El mexicano que casi pierde la vida en el Tíbet tiene un consejo clave para los emprendedores
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El mexicano que casi pierde la vida en el Tíbet tiene un consejo clave para los emprendedores

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El mexicano que casi pierde la vida en el Tíbet tiene un consejo clave para los emprendedores

bulletA través del alpinismo, este mexicano ha transmitido valores únicos que resultan vitales en la montaña y en la vida diaria.

Eduardo Bautista
29/11/2019
Héctor Ponce de León, alpinista mexicano.
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Ingmar Bergman sostenía que escalar una montaña es como envejecer: mientras más alto se llega, las fuerzas disminuyen, pero la mirada se vuelve más libre y la perspectiva más amplia. A Héctor Ponce de León le pasó así a los 18 años, cuando decidió que lo suyo no era la universidad ni la oficina. Bergman diría que Héctor envejeció joven.

A este mexicano de 51 años, el alpinismo le ha dejado muchas enseñanzas. En 1998, escaló la pared sur de una montaña del Tíbet, el Shishapangma, con la adrenalina que solo debe sentirse cuando se está a más de 2 mil 500 metros del mundo conocido.

Sin embargo, lo que fue una travesía planeada para tres días acabó en una pesadilla de poco más de una semana. Sin comida y sin gas para fundir la nieve y beber agua, Héctor temió por su vida y la de su amigo Andrés Delgado, quien lo acompañó en la travesía.

“Me hice a la idea de que hasta ahí iba a llegar”, confiesa. “Pero de alguna manera encuentras reservas de energía que no sabías que existían y sobrevives”.

Hace poco más de un mes, Héctor se convirtió en el primer hombre en subir desde el nivel del mar hasta la cumbre del Kilimanjaro, en África, en 32 horas. Fueron 21 horas de movimiento continuo y 11 más entre transiciones, cruce de fronteras y descansos. Ahora posee el segundo mejor tiempo en la historia bajo esta modalidad y el primero por esa ruta.

Hay momentos que marcan. El de Héctor ocurrió cuando a los 12 años hizo su primer ascenso al Popocatépetl. Desde entonces no ha sabido diferenciar entre la vida y la montaña. Ha llegado incluso a creer que se trata de la misma cosa. En ambos menesteres, asegura, el individuo no elige su destino: es víctima de las circunstancias y no queda más que adaptarse a ellas.

Escalar el Everest, el Himalaya, el Karakórum, las Rocosas y los Alpes no le parece suficiente. Para él, la montaña es también una forma de vida. Y ha sabido explotarla en prácticamente cualquiera de sus áreas de oportunidad: guía de expediciones, fotografía de montaña, conferencias motivacionales, coaching para empresas y hasta causas sociales.

A Héctor no le bastó haber sido el primer mexicano en ascender el lado norte del Everest (a cuya cima ha llegado en tres ocasiones). Para qué si también podía ser el primer y único del mundo en guiar y, de paso, filmar ahí para Discovery Channel.

Héctor trabaja para National Geographic un día y otro escala con un equipo de mujeres que han padecido o superado el cáncer de mama. Una hazaña que eriza la piel y que ha quedado plasmada en el documental Un paso, una cumbre.

Sus conferencias son un éxito en el mundo empresarial. Para Héctor, la montaña es la prueba piloto de los negocios. En ella, dice, se gestan valores como trabajo en equipo, liderazgo y lealtad. Entre sus clientes destacan Pepsico, Banamex, JP Morgan, Ixe, Nestlé, Novartis y Danone.

“Es en la adversidad cuando nos definimos como seres humanos”, afirma. “La muerte de amigos durante los ascensos es lo que más me ha hecho reflexionar sobre esta actividad. Creo que el miedo es natural, pero no debemos dejar que se convierta en pánico, porque eso nos lleva a la inmovilidad".

Su conclusión resulta útil, casi vital, para pequeños, medianos y grandes empresarios: la montaña, como los negocios, siempre debe ser vista como un viaje de exploración hacia uno mismo.

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