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Cinco cosas que se deben hacer bien antes de la próxima pandemia

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Cinco cosas que se deben hacer bien antes de la próxima pandemia

bulletLa próxima crisis epidemiológica (y las que le siguen) no tiene por qué ser tan grave si planificamos con anticipación.

Bloomberg / Robert Langreth, James Paton y Riley Griffin
22/02/2021
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En enero de 2017, la Autoridad de Investigación y Desarrollo Biomédico Avanzado de Estados Unidos (BARDA, por sus siglas en inglés) recibió una propuesta de 112 páginas que describía una estrategia para atajar futuras pandemias. El documento enumeraba tecnologías a seguir para la elaboración de vacunas, incluido el ARN mensajero y los vectores adenovirales, y recomendaba crear un equipo de 180 científicos, médicos y más expertos para llevar a cabo el plan. Ofrecía detalles técnicos, un organigrama y un costo de 595 millones de dólares en 10 años.

El Congreso de EU creó BARDA en 2006 precisamente para ello. Tiene la encomienda de desarrollar y adquirir medicamentos y vacunas, y garantizar que el país estudie contramedidas para combatir el bioterrorismo y la guerra química, así como la influenza pandémica y otras amenazas emergentes. Sin embargo, la agencia ha sido pequeña y la propuesta, presentada por GlaxoSmithKline Plc, habría supuesto una de sus iniciativas más ambiciosas. Tras el brote de ébola de 2014 en África occidental, por el que murieron 11 mil personas, los investigadores de Glaxo querían identificar los virus que pudieran causar epidemias. “La idea era hacer vacunas contra todos los virus”, dice Moncef Slaoui, quien presidía la división de vacunas de la compañía y luego sería principal asesor de la Operación Warp Speed de la administración Trump.

Glaxo tenía un laboratorio subutilizado y una planta de biotecnología Maryland y ya estaba reubicando a sus investigadores de vacunas allí como parte de una reorganización corporativa. Según la propuesta presentada a BARDA, la compañía proporcionaría personal e instalaciones en Rockville, mientras que las agencias gubernamentales y las organizaciones sin fines de lucro financiarían el desarrollo de vacunas para múltiples tecnologías de plataforma a través de ensayos iniciales en humanos.

De esa manera, si ocurría un brote, Glaxo tendría vacunas listas para los ensayos de fase final.

La farmacéutica pasó meses refinando la propuesta y tenía razones para creer que recibiría financiamiento. Los funcionarios de BARDA se reunieron con científicos de Glaxo en múltiples ocasiones e instaron a la compañía a presentar una propuesta formal. Tras remitirla, BARDA la evaluó por varios meses. Finalmente, a fines de 2017, la agencia sugirió que Glaxo presentara un plan centrado en la influenza. Esa propuesta tampoco fue financiada, lo que dejó al mundo sin un arma clave contra virus cuando se descubrió el patógeno que causa el COVID-19.

Desde entonces se han desarrollado vacunas con enfoques similares a los de Glaxo. Durante la pandemia muchas de las vacunas se beneficiaron de subvenciones de BARDA y de investigaciones del gobierno. Fue un fracaso no planificar con antelación, un error que coincidió con la decisión de la Casa Blanca de disolver la unidad de respuesta a las pandemias en el Consejo de Seguridad Nacional en 2018 y la incapacidad de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades para tener pronto una prueba COVID.

A fines de 2019, todos los expertos en enfermedades infecciosas sabían que algo como el nuevo coronavirus llegaría tarde o temprano. No obstante, a pesar de la trágica situación actual, la próxima pandemia no tiene por qué ser tan grave. Poco antes de su investidura, el presidente Biden propuso gastar 20 mil millones de dólares para acelerar la distribución de vacunas; es un comienzo. Pero un plan completo tendrá que ser más exhaustivo.

El mundo no puede erradicar las nuevas enfermedades. Las personas viven en proximidad con animales y las personas viajan. Tan solo en el siglo XXI, la humanidad ha enfrentado brotes de SARS en 2003, H1N1 en 2009, MERS en 2012, ébola en 2014 y ahora Covid. Los candidatos que pueden enfermarnos en el futuro incluyen filovirus altamente virulentos, entre ellos los virus del ébola y de Marburgo; los flavivirus transmitidos por mosquitos, como los que causan el zika y el dengue; y los paramixovirus transmitidos por murciélagos, como los virus Nipah y Hendra.

“Nuestra estrategia actual es realmente dejar que sucedan”, dice Peter Daszak, un cazador de virus en EcoHealth Alliance, un grupo de investigación sin fines de lucro. Daszak sugiere que abordemos los virus de la misma forma que a las redes terroristas: rastrearlos para intervenir antes de causar estragos.

Daszak estima que hay 1.7 millones de virus desconocidos de mamíferos, muchos de los cuales podrían dar el salto a los humanos. Sin embargo, si los conociéramos mejor podríamos identificar los brotes que tienen el mayor potencial de volverse severos, comenta Caitlin Rivers, epidemióloga del Centro de Seguridad Sanitaria Johns Hopkins. Sería una especie de Servicio Meteorológico Nacional para pandemias que predeciría el curso de patógenos emergentes.

En la pandemia de COVID sucedió lo contrario. En febrero, Milán lanzó la campaña “Milán no se detiene”, que animaba a la gente a hacer turismo. En EU, autoridades dudaron antes de imponer duras medidas de distanciamiento. Si las restricciones se hubieran aplicado una semana antes, se habrían salvado 32 mil vidas, según Columbia.

La vigilancia y respuesta a una pandemia, casi por definición, es un esfuerzo global, lo que significa que es hora de considerar una nueva alianza global para supervisarlo. Las deficiencias estructurales de la Organización Mundial de la Salud (OMS) están bien documentadas. El principal organismo internacional encargado de combatir las enfermedades ha sido criticado por Estados Unidos y otros por ser demasiado deferente con China y por su lentitud en declarar el brote como una emergencia mundial. La agencia replica que debe anteponer la diplomacia mientras recopila información y que no puede obligar a los estados miembros a su cumplimiento. Empero, la disputa hizo que Estados Unidos se retirara formalmente de la OMS el año pasado, debilitando aún más el organismo en un momento clave.

Esta disputa, como tantos aspectos de la catástrofe del COVID, era predecible. El actual sistema de respuesta a una pandemia se basa en la transparencia. Se supone que los gobiernos deben alertar a la comunidad internacional ante la primera señal de peligro. Pero claro, los mandatarios, preocupados por dañar sus economías nacionales o sus perspectivas políticas personales, a menudo guardan silencio.

Thomas Bollyky, director del programa de salud global del think tank Council on Foreign Relations, señala que “este es un problema que se repite”. China tardó en reconocer el brote de SARS en 2003, y en 2014 las autoridades de África occidental tardaron meses en admitir que el virus del ébola era el causante de misteriosas enfermedades en áreas remotas. En un informe reciente, Bollyky y sus colegas recomendaron desarrollar un sistema que esquive las burocracias gubernamentales y monitoree directamente datos anónimos.

La OMS podría recibir más dientes, pero algunos argumentan que el mundo tal vez necesite una nueva coalición de países para coordinar la respuesta de manera eficaz. Richard Hatchett, director de la Coalición para la Preparación e Innovación frente a Epidemias (CEPI, por sus siglas en inglés), ha sugerido una alianza con un enfoque menos cauteloso.

“Las enfermedades infecciosas son como incendios. Es necesario apagarlos cuando se pueden contener, en ambos casos el tiempo es esencial”, dice Anne Rimoin, epidemióloga de UCLA, quien lleva años trabajando en el tema del ébola en la República Democrática del Congo.

El seguimiento y rastreo de un virus suele considerarse un proceso laborioso que implica generar listas de contactos de pacientes y luego llamar a cada una de esas personas para averiguar quién más podría haberse infectado. La secuenciación de genes, por el contrario, puede rastrear la propagación de un virus con precisión molecular. La secuenciación intensiva y frecuente ayudaría a responder preguntas como qué tan ampliamente se propaga una cepa determinada dentro de una comunidad y si la cepa puede mutar.

Gracias a la ubicuidad de las máquinas de secuenciación genética, solo cuesta unos 50 dólares secuenciar el genoma completo de un virus. Esta información proporciona pistas para los rastreadores de contactos sobre la ruta del patógeno y permite el seguimiento de mutaciones a gran escala. Desafortunadamente, en Estados Unidos solo 3 de cada mil pacientes COVID tienen secuenciadas sus muestras de virus.

Uno de los líderes actuales en la secuenciación del coronavirus es el Reino Unido, que ha procesado más de 200 mil muestras, aproximadamente el 5 por ciento de sus casos. Eso fue lo que ayudó a detectar la variante B.1.1.7, que podría ser más contagiosa.

Dado que ya se encontró en docenas de países, se espera que se convierta en la cepa dominante en EU. Biden ha reconocido el problema y anunció planes para incrementar la capacidad de secuenciación, eligió como asesor científico a Eric Lander, un experto en genómica del Broad Institute of MIT and Harvard.

Las vacunas han sido el triunfo más espectacular en esta pandemia. Ya existen dos opciones efectivas en el mercado estadounidense, y una tercera vacuna de Johnson & Johnson podría aprobarse en unas semanas, luego de que la compañía informara el 29 de enero los resultados de la fase III que muestran una fuerte protección contra COVID grave. Sin embargo, hay una clara oportunidad de mejora. “Necesitamos estrategias que nos permitan avanzar aún más rápido”, dice David Ho, quien dirige el centro Aaron Diamond AIDS Research Center en Columbia.

La inversión temprana en tecnología de ARNm por parte del gobierno de EU ayudó a que Moderna llevara su vacuna a ensayos en humanos en un récord de 66 días. Pero aún se necesitaron más de cuatro meses de ensayos de fase I y II para confirmar su seguridad y encontrar la dosis correcta antes de que el crucial ensayo de fase III pudiera comenzar a fines de julio. No hay atajos en esta etapa final, que se centra en la eficacia en humanos, pero Moderna podría haber probado con antelación candidatas para coronavirus conocidos y haber llegado meses antes al ensayo de fase III, según el CEO Stéphane Bancel.

Bancel estima que costaría entre 200 y 300 millones de dólares iniciar los primeros ensayos en humanos de prototipos de vacunas ARNm para las diez clases de virus más preocupantes, de modo que con algunos ajustes, estén listos para pruebas a gran escala. El plan de Bancel es parecido a la propuesta que Glaxo trató de venderle a BARDA en 2017.

Un área para futuras inversiones: vacunas y medicinas que ofrezcan protección contra múltiples virus. Las vacunas existentes contra el COVID estimulan los anticuerpos contra una específica proteína de pico que usa el virus para ingresar a las células. En cambio, los investigadores podrían crear una vacuna que desencadene una respuesta inmune contra todo ese espectro de picos, que varía mucho menos entre las cepas, permitiendo así la protección contra numerosas enfermedades similares al COVID, plantea Vineet Menachery, especialista en coronavirus del Centro Médico de la Universidad de Texas en Galveston.

Algo similar debería hacerse con los medicamentos antivirales, dice Ralph Baric, experto en coronavirus de la Universidad de Carolina del Norte que realizó una investigación antes de la pandemia demostrando que el remdesivir, un antiviral desarrollado por Gilead Sciences para combatir el ébola, era prometedor contra los coronavirus. El remdesivir se aprobó para el mercado de EU el 1 de mayo en parte porque ya se había probado en pacientes durante un brote de 2018 en la República Democrática del Congo, por lo que solo se requirieron ensayos de fase III enfocados al COVID. Pero el remdesivir debe administrarse por vía intravenosa, lo que ha limitado su uso a pacientes hospitalizados. Merck & Co. trabaja en un medicamento para el Covid que podría tomarse en forma de pastilla, pero a diferencia del medicamento de Gilead, aún no había comenzado los ensayos de fase I cuando llegó la pandemia. Se espera que en abril presenten los resultados de las pruebas de eficacia.

Distribuir pruebas y vacunas no es ciencia espacial, pero adaptar la logística en un sistema médico tan grande y complicado como el de EU puede llevar meses de planificación y coordinación anticipadas, y se deben desarrollar bases de datos para realizar un seguimiento. Ese trabajo no se hizo en 2020, ya que la administración Trump insistió en que los gobiernos estatales fueran los responsables de gestionar las pruebas, adquirir y distribuir equipos de protección personal e implementar protocolos de vacunación.

Este ha sido, en retrospectiva, el fracaso más desafortunado y más evitable. “Una crisis nacional e internacional necesita la plena intervención del gobierno federal”, dice Peter Hotez, investigador de vacunas y decano de la Escuela Nacional de Medicina Tropical del Baylor College of Medicine en Houston. “Es una de las razones por las que hemos perdido 400 mil vidas en el país, debido a esa extraña insistencia”.

El plan de Biden de que el gobierno federal establezca clínicas móviles y centros comunitarios de vacunación en gimnasios y estadios podría acelerar el proceso de vacunación. Pero una vez que superemos la crisis inmediata, la nación debe hacer un balance de sus cadenas de suministro para medicamentos básicos, equipos y material de pruebas, y luego brindar incentivos a las empresas para que creen más capacidad donde se necesite. “Nuestro gobierno federal no tiene idea de qué cadenas de suministro son vulnerables”, asegura Julie Swann, experta en sistemas de salud de la Universidad Estatal de Carolina del Norte. Cuando el huracán María azotó a Puerto Rico en 2017, uno de los mayores fabricantes estadounidenses de bolsas de suero se quedó sin electricidad, lo que agravó la escasez existente de un artículo médico esencial. Este año, por mencionar uno de muchos ejemplos, la escasez de puntas de pipeta necesarias para las máquinas de laboratorio automatizadas ralentizó las pruebas de COVID, lo que obligó a los laboratorios a bregar por suministros.

No solo no tenemos una forma eficaz de contabilizar los insumos médicos básicos, tampoco somos capaces de realizar un seguimiento de los datos de salud pública sobre los pacientes y la capacidad de diagnóstico; todo se registra en un batiburrillo de sistemas informáticos federales, estatales y locales obsoletos y a menudo incompatibles. No saber dónde están los peores los brotes dificulta identificar dónde enviar los suministros.

Durante la crisis actual todo esto ha sido más difícil de lo necesario. Esto se debe a que la respuesta a una pandemia requiere previsión, algo que escaseaba en los últimos años. “Nadie esperaba algo como esto”, expresó Trump el 24 de marzo en una de sus muchas declaraciones falsas sobre el virus.

De hecho, muchos expertos llevaban años prediciendo una pandemia, pero no pudieron persuadir a nadie para hacer al respecto.

En opinión de Slaoui, el exasesor científico de la Operación Warp Speed, los políticos se preocupan por combatir las epidemias cuando ya han ocurrido: “Cuando se produce el brote, todos los gobiernos están encima de la industria. Y luego, cuando el brote se disuelve, todos miran para otro lado”.

Eso es lo que sucedió en el mundo después del SARS, el MERS y el ébola. Ahora, con 2 millones de muertos en el mundo y un año de devastación económica, debería ser más difícil mirar a otro lado.

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Este texto es parte del especial de la revista Bloomberg Businessweek México de 'Un mercado muy libre'. Consulta aquí la edición fast de este número