg / Austin Carr
04/12/2019
Quintillion, la startup de Alaska que defraudó a inversionistas con un plan de internet más veloz.
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Esta es la historia de Quintillion Subsea Holdings, una startup de telecomunicaciones en Anchorage, Alaska, que soñó con tender un cable de fibra óptica transártico que mejoraría la velocidad de internet en gran parte del planeta.

La idea cautivó al público, como los viajes imposibles de Julio Verne, pero la expedición por el Paso del Noroeste no ha podido llegar a término, el hielo ha sido un escollo, y Elizabeth Pierce, la cofundadora de Quintillion, está hoy en la cárcel por cargos de fraude.

Antes de renunciar en 2017 como directora ejecutiva, Pierce había recaudado más de 270 millones de dólares de inversionistas, impresionados por su capacidad para amarrar importantes contratos de servicios de telecomunicaciones.

El problema era que las personas cuyos nombres figuraban en esos acuerdos no recordaban haber accedido a pagar tanto o, en algunos casos, ni siquiera habían acordado nada. Una investigación interna y un proceso judicial revelarían que Pierce falsificó firmas en contratos por valor de más de mil millones de dólares. A principios de octubre, comenzó a cumplir una sentencia de prisión de cinco años después de declararse culpable de un cargo de delito informático y ocho de robo de identidad agravado.

El Departamento de Justicia de Estados Unidos cree que casi todo el capital de inversión que obtuvo fue adquirido de forma fraudulenta. La compañía intenta reparar su reputación mientras planifica la ampliación de su cableado de Asia a Europa.

Bloomberg

La fibra ártica ha sido una fantasía empresarial por décadas. La creciente demanda de banda ancha motivó a las compañías, entre ellas Google, Facebook y Amazon, a invertir en cables submarinos de alta velocidad que permiten ver Netflix y YouTube con un retraso mínimo. Pero muchos de esos tendidos corren en paralelo en el Atlántico y el Pacífico a lo largo de rutas oceánicas bien establecidas, por lo que la conexión web queda vulnerable a terremotos, sabotajes y otros desastres tanto naturales como provocados por el hombre. Una ruta transártica ayudaría a protegernos contra eso, al tiempo que ofrece una ruta más directa, ofreciendo potencialmente velocidades más altas.

Desde el origen de Quintillion en 2012, Pierce centró sus ambiciones en su estado natal de Alaska, donde el internet satelital era lento y costoso. En teoría, esto representaba una gran oportunidad, en especial porque el cambio climático abrió más caminos para la construcción en el Ártico. Pierce y sus cofundadores, que tenían experiencia trabajando en compañías de telecomunicaciones de Alaska, pensaron que podían construir una banda ancha más rápida y luego venderla al por mayor a proveedores locales de servicios de internet.

El equipo pasó la mayor parte de 2013 realizando investigaciones, evaluando preocupaciones ambientales y negociando rutas de cable con tribus indígenas. Incluso sin completar ninguna ruta intercontinental, el cableado de Alaska con fibra terminaría requiriendo 14 barcos y 275 permisos gubernamentales y autorizaciones de derechos de paso.

Cuando Pierce conoció al dúo de empresarios Doug y Mike Cunningham, que buscaban un proyecto similar con su startup Arctic Fiber Inc. (AFI), decidieron formar una sociedad. Los Cunningham dijeron que podrían recaudar 640 millones de dólares y se comprometieron a supervisar la porción internacional del cable de 15 mil 300 km que se extenderá desde Japón a Inglaterra. Quintillion sería responsable de Alaska, posiblemente el segmento más difícil.

Según documentos judiciales, ninguna gran firma de capital riesgo había invertido en el proyecto Quintillion-AFI antes de 2015. El mercado de las pequeñas comunidades árticas no parecía justificar el enorme gasto inicial, por esa razón en Alaska se usan satélites y antenas de microondas, en lugar de tendidos de fibra, para llegar a centros de baja densidad poblacional.

Los Cunningham propusieron una fusión. Pierce aceptó, pero orquestó una adquisición de los activos de AFI y dejó a los Cunningham fuera de la dirección, según personas familiarizadas con el tema.

En una reunión con el banco de inversión Oppenheimer, una relación que Pierce heredó de los Cunninghams para buscar financiamiento, un analista del banco predijo que Quintillion podría obtener solo 30 millones de dólares en contratos anuales de su cable en Alaska. Pierce prometió 75 millones de dólares anuales.

Oppenheimer inició a su vez conversaciones con Cooper Investment Partners (CIP), una firma de capital privado en Nueva York fundada por Stephen Cooper, CEO de Warner Music. En una reunión introductoria, los representantes de CIP dijeron que la firma invertiría solo si Pierce podía mostrarles contratos que garantizaran una cierta cantidad de ingresos por adelantado.

Aunque Quintillion había tenido dificultades para cerrar tales acuerdos, Pierce convenció al director gerente del CIP, Adam Murphy, de que podía hacerlo, y para principios de 2015, la firma invirtió 10 millones de dólares. La solución de Pierce fue bastante rudimentaria, tanto que sorprende que nadie la haya descubierto antes.

En mayo y junio de 2015, Pierce falsificó sus primeras firmas en contratos con Matanuska Telephone Association, que presta servicios a localidades de Alaska, y los compartió con Murphy a través de Google Drive. Pierce afirmó que estaba por cerrar otra venta gigantesca con Arctic Slope Telephone Association Cooperative, entre cuyos clientes están las comunidades remotas iñupiat y la ciudad de Utqiagvik. Poco después le envió a Murphy un contrato con una firma falsa del CEO de Arctic Slope.

Pierce perpetró engaños similares al menos ocho veces, y los contratos fraudulentos totalizaron más de mil millones de dólares, según documentos de la corte. A veces ella fabricaba acuerdos enteros; otras veces negociaba contratos reales, para luego cambiar páginas clave con términos más favorables.

Al cabo del tiempo, Pierce recaudó 270 millones de dólares de CIP y el banco de inversión francés NatixisSA. “Querías creer en sus buenas intenciones. ¿Cuántas personas estaban organizando proyectos de miles de millones de dólares en Alaska?” dice un fondeador de Quintillion. Esta percepción le dio más brillo a Pierce, cuyo plan para cerrar la brecha digital en Alaska la convirtió en una estrella de las conferencias del sector, codeándose con el entonces gobernador Bill Walker y Ajit Pai, quien hoy preside la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos.

Durante este tiempo, los ingresos de Pierce promediaron al menos 146 mil dólares anuales en salario y otros beneficios, según registros públicos. Ella y su esposo, William, dirigían además un negocio de construcción cerca de la sede de Quintillion en Anchorage. Pero el estilo de vida de la familia tenía un peculiar financiamiento. En 2013, Pierce le mencionó la oportunidad de invertir en Quintillion a un antiguo conocido, Julian Jensen, quien pensó que el proyecto era “estratégicamente viable”. En mayo de ese año, según documentos judiciales, Jensen le entregó el primero de tres cheques por un total de 325 mil dólares, un tercio de sus ahorros.

Pierce depositó ese primer cheque, por 100 mil dólares, en su cuenta bancaria personal. Ese mismo día, según muestran los documentos, abrió su plan de jubilación en Wells Fargo y transfirió 30 mil 500 dólares a la cuenta. También usó los fondos de Jensen para pagar su tarjeta de crédito, la hipoteca, cubrir gastos del hogar e invertir 10 mil dólares en su negocio de construcción. Pierce sí depositó una parte del capital de Jensen en Quintillion: “prestó” a título personal 43 mil dólares a la compañía y gastó 28 mil más para adquirir acciones a su nombre. En 2015, esta misma historia se repetiría con otra conocida suya, Blair (un seudónimo), quien le entregó 40 mil dólares para invertirlos en acciones de Quintillion, pero terminaron en la cuenta de Wells Fargo.

Al año siguiente, Quintillion inició la construcción de su red de cableado submarino, en asociación con Alcatel Submarine Networks Ltd. Pero el fondo marino era más duro de lo esperado y las condiciones climáticas empeoraron. Pierce tuvo que retrasar el proyecto un año.

El costoso revés hizo que eventualmente los inversionistas se asustaran.

Pero cada vez que alguien preguntaba, Pierce los convencía de que sus inversiones eran sólidas, además insistía en que los habitantes de Alaska no confiaban en los extraños y que sería mejor que ella siguiera manejando todos los contactos con clientes.

A principios de 2017, un empleado de Quintillion estaba listo para enviar facturas de los supuestos acuerdos gigantescos de Quintillion, pero Pierce adujo razones para pausar el proceso, probablemente para evitar que se descubrieran sus falsificaciones.

Para mediados de ese año, la directora ejecutiva se había quedado sin excusas para retrasar el envío de las facturas. Su engaño quedó expuesto después de que los clientes, ignorantes de que los había implicado con fuertes sumas de dinero, vieron sus recibos. (Matanuska, por ejemplo, hubiera quebrado de haber comprometido los cientos de millones de dólares que Pierce les endilgó con su firma apócrifa). Los abogados de los clientes de Quintillion impugnaron las facturas y una compañía de telecomunicaciones contactó a CIP. Desconcertado, un empleado de esa firma inició sesión en la cuenta de Google Drive que Pierce compartió.

Pero faltaban los archivos de los contratos. Dos días antes, el 14 de julio, el registro de Google decía: “Elizabeth Pierce envió 78 archivos a la papelera”.

Una semana después, un abogado de CIP cuestionó a Pierce. La CEO, quien llevó a su propio abogado, dijo que no podía recordar las circunstancias de cada firma de contrato. Tras 30 minutos, detuvo la entrevista, arguyendo que la indagatoria era muy repentina. Reprogramaron para el día siguiente, pero horas antes de esa reunión, su abogado canceló y, al día siguiente, presentó la renuncia de Pierce.

Murphy se apresuró a encontrar un sucesor, especialmente porque Quintillion tenía barcos operando cerca de Alaska para completar la red de fibra óptica. CIP contrató a George Tronsrue, un experimentado ejecutivo de telecomunicaciones que se unió a principios de agosto. Quintillion reportó las acciones de Pierce a las autoridades federales a fines de septiembre.

A lo largo de 2017, Pierce se comportó con absoluta normalidad. A principios de 2018 se reunió con Blair, aquella conocida que invirtió 40 mil dólares. Mientras tomaban un café, hablaron sobre la familia. Pierce le contó que había dejado Quintillion para pasar más tiempo en casa y que podría haber un problema con las acciones de Blair en la empresa (en verdad, las acciones no existían). Sin embargo, había buenas noticias: había puesto a Blair como beneficiaria de su seguro de vida. “¿Por qué hiciste eso?”, preguntó Blair confundida. Pierce respondió crípticamente: “Nunca se sabe lo que puede pasar”.

En abril de 2018, el Departamento de Justicia anunció el arresto de Pierce.

Poco después, su familia vendió su residencia de Anchorage y compró una casa en Texas que fue puesta a nombre de Bill (una estrategia que según los fiscales buscaba proteger sus activos).

En una tarde helada de mayo, Tronsrue nos lleva a Utqiagvik, la comunidad más septentrional de Estados Unidos, y en las afueras del pueblo nos detenemos en un nodo de la red de Quintillion.

Para unir el cable submarino a su fibra terrestre, la startup tuvo que perforar un canal de un kilómetro y medio a 24 metros de profundidad, desde el océano hasta esta boca de acceso enterrada en la nieve, y empalmar los cables. En una cercana estación de aterrizaje de señal, me muestran los cables por donde entran y salen los datos submarinos y terrestres a los clientes de Alaska.

Tronsrue cuenta que después del escándalo de Pierce pasó meses restableciendo las relaciones de Quintillion con los clientes. Pudo recuperar algunos contratos; otros se desmoronaron. Al final, Alaska obtuvo su red de cable submarina, que se extiende alrededor de su costa. Quintillion estima que brinda internet moderno a unos 10 mil residentes, además de escuelas locales, hospitales y otros clientes comerciales. Crawford Patkotak, capitán de un barco ballenero y presidente de Arctic Slope Regional Corporation, un grupo empresarial y accionista minoritario en Quintillion, afirma que la compañía introdujo a Utqiagvik a la era digital.

Pero en el Centro de Investigación del Ártico en Utqiagvik, usado por muchas agencias gubernamentales para estudiar el cambio climático, nuestro guía se queja de que la red no ha mejorado. En el Colegio Ilisaġvik, el director operativo Brian Plessinger se queja de que, desde que se cambió a la fibra de Quintillion, el nuevo servicio “no ha marcado la diferencia. Pagamos 9 mil 500 dólares al mes por solo 10 megabits, pero con 2 mil estudiantes, va lento”.

No está claro si Quintillion llevará a cabo su objetivo más ambicioso de tender un cable de Internet entre Asia y Europa a través del Paso del Noroeste. Tronsrue insiste en que el objetivo no ha cambiado, aunque reconoce que se necesitarán 800 millones de dólares para financiarlo.

En tanto, Matanuska Telephone Association anunció recientemente un cable desde el Polo Norte hasta Estados Unidos, y una compañía finlandesa está construyendo su propia fibra ártica de 600 millones de dólares. Pierce parece haber demostrado que hay potencial en este mercado, incluso si su visión de un Paso del Noroeste para Internet sigue siendo un sueño.

Durante su sentencia, Pierce y su abogado arguyeron que ella no ganó mucho personalmente de la estafa y que los fondos de CIP se destinaron a Quintillion. Es cierto que CIP no lo perdió todo. Los documentos judiciales indican que si bien los contratos de telecomunicaciones de Quintillion generarán 480 millones de dólares menos de lo que proyectó Pierce, las ganancias anuales podrían alcanzar en 2023 las cifras prometidas para 2018.

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