El paradigma perdido
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El paradigma perdido

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El paradigma perdido

El presidente López Obrador no ha esbozado una política económica coherente que en verdad haga frente al neoliberalismo que dice combatir.

Bloomberg Opinion Por Enrique Quintana
22/08/2019
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Bloomberg Businessweek

Algunos observadores quizás piensen en el gobierno de López Obrador como algo inédito. Autor, como él dice, de la Cuarta Transformación de la historia de México.

La realidad es que la aparición de personajes como el actual presidente mexicano no es un hecho extraordinario si volteamos hacia el mundo.

Pero, además, su perfil tampoco es tan inusual si analizamos lo que ha pasado en el país en el último siglo. Y no, no hay que remontarse hasta Juárez para encontrar esos paralelos.

El triunfo de López Obrador en las elecciones del 2018 no fue un hecho aislado.

Se trata de una expresión más de la insatisfacción de los electores respecto a los llamados regímenes ‘neoliberales’, es decir, proclives al mercado, a la competencia y abiertos a un mundo globalizado.

El triunfo de esta visión empezó a producirse en la década de los 80 y adquirió una fuerza renovada tras la caída del Muro de Berlín y el fin del comunismo en 1989.

Parecía que ya no había opciones políticas diversas y que una sola había triunfado finalmente.

Sin embargo, los partidos políticos que respaldaban esta visión han perdido sistemáticamente las elecciones en los últimos años.

Quizás la expresión más clara e importante de este hecho es el triunfo de Donald Trump en Estados Unidos, con un discurso claramente proteccionista, de tendencias antiinmigrantes y orientado a cerrarse al mundo.

Pero aun en una democracia centenaria como la de Reino Unido, la votación a favor del Brexit en el 2016 implicó el mismo síntoma.

Las sociedades de Estados Unidos y Gran Bretaña buscaban opciones y las encontraron en discursos antisistema. En un caso rompiendo con los políticos de siempre y en el otro, buscando escapar de Europa y sus problemas.

En Brasil, el gigante de América Latina, ante la decepción por una clase política corrupta, llegó al poder un populista de derecha, Jair Bolsonaro.

En Argentina, todo apunta a la derrota del régimen liberal de Mauricio Macri y el retorno del peronismo, con Alberto Fernández en la presidencia y Cristina Kirchner en la vicepresidencia.

En otros casos vemos una crisis de las fuerzas tradicionales. En España, no se logra conformar un gobierno pese a el triunfo de los socialistas. En Francia, el triunfo de Emmanuel Macron reflejó la crisis de las fuerzas tradicionales, pero ahora es el propio gobierno de Macron el que hace agua.

En Italia, la ultraderecha adquiere cada vez más fuerza e influencia ante partidos que están en bancarrota política.

Otras naciones importantes en el mundo, como Turquía o Filipinas, están bajo el dominio de un dictador que tiene un amplio apoyo popular.

No es ninguna novedad señalar que hay un malestar generalizado de poblaciones que están desencantadas de los resultados económicos ofrecidos por el modelo que es conocido como “neoliberal” y que han respaldado a fuerzas políticas o personajes que ofrecen otras opciones o que por lo menos las representan en el discurso.

Cada sociedad en la que se han producido estos giros tiene su peculiaridad, pero no se puede ignorar que hay un gran telón de fondo que es común en casi todos estos casos.

El problema que existe es que a diferencia del “neoliberalismo”, que tenía un conjunto de principios y visiones, los que se oponen a él no cuentan con un paradigma o discurso económico articulado. Así que las opciones que se ofrecen son completamente diversas y, en muchos casos, distantes unas de otras.

Hay algunos casos en los que puede haber resultados económicos razonablemente buenos y otros en los que se han producido auténticos desastres.

El gobierno de López Obrador no cuenta con una visión económica claramente articulada. Solo hay algunos brochazos que no ofrecen una perspectiva coherente. Por un lado, está el tema del combate a la corrupción. Pero también la reducción del gasto público y la austeridad como vehículo para mantener los equilibrios fiscales. Además, se encuentra la intención de fortalecer a las empresas estatales del sector energético. Igualmente hay toda una vertiente de política social orientada a la entrega directa de recursos a segmentos menos favorecidos, como el programa Jóvenes Construyendo el Futuro. Pero igualmente está el respaldo al libre comercio y el mantenimiento de nuestro acuerdo comercial con Norteamérica (T-MEC).

No es un fenómeno exclusivo del gobierno mexicano. La realidad es que no se ha desarrollado un paradigma económico que pueda reemplazar al liberalismo o neoliberalismo.

La personalidad de AMLO, como la de otros dirigentes políticos en esta era de cambios y desencantos, es altamente carismática, lo que le produce un respaldo suficientemente importante, sobre todo entre los sectores de menores ingresos.

Es un político de una habilidad extraordinaria que supo mantenerse vigente y transformarse al paso de los años. No es fácil perder dos elecciones presidenciales y volver a intentarlo exitosamente una tercera vez.

AMLO maneja como pocos los símbolos. Genera atención pública y agenda.

Quizás al único expresidente al que se le parezca en su personalidad y estilo sea a Lázaro Cárdenas.

La gran diferencia es que Cárdenas fue un constructor de instituciones políticas y del Estado, al punto que, al dejar el poder, dejó un partido político articulado, del cual nació años después el PRI, así como un Estado más robusto.

AMLO no parece orientado a fomentar la construcción de un partido. Morena sigue pareciéndose más a un movimiento social que a un partido político formal.

Y la construcción institucional tampoco es lo suyo. Aprecia más un Estado mucho más ligero, que dependa más de los personajes, como él, que de burocracias especializadas o de aparatos administrativos.

Ese hecho genera una cierta fragilidad en sus acciones, que dependen de su presencia para tener solidez.

No se ve sencillo que durante la administración de López Obrador se genere un paradigma nuevo en materia económica. Su propuesta de escribir un libro denominado “La Economía Moral” o al menos con un título parecido, indica que está más preocupado de la vertiente ética de la política pública de que la sustancia de esta.

Esa falta de articulación es lo que conduce a algunos empresarios a calificar las decisiones del presidente como “erráticas”, como le fue dicho a Dan Cancel, periodista de Bloomberg.

Quizás la ratificación del nuevo tratado con Norteamérica pudiera generar la percepción de que más allá de la conducción concreta de la economía, sería factible contar con un marco legal e institucional que diera certeza a las políticas de los próximos años.

Más allá de los temas estrictamente comerciales, el TLCAN siempre se vio como una garantía de permanencia de reglas del juego básicas.

La amenaza de Trump de abandonar el acuerdo comercial generó desde finales de 2016 una condición de incertidumbre que se amplificó al cambiar el gobierno.

Quizás los representantes demócratas, y especialmente la señora Nancy Pelosi, su líder, no lo sepan, pero su decisión respecto a ratificar o no el nuevo tratado podría estar determinando en una medida importante el curso de la economía mexicana en los siguientes años.