El distópico mundo de Wuhan después del confinamiento
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El distópico mundo de Wuhan después del confinamiento

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El distópico mundo de Wuhan después del confinamiento

bulletEl epicentro de la pandemia retorna a la vida, pero a una muy distinta a la que conocía.

Bloomberg
15/05/2020
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A las afueras de Wuhan, en la fábrica de teléfonos y tablets de Lenovo, los trabajadores pasan por al menos cuatro controles de temperatura apenas llegan. Cualquier persona por encima de los 37.3 grados activa en automático una alerta que desencadena una investigación del “equipo antivirus” de la planta.

Las rutinas diarias en la fábrica, que reanudó operaciones el 28 de marzo tras más de dos meses de cierre debido a la pandemia de coronavirus que comenzó justo en esta ciudad del centro de China, se han rediseñado por completo para minimizar el riesgo de contagio.

Antes de reincorporarse al trabajo, el personal tuvo que hacerse la prueba tanto del virus como de los anticuerpos que demuestran la recuperación. Los que aprobaron ambas, volvieron a sus puestos para encontrarse salas de reuniones para seis con capacidad restringida a tres, mesas con mamparas divisorias para evitar la conversación a la hora de comer, letreros por doquier que indican cuándo se desinfectaron las áreas por última vez y un despliegue de robots para transportar suministros, a fin de reducir la cantidad de personas que se mueven de un lugar a otro.

Ellos, como millones de personas en Wuhan, intentan adaptarse a una vida económica y social después de la peor pandemia en un siglo. En algunos aspectos están en una buena posición. El brote en la provincia de Hubei alcanzó su pico a mediados de febrero y, según las estadísticas oficiales, casi no hay nuevos contagios. Sin embargo, los científicos advierten que el nuevo coronavirus es sigiloso y resistente, y aún es posible un rebrote hasta que haya una vacuna confiable. El dilema es cómo equilibrar ese riesgo con la necesidad de reactivar un centro industrial de más de 10 millones de personas. Es algo que otros gobiernos del mundo empiezan a enfrentar.

Hasta ahora, la respuesta de Wuhan ha sido crear una versión de la normalidad que podría parecerle completamente chocante a los habitantes de Londres, Milán o Nueva York, al menos por el momento. Si bien las rutinas diarias se han reanudado en gran medida, sigue habiendo restricciones importantes en una amplia variedad de actividades, desde funerales hasta reuniones en casa. Bajo el poderoso Estado de vigilancia chino, incluso las interacciones más simples están mediadas por una enorme infraestructura de monitoreo público y privado destinada a garantizar que ningún contagio pase desapercibido.

Y aunque los ciudadanos pueden volver en cierta manera a la vida que tenían antes de enero, no está claro, después de lo que han sufrido, si realmente quieran hacerlo. Los centros comerciales y los grandes almacenes están abiertos nuevamente, pero en su mayoría vacíos, igual que los restaurantes.

En este reajuste económico, la planta de Lenovo saldrá bien parada. Las tablets tienen gran demanda ahora que las escuelas de todo el mundo cambian a las clases virtuales, y las empresas que contemplan un futuro de home office no van a escatimar en presupuesto tecnológico. Desde que reabrió, la fábrica ha contratado a más de mil trabajadores, de suerte que la plantilla en el sitio supera los 10 mil y las líneas de producción están funcionando a plena capacidad.

Con todo, Qi Yue, jefe de operaciones en Wuhan para Lenovo Group, está plenamente consciente de cuán rápido se paralizaría todo si un solo empleado contrajera el virus. “En las reuniones con mi personal siempre les digo ‘No bajemos la guardia, no bajemos la guardia’. No podemos permitirnos ningún accidente”.

Más del 80 por ciento de los casi 84 mil casos confirmados de COVI-19 en China, y más del 95 por ciento de las 4 mil 600 muertes confirmadas, se dieron en la provincia de Hubei, donde Wuhan es la capital y la ciudad más poblada. Controlar el brote allí requirió un esfuerzo hercúleo.

Hubei fue, por tanto, la última región de China en retomar las actividades diarias, las restricciones a la movilidad se levantaron paulatinamente desde fines de marzo hasta el 8 de abril, más de tres meses después de que comenzara la epidemia. El gobierno presentó el momento como una victoria decisiva, parte de un empeño integral para reescribir la narrativa del virus como un triunfo del Partido Comunista, en contraste con su propagación catastrófica en las democracias occidentales.

En la noche del 7 de abril, la gente comenzó a llegar a la estación de Wuchang, uno de los tres grandes nudos ferroviarios en Wuhan. El primer tren en salir en semanas partió pasada la media noche rumbo a Guangzhou. Había policías por todas partes. “¡Escanee su código!”, les gritaban a los pasajeros que se acercaban a las puertas de embarque. Para lidiar con el COVID-19, China desarrolló un “código sanitario”, un sistema público-privado alojado en las aplicaciones Alipay y WeChat, pero profundamente vinculado con el gobierno, que asigna a cada ciudadano uno de los tres estados de riesgo viral (rojo, amarillo o verde). Es una herramienta poderosa con un claro potencial para el abuso. Un código QR verde denota un bajo riesgo de tener el virus, mientras que entrar en contacto con una persona infectada puede desencadenar un código amarillo y una cuarentena obligatoria. El rojo es para un caso sospechoso o confirmado. Viajar entre ciudades, por supuesto, exige un código verde.

En la entrada de cada centro comercial o edificio público hay guardias con escáneres de temperatura, listos para rechazar a cualquiera cuya lectura sea demasiado alta. El código verde, necesario incluso para viajar en metro, se ha convertido en la posesión más preciada de la ciudad, y es fácil de perder. El simple hecho de visitar un edificio al mismo tiempo que una persona que luego se descubre contagiada puede convertirlo en amarillo. Y los complejos de departamentos aún se reservan el derecho de prohibir que los residentes abandonen el inmueble si se denuncian casos allí, como ocurrió durante el confinamiento.

Incluso en la primera ciudad en enfrentar el virus, que aplicó uno de los esfuerzos de contención más intensos en la historia de la salud pública, el peligro sigue siendo grave. “Los casos asintomáticos y los casos importados siguen siendo riesgos”, dijo a la prensa Wang Xinghuan, presidente de uno de los principales hospitales de la ciudad. Y muchos residentes aún son susceptibles. El hospital de Wang administró pruebas de anticuerpos a los 3 mil 600 miembros de su personal, y menos del 3 por ciento dio positivo, un resultado que muestra que “no hay inmunidad de rebaño en Wuhan”. Solo hay una forma, dijo, de proteger a la población de manera duradera: una vacuna.

Sin embargo, las empresas de Wuhan esperan un retorno seguro pero rápido al consumo. En vísperas de la reapertura de la ciudad a los negocios, los vendedores de un concesionario local de Audi recibieron las recomendaciones de su gerente, “El cliente no les dirá si no se siente bien, así que traten de no traerlos a la tienda. Solo hablen con ellos en la entrada si es posible”. Después de reabrir el 23 de marzo, el concesionario ha vendido siete autos por día, la misma tasa del año pasado a pesar de todas las restricciones. La mayoría son vehículos de gama baja, como el A3, que se vende por unos 28 mil dólares. “La gente no quiere tomar el transporte público en Wuhan, y no se atreven a viajar por Didi”, explicó el director de marketing. Ante esa oportunidad, el concesionario ampliará su plantilla actual.

No todos los negocios en Wuhan se han encontrado con panoramas tan alentadores en el desconfinamiento. Benny Xiao es director de operaciones internacionales de Wuhan Boyuan Paper & Plastic, una empresa de vasos desechables, el tipo de bienes que aún forman la columna vertebral de la industria china. En su caso, los pedidos en la primera mitad del año se desplomaron 50 por ciento porque sus clientes principales son las aerolíneas, un sector muy golpeado por la pandemia. Aunque ha reabierto, la cosa no pinta bien. “Esta es la crisis más grande que he visto en mi vida”, apunta.

Tiene razón, para un país que ha experimentado un crecimiento ininterrumpido durante toda la memoria viva de cualquier persona menor de 50 años, los baches económicos son algo desconocido. La economía china se contrajo 6.8 por ciento en el primer trimestre del año y el Fondo Monetario Internacional estima que solo crecerá 1.2 por ciento en 2020, el peor nivel desde 1976. Mientras tanto, el desempleo urbano alcanzó un récord de 6.2 por ciento en febrero antes de retroceder levemente en marzo. Y no está claro cómo se desempeñará China en un mundo donde Europa, Estados Unidos y otros mercados clave para sus productos están coqueteando con la recesión.

La entrada al cementerio Biandanshan de Wuhan está bloqueada por una serie de barreras amarillas y cercas de metal temporales, vigiladas por la policía. Hasta el 30 de abril nadie tenía permitido ingresar, hoy el acceso es controlado. Oficialmente, Wuhan no ha reportado muertes recientes por COVID-19, pero el tratamiento de quienes fallecieron sigue siendo un tema sensible. El día en que honran a sus muertos, el “día de barrer las tumbas”, celebrado a principios de abril, los cementerios permanecieron cerrados. Los funerales han sido prohibidos al menos hasta mayo, y los familiares de los fallecidos han dicho que las autoridades los presionan para llorarlos rápida y silenciosamente. Según el gobierno, estas medidas son mera cuestión de salud pública, pues las reuniones familiares son un posible vector de contagio. Pero las restricciones también evitan que los funerales se conviertan en un lugar para que la gente exprese su malestar por cómo se manejó la epidemia, o plantee preguntas incómodas sobre temas como el verdadero número de muertos en China.

Algunos profesionales de la salud mental en Wuhan han manifestado su temor de que la imposibilidad de llorar y despedir adecuadamente a los seres queridos tenga consecuencias psicológicas profundas y permanentes. Los residentes de la ciudad fueron los primeros en sufrir el aislamiento social sin precedentes que se ha repetido en todo el mundo, y sin duda eso marcará a muchos, en especial si se suma una recesión económica prolongada.

Yao Jun sabe que debe luchar para salir adelante. Es fundadora y gerente de Wuhan Welhel Photoelectric, compañía que fabrica cascos y máscaras para soldador que exporta a Francia, Alemania y Estados Unidos. Regresó a trabajar el 13 de marzo después de franquear un viacrucis burocrático que evaluó la capacidad de Welhel para prevenir contagios. “No podemos permitirnos uno solo”, dijo Yao. La planta intenta sacar los pedidos que no pudo completar en los primeros meses del año, sin saber a ciencia cierta si los clientes en mercados en cuarentena podrán recibir las entregas, o si habrá más pedidos.

A pesar de las incertidumbres, trata de concentrarse en el trabajo en lugar de pensar en lo ocurrido. “No puedo ver noticias sobre trabajadores médicos sin llorar”, dijo conteniendo las lágrimas por el personal sanitario que sucumbió al COVID-19. “Estas muertes no son solo números o nombres extraños para mí. Son vidas”. Cree que muchos de sus vecinos y colegas experimentan emociones similares.

“Muchas personas están traumatizadas, pero no pueden reconocer el problema o expresar sus sentimientos”, indicó.

Incluso después de acontecimientos aparentemente devastadores, el comportamiento humano tiene una forma de volver a lo de antes. En las semanas posteriores al 11 de septiembre, los comentaristas predijeron el fin de la globalización, de los rascacielos, de la ironía, cosa que no pasó. Tras la crisis financiera mundial, los bancos y los compradores de viviendas volvieron a las hipotecas riesgosas, y los muy ricos volvieron a los niveles de exceso anteriores a 2008.

Es razonable pensar que esta vez será diferente. Casi nadie vivo hoy ha sufrido una pandemia tan severa, y el problema básico que genera (que cualquiera, ya sea amigo, familiar o extraño, puede ser un vector de contagio) es especialmente corrosivo para las interacciones diarias que mantienen a los países y las economías en marcha. Una vacuna eficaz puede tardar al menos un año, y tomando en cuenta lo que hemos aprendido sobre la velocidad con que un nuevo patógeno puede paralizarlo todo, ni siquiera eso podría restaurar el mundo como era antes. Wuhan fue el primer lugar en atravesar ambos lados de la curva del COVID-19, y la forma en que cambie la ciudad después de la enfermedad nos dirá mucho a los que todavía estamos en ese camino.

Muchos de los métodos que aplica la ciudad no podrán replicarse. Muy pocos gobiernos podrían organizar esa vigilancia antiviral ubicua que China está tratando de implementar, incluso si quisieran. Y menos aún tienen poblaciones que la tolerarían. Pero cualesquiera que sean las tácticas, la lección clave de Wuhan podría ser que el precio de vencer al virus es una vigilancia interminable y un reordenamiento de prioridades que será difícil de aceptar para muchos.

Ma Renren, propietario de una pequeña agencia de marketing, no deja de hacerse esas preguntas. Este empresario de 32 años llegó a escribir una carta con sus últimas palabras cuando sospechó que estaba enfermo. “Sabía que si terminaba en el hospital, tal vez no volvería a casa”. Hoy intenta recomponer su negocio y su vida. “No queda de otra más que seguir adelante”, expresa. Sus ambiciones inevitablemente han bajado, y por el momento lo acepta. “Trabajamos sin parar durante años, persiguiendo todas las oportunidades”. Ahora, “todos los que conozco tienen un objetivo para 2020: sobrevivir”.

Sharon Chen y Matthew Campbell, Claire Che y Sarah Chen con la colaboración de Gao Yuan, Haze Fan y Jinshan Hong