La ‘Cuarta Transformación’
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La ‘Cuarta Transformación’

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La ‘Cuarta Transformación’

Enrique Quintana indica que las estrategias de AMLO distan mucho de producir una transformación en el país como la que se generó con los movimientos de Independencia, Reforma y Revolución.

Por Enrique Quintana
29/11/2018
Se ha popularizado tanto la expresión “Cuarta Transformación”.
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Bloomberg Businessweek

Se ha popularizado tanto la expresión “Cuarta Transformación”, que muchas veces ya no percibimos ni su significado ni sus implicaciones.

A lo largo de su campaña, AMLO empezó a usar esta referencia para dimensionar la profundidad del cambio que pretendía encabezar.

Las primeras tres transformaciones de la historia del país a las que él se refiere corresponden a los movimientos de Independencia, Reforma y Revolución.

Todos ellos sacudieron y redefinieron a México, y ocurrieron a través de prolongados conflictos armados.

La Independencia correspondió propiamente a la creación del país como entidad política independiente y costó una década de guerras que destrozaron buena parte de la sociedad y la economía de esa época.

La Reforma implicó la eliminación de privilegios de parte de algunos grupos, en especial los vinculados a la iglesia católica, y el triunfo de la visión liberal de la vida política nacional sobre la visión conservadora.

Igualmente, fueron muchos años de guerras intestinas, invasión de potencias extranjeras y separación del territorio.

La Revolución fue uno de los grandes movimientos sociales de principios del siglo XX e implicó una completa reconstrucción institucional del país luego de casi una década de guerra civil.

El referirse a su gobierno como “Cuarta Transformación” por parte de AMLO debería generar suspicacia respecto a lo que imagina que hará desde la presidencia de la República.

Luchar contra la corrupción y la pobreza parecen ser algunas de las divisas más frecuentes en sus planteamientos y discursos pero, por más importante que sean estas estrategias, distan mucho de producir una transformación en el país como la que se generó con los movimientos sociales con los que quiere equipararse el próximo presidente de México.

Todos ellos tuvieron como desenlace una auténtica redefinición institucional de la vida del país.

La Independencia dio lugar a la primera constitución política, la de Apatzingán, y a la creación misma de México.

La Reforma cambió la constitución en 1857, y también rehízo completamente el modelo político de México.

Finalmente, la Revolución de 1910 transformó la República Mexicana de cabo a rabo. Y, desde luego, implicó la creación de una nueva constitución, misma que aún está vigente.

Algunas figuras del movimiento de AMLO, como Porfirio Muñoz Ledo, no han tenido empacho en hablar de una nueva constitución para el país como producto de esta “Cuarta Transformación”, así no sea un tema que esté en la agenda en el arranque de este gobierno.

Ya hay un precedente reciente en la Ciudad de México. Hace poco más de dos meses entró en vigor su nueva constitución y hace poco más de dos años comenzó a sesionar la Asamblea Constituyente que dio pie a ese documento, que presidía precisamente el actual presidente de la Cámara, Muñoz Ledo.

Si la denominación empleada por AMLO es precisa, deberíamos esperar que en algún momento de su mandato propusiera la formación de una Asamblea Constituyente para redactar una nueva norma fundamental para el país.

Si se trata de una mera figura retórica para subrayar la trascendencia de su movimiento, entonces lo más probable es que tengamos en todo caso reformas constitucionales, como las que ya se propusieron para crear la Guardia Nacional o para derogar la reforma educativa, pero no un replanteamiento completo de la Constitución Política del país.

Pero si la denominación es más que retórica, entonces se genera una gran interrogante.

Es pronto para definir el derrotero de la gestión de AMLO. Pero lo que sí se puede anticipar es que no va a ser una era de estabilidad y certidumbre en México.

Una frase que se escucha con frecuencia es que no se puede reinventar el país cada seis años.

Frente a ello, López Obrador responde de facto a dicha expresión señalando que su tarea es precisamente reinventar el país.

Eso implica una renovación completa de la vida nacional.

Empezaremos a ver, el 1 de diciembre, nuevos rituales y costumbres en la política. Pero también veremos hechos significativos que marcarán diferencias claramente visibles.

Pronto habrá acceso a las instalaciones de Los Pinos, en las que los visitantes se impresionarán y se construirá la narrativa del lujo y derroche por parte de las administraciones anteriores.

Se contrastará con un Presidente Constitucional a quien se verá haciendo fila en los aeropuertos y viajando en asientos de clase turista en algunas giras que realice por el país.

Esos y otros hechos más bien simbólicos serán la carta de presentación de la “Cuarta Transformación”.

El problema que hay es que una parte amplia de la sociedad que no está convencida de que se requiera cambiar de esa manera tan radical al país.

Y no está claro cuál puede ser la reacción de los grupos que quieren un cierto grado de continuidad.

La trayectoria política de AMLO marca dos perfiles.

Uno de ellos es el político eficaz y pragmático. Es el que conocieron muchos de los que interactuaron con él en la Ciudad de México durante su gestión como Jefe de Gobierno.

Podría haber diferencias en algunos temas con él, pero no fue un gobernante que polarizara a la capital.

Sin embargo, otro personaje fue el que apareció durante la campaña electoral de 2006 y más claramente tras su derrota.

El perfil de ese personaje ya no fue el político pragmático y conciliador sino el personaje mesiánico, que tomó la decisión de hacer el plantón en Paseo de la Reforma y luego constituir un “gobierno legítimo”.

López Obrador tiene las dos pulsiones. Y como sucede con personajes relevantes, también a su alrededor hay quienes las encarnan. Hay colaboradores eficaces, pragmáticos y conciliadores, y también hay quienes no verían mal que el país se pusiera “patas arriba”, para forzar la “Cuarta”.

Todo indica que, durante la primera parte de su mandato, AMLO procurará que la visión pragmática sea la que se imponga y que se genere una relativa tranquilidad entre el mundo de la inversión y la empresa.

Pero no es nada remoto que en la segunda mitad de su mandato vaya a ajustarse la estrategia y se pretenda hacer realidad el cambio institucional y constitucional, que una visión como la de AMLO demanda.

Para ello, en las elecciones intermedias de 2021 se requiere que su movimiento se imponga en las elecciones federales y estatales de modo abrumador.

Al mismo tiempo que la recuperación de la confianza es una condición para asegurar ese resultado, también lo es consolidar la fuerza de su movimiento.

Las encuestas muestran un crecimiento de la popularidad de AMLO después de las elecciones y una gran crisis del resto de las fuerzas partidistas.

Si esta circunstancia no se revierte de alguna forma, crecerán ampliamente las probabilidades de que Morena y sus aliados obtengan un gran triunfo en 2021, y se abra paso a una etapa de transformaciones radicales en el país.

En ese escenario la “Cuarta Transformación” dejaría de ser esa figura retórica y hasta divertida de la que hoy se habla y se convertiría en una fuerza que redefiniría de manera completa las reglas a través de las cuales la sociedad mexicana ha estado organizada en el último siglo.

No es algo para tomarse a la ligera.